La dignidad por la que luchamos desde el suelo
Dos noches en el suelo de Plaza España de Zaragoza cambian la perspectiva desde la que ves la ciudad. El primer día nos dimos cuenta de que el raso no perdona la espalda. El segundo, que se te olvida. La convicción de que el cuerpo y el sueño no están diseñados para encontrarse en el hormigón se disipa cuando la razón pesa más que el cansancio y la incomodidad. Aun así, la propuesta cultural hizo que todas y todos los que allí nos encontrábamos fuéramos un poco más conscientes de que la voz y la educación aportan sentido a la lucha.
Artistas como Arey, Marina Domínguez, Bea Almar o el cómico y profesor Dr. Serrano se comprometieron con la causa e hicieron la acampada más gozosa que podíamos imaginar. Fue en el set de Mercromina donde conocí a un niño de diez años que bailaba como si la vida le fuera en ello, sin el pudor que a veces se hace notar conforme cumples años. “Si yo fuera un cantante, sería Shakira o Michael Jackson”, me dijo moviéndose entre las tiendas de campaña con soltura.
Más tarde, cuando parecía que el Coro Libertario de Torrero había terminado de llenar el aire de la plaza entonando cantos de la memoria popular (con versos como A la huelga cien, a la huelga mil, yo por ellos, madre, y ellos por mí), anunciaron: “Bueno, iba a ser la última, pero José Manuel nos ha pedido que cantemos ‘Ay, Carmela’”.
Y allí, en primera fila, se les sumó José Manuel, el niño rubio de diez años que había visto bailar con inocencia el moonwalk. Su petición fue para mí el momento más emocionante: una melodía republicana forjada en la adversidad del río Ebro que sobrevivió a décadas de censura y silencio gracias a que la gente se la tarareaba a sus hijos. Fue cerrar la segunda noche entendiendo que la memoria histórica es una herramienta viva que podemos emplear para defender nuestra dignidad.
La segunda mañana vino cargada de sol y de gente que no dejaba de acercarse a traer bizcochos y café caliente. Entre vasos de plástico y caras de haber dormido poco, escuché cómo un padre le explicaba a su hija pequeña lo que hacíamos allí. “Quieren que les escuchen, que les posibiliten una vida mejor porque el país está viviendo injusticias. Como cuando mamá le dice a papá que algo que ha hecho no es justo”.
Estos días podemos leer más que nunca cómo el problema actual se explica con cifras, leyes o tipos de interés. Sin embargo, para entender lo que se concluye en estas dos noches, es tan sencillo como la organización en asambleas, el cuidado de unos a otros, la transmisión entre generaciones y el deseo de contar con los derechos básicos por los que un día se luchó.
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