Cuando el pueblo era el centro del mundo
No sé si heredamos más de nuestros padres o del lugar donde crecimos. Durante mucho tiempo pensé que mi infancia estaba hecha de recuerdos: una bicicleta demasiado grande para mis piernas, el camino hasta las piscinas, el pantano, las noches en las que el calor obligaba a sacar las sillas a la puerta de casa, las fiestas del pueblo, el olor de las higueras en agosto o la sensación de que el verano era un tiempo sin principio ni final.
Con los años he descubierto que estaba equivocada. Mi infancia no estaba hecha de recuerdos. Estaba hecha de una manera de mirar el mundo. Porque hubo un tiempo en que el pueblo era el centro del mundo. No porque creyéramos que era el lugar más importante, sino porque era el lugar desde el que aprendíamos a entender todo lo demás.
Aprendimos que saludar no era un gesto de cortesía, sino una forma de reconocer al otro. Que la palabra dada tenía valor. Que había personas que cuidaban de otras sin esperar nada a cambio. Que la vida de los demás también nos incumbía un poco. Que las prisas casi nunca resolvían nada importante.
No eran grandes lecciones. Nadie nos sentó un día para enseñárnoslas. Simplemente estaban ahí. En las conversaciones escuchadas desde la mesa de los mayores. En las tardes interminables en la calle. En la naturalidad con la que varias generaciones compartían un mismo espacio. En la certeza de que la comunidad no era una idea abstracta, sino algo que se ejercía todos los días.
Con frecuencia hablamos del mundo rural como si fuera un lugar suspendido en el tiempo. Lo convertimos en un escenario para la nostalgia o en un problema que resolver. Unas veces lo idealizamos; otras, lo reducimos a estadísticas sobre despoblación, envejecimiento o falta de servicios. Y, sin embargo, los pueblos son mucho más complejos que todo eso.
También conocieron desigualdades, silencios y oportunidades que nunca llegaron. Muchas mujeres sostuvieron la vida cotidiana renunciando a sus proyectos propios. Muchos jóvenes tuvieron que marcharse porque quedarse no era una opción. Muchas familias convivieron con la dureza del trabajo, con la incertidumbre y, hoy más que nunca, con la fragilidad de un territorio amenazado por el abandono, el cambio climático o incendios que nos recuerdan hasta qué punto el paisaje necesita ser cuidado.
No se trata, por tanto, de romantizar nada. Se trata de reconocer que un lugar puede marcarte sin ser perfecto. Porque los lugares, como las personas, también educan.
Mi hija está creciendo en una ciudad. Su infancia será distinta de la mía en casi todo. Tiene oportunidades que mi generación nunca imaginó. Habita un mundo más abierto, más diverso y también mucho más acelerado.
Pero cada verano ocurre algo que me hace pensar. Sin que nadie se lo explique, aprende otras formas de medir el tiempo. Descubre que una tarde puede transcurrir sin un plan previsto. Que el silencio no siempre necesita llenarse. Que una conversación puede empezar en una esquina y terminar dos horas después. Que el nombre de las personas importa. Que el paisaje no es un decorado, sino un lugar al que pertenecemos y del que también somos responsables.
No está viviendo mi infancia. Está construyendo la suya. Y eso es exactamente lo que deseo.
No quiero que herede mis recuerdos. Quiero que encuentre los suyos. Que el pueblo no sea para ella un museo familiar ni el escenario de las historias que le contamos los mayores, sino un espacio propio desde el que descubrir otra manera de habitar el mundo. Porque, quizá, eso sea lo verdaderamente importante. No el lugar en el que vivimos, sino el lugar desde el que aprendemos a mirar.
Hay una expresión que me gusta especialmente: la matria. No porque sustituya a ninguna otra palabra, sino porque habla del territorio desde el vínculo y no desde la posesión. Desde aquello que nos sostiene y nos conforma sin pedirnos permiso. Creo que todos y todas tenemos una. La mía está en Aragón.
No sólo en sus paisajes, sino en una forma de entender la vida que me acompaña incluso cuando estoy lejos. En la discreción de quienes hacen sin necesidad de contarlo. En la convicción de que el prestigio se construye trabajando. En la importancia de la palabra dada. En la idea de que una comunidad óexiste si alguien está dispuesto a pensar también en los demás.
Nunca elegí aprender todo eso. Como tampoco elegí el lugar donde nací. Y, sin embargo, sospecho que son precisamente esas cosas las que más me definen.
Vivimos convencidas de que nuestra identidad se construye a base de decisiones: la carrera que estudiamos, el trabajo que elegimos, la ciudad en la que vivimos o las personas con las que compartimos la vida. Pero quizá la parte más profunda de quienes somos tenga otro origen.
Quizá, al final, casi siempre sea aquello que nunca elegimos —el paisaje que nos vio crecer, las palabras que escuchamos de pequeñas, la forma en la que aprendimos a cuidar, el lugar al que seguimos llamando casa aunque ya no vivamos en él— lo que termina explicando cómo habitamos el mundo. Y esa herencia, silenciosa y cotidiana, es la única que realmente permanece.
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