Ballestas, casos de hierros o una campana gótica: una exposición sitúa a Monreal de Ariza en el centro arqueológico medieval
Dos cascos de hierro, los restos de dos ballestas, recámaras de cañón, las placas de una armadura, un tintero y una campana gótica de bronce pasaron más de cinco siglos sepultados bajo toneladas de piedra en el castillo de Monreal de Ariza (Zaragoza). El Museo Arqueológico Nacional (MAN) los expone ahora en Madrid en 'La vida en la frontera. Hallazgos del castillo de Monreal de Ariza (Zaragoza)', una muestra gratuita que abre este martes, 6 de octubre, y que podrá visitarse hasta el 28 de febrero de 2027.
El museo, dependiente del Ministerio de Cultura, ha presentado este lunes la exposición y sitúa el conjunto entre los hallazgos más relevantes de la arqueología medieval en España. Las piezas, fechadas a mediados del siglo XV, aparecieron durante las excavaciones de 2017 y 2018 en una estancia interpretada como almacén, que quedó sellada cuando se derrumbó parte del edificio.
La muestra está organizada junto al Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), que restauró el castillo y las piezas; el Gobierno de Aragón y el Museo de Zaragoza, que presta los objetos. Ocupa la Sala de Novedades Arqueológicas, un espacio que el MAN abrió en noviembre de 2024 para mostrar, en pequeñas “cápsulas”, hallazgos recientes de distintos territorios.
Un almacén sellado por un derrumbe
El castillo de Monreal de Ariza se alza en lo alto de una colina, en el extremo occidental del Reino de Aragón, y se remonta a 1128, cuando Alfonso I el Batallador lo convirtió en baluarte frente a los avances castellanos. Durante casi 500 años cumplió esa función defensiva. Fue una plaza relevante en los conflictos entre Aragón y Castilla, como la Guerra de los Dos Pedros (1356-1369), en la que la fortaleza fue ocupada en 1358.
Esa función militar explica su forma: una gran torre con planta de quilla a la que se sumaron cuatro recintos, adaptados a los desniveles de las laderas norte y oeste. Los dos primeros constituyen la fortaleza original. El tercero, el más extenso, albergó la población medieval y su iglesia parroquial románica, y el cuarto es una construcción bajomedieval destinada a la defensa del conjunto.
Los dos primeros recintos se han excavado casi por completo. Los restos indican que el segundo se abandonó a mediados del siglo XV, tras el colapso de sus estructuras: enormes bloques de piedra de las plantas superiores aplastaron el almacén y todo lo que guardaba.
Ahí permaneció hasta que, entre 2017 y 2018, el IPCE restauró y consolidó el castillo con financiación del Ministerio de Cultura y la colaboración del Gobierno de Aragón. Las excavaciones arqueológicas asociadas a esa obra sacaron a la luz la estancia y su contenido.
Un casco italiano único en España
Buena parte de lo recuperado forma el equipo militar de un combatiente del siglo XV, lo que los especialistas llaman una panoplia. La pieza más singular es una barbuta, un yelmo de forma apuntada con una abertura reforzada en forma de T para los ojos y la boca. Este tipo de casco era característico del norte de Italia y no se usaba en España, por lo que el museo lo considera un ejemplar único en el país.
El MAN apunta una posible explicación: los vínculos de la Corona de Aragón con Italia, ya que los reyes aragoneses lo eran también de Nápoles y Sicilia. La barbuta aporta así información sobre cómo se armaban los soldados de la época y también sobre los contactos entre territorios europeos.
El segundo casco es un gran bacinete, que el museo sitúa entre los más completos recuperados en España. Conserva el cuerpo principal, el visor móvil, la protección posterior del cuello y la pieza frontal que cubría la garganta y la parte alta del pecho. En su frente se ha identificado una inscripción y una ornamentación floral en plata con trazas de oro, y el visor presenta orificios para ver y respirar y adornos de latón.
Junto a ellos aparecieron los restos de una coracina, una armadura relativamente económica que empezó a usarse en el siglo XIV. Estaba formada por launas, placas de metal sujetas con remaches de latón a una prenda textil. Algunas conservan todavía restos del lino al que iban enganchadas.
El conjunto incluye además un peto, dos recámaras de piezas de artillería de pequeño calibre y restos de hierro, cobre y hueso de dos ballestas. Estos últimos permiten conocer cómo funcionaba el arma entre los siglos XIV y XV: la pieza de hierro corresponde al disparador y las de hueso pudieron servir de soporte al proyectil. Completan el hallazgo un tintero y una moneda de Juan II de Castilla.
Una campana fuera del campanario
Entre las armas apareció una campana gótica de bronce en perfecto estado, un hallazgo que el museo califica de excepcional: las campanas rara vez se encuentran en una excavación, porque suelen conservarse en los propios campanarios. A los arqueólogos les llamó la atención lo extraño de su ubicación, dentro del almacén, y también su decoración.
Su superficie exterior está cubierta de motivos geométricos, vegetales y epigráficos, y de tres escenas en bajorrelieve: la Crucifixión de Cristo, la Virgen con el Niño y el arcángel San Miguel. Cada una queda enmarcada por dos columnas y un doselete gótico. También se recuperó el badajo, la pieza de hierro que la hacía sonar y que colgaba de una anilla interior que todavía se conserva.
Rayos X y láser contra el “cáncer del bronce”
Las piezas no habrían podido exponerse sin el trabajo del IPCE. Cuando se encontraron, tras siglos enterradas, su estado era extremadamente delicado y la corrosión estaba muy avanzada.
Antes de intervenir, los técnicos analizaron su composición y su estructura. La radiografía del bacinete reveló una compleja estructura de láminas de hierro bajo el casco, los remaches de la visera y una inscripción oculta sobre la ranura de visión. La fluorescencia de rayos X determinó la composición química de los metales, y el microscopio electrónico de barrido permitió documentar las pátinas y las fibras textiles adheridas.
La restauración ha buscado estabilizar y consolidar los metales. Con tecnología láser se han limpiado los cloruros de cobre, la alteración conocida como “cáncer del bronce”, que convierte la superficie en un polvo verde. En los cascos de hierro se han sellado grietas y se ha reforzado su cohesión, y se ha aplicado una capa protectora para evitar la corrosión de los metales.
El comisariado corresponde a Durgha Orozco Delgado, José Francisco Casabona Sebastián y Javier Ibáñez González. El MAN completará la muestra con una mesa redonda de especialistas y con un recorrido que la conecta con las piezas de la misma época de su exposición permanente.
La exposición se visita en la planta 0 del museo (calle Serrano, 13, Madrid), de martes a sábado de 9.30 a 20.00 horas y los domingos y festivos de 9.30 a 15.00 horas. Los lunes permanece cerrado. La entrada es libre y gratuita.
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