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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Reconocer a quienes sostienen la tierra y la vida

Una agricultora

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Hay territorios que no podrían explicarse sin las mujeres y, sin embargo, han pasado décadas sin nombrarlas del todo. Aragón es uno de ellos.

Basta recorrer cualquier comarca o municipio para entenderlo. Las mujeres han sostenido históricamente la vida en el medio rural aragonés mucho más allá de lo que las estadísticas alcanzan a reflejar. Han trabajado la tierra, sí, pero también han sostenido explotaciones familiares, cuidado mayores, criado hijos e hijas, llevado economías familiares y profesionales, acompañado campañas agrícolas, conservado redes comunitarias y mantenido vivos pueblos enteros cuando todo parecía empujar hacia el abandono y el olvido. Y, pese a ello, durante demasiado tiempo quedaron en un lugar secundario del relato.

Por eso, el Año Internacional de las Mujeres Agricultoras impulsado por la FAO no debería entenderse sólo como una conmemoración simbólica. Debería ser, sobre todo, una oportunidad para mirar de frente a una realidad que sigue atravesada por desigualdades estructurales, también en Aragón.

Porque el mundo rural aragonés no puede analizarse desde la nostalgia. Existe una cierta tendencia —a veces bienintencionada— a romantizar la vida en los pueblos: la tranquilidad, la comunidad, el ritmo lento. Pero quienes conocemos de cerca ese territorio sabemos que la realidad es bastante más compleja. Y que hablar de mujeres rurales implica hablar también de envejecimiento, despoblación, falta de servicios, sobrecarga de cuidados y dificultades para desarrollar proyectos de vida autónomos y sostenibles.

Recuerdo a muchas mujeres de mi infancia que nunca dijeron que trabajaban “en la agricultura”, aunque dedicaran su vida entera a ello. Porque el trabajo de las mujeres en el ámbito rural siempre ha tenido algo de invisible. Estaba y no estaba. Sostenía y desaparecía al mismo tiempo.

Ellas estaban en el campo, en las granjas, en las cooperativas y en las campañas de recogida. Pero también estaban preparando comida para cuadrillas enteras, organizando la vida familiar, cuidando a personas dependientes y haciendo posible que todo lo demás funcionara. Había una forma de entrega silenciosa que parecía naturalizada, casi inevitable. Y quizá ahí esté una de las cuestiones centrales.

Las mujeres rurales no sólo han trabajado mucho; han trabajado muchas veces, demasiadas, sin reconocimiento pleno. Sin titularidad, sin visibilidad, sin presencia proporcional en espacios de decisión. Incluso hoy, cuando Aragón ha avanzado en aspectos como la titularidad compartida o el reconocimiento institucional, persisten inercias profundas que siguen condicionando todas las oportunidades de muchas mujeres jóvenes en el medio rural.

Porque quedarse en un pueblo siendo mujer continúa siendo, casi siempre, una decisión que exige más renuncias que para los hombres. Y eso tiene consecuencias.

Tiene consecuencias demográficas, económicas y emocionales. Porque cuando las mujeres jóvenes se marchan, no sólo se pierde población: se debilita la posibilidad misma de continuidad comunitaria. Lo saben bien muchos municipios aragoneses donde sostener servicios básicos, escuelas o redes vecinales depende, en gran medida, de que existan proyectos de vida viables para las mujeres.

En este contexto, la reivindicación de un Estatuto de la Mujer Rural en Aragón no es una cuestión menor ni simbólica. Responde a una demanda histórica de reconocimiento político, jurídico y social hacia quienes han sostenido el territorio en condiciones muchas veces invisibilizadas. Supone, también, la necesidad de construir un marco propio que permita abordar de manera específica realidades que no pueden seguir tratándose desde categorías generales. Porque las mujeres rurales no necesitan únicamente homenajes o campañas institucionales: necesitan derechos, recursos, servicios y políticas públicas pensadas desde su realidad concreta.

Por eso resulta tan importante dejar de hablar de las mujeres rurales sólo desde la resiliencia. La resiliencia puede ser admirable, pero no debería convertirse en una obligación permanente. Ningún territorio puede sostenerse exclusivamente sobre la capacidad infinita de adaptación de sus mujeres. Hace falta una estructura igualitaria.

Hace falta pensar el desarrollo rural desde una perspectiva feminista que incorpore el empleo, la vivienda, la conectividad, la conciliación, los servicios públicos y la participación real. Hace falta entender que la igualdad no es un añadido a las políticas rurales, sino una condición indispensable para que el territorio tenga futuro.

Y hace falta también revisar los imaginarios. Porque durante demasiado tiempo el éxito parecía consistir en irse. En abandonar el pueblo para construir una vida “moderna” en otro lugar. Sin embargo, algo está cambiando. Hay mujeres jóvenes regresando, emprendiendo, incorporando innovación, sostenibilidad y nuevas formas de entender el vínculo con la tierra. Mujeres que no quieren elegir entre autonomía y arraigo.

Quizá una de las transformaciones más interesantes esté ocurriendo precisamente ahí: en la posibilidad de imaginar un medio rural distinto. Más igualitario. Más habitable. Más consciente de que cuidar la tierra y cuidar la vida son tareas profundamente conectadas.

No desde la condescendencia ni desde la épica vacía. Sino desde el reconocimiento político y humano. Porque Aragón no puede pensarse sin sus mujeres rurales. Nunca pudo. La diferencia es que ahora, por fin, empezamos a decirlo en voz alta.

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