Tres condiciones para que la izquierda resista en las elecciones
Desde hace meses sabíamos que Pedro Sánchez convocaría elecciones exclusivamente cuando el viento no soplara demasiado a la contra. Convocar elecciones en un marco de debate sobre la corrupción del PSOE, con los ex secretarios de organización y sus fechorías a la cabeza, era una garantía de derrota. Tampoco era muy distinto si se convocaban con el debate apalancado en torno a la cuestión migratoria, que es el terreno fértil donde crece la extrema derecha y la lucha de los de abajo contra los de más abajo. Pero algo cambia si las elecciones se insertan en la más amplia movilización social desde las huelgas generales de hace más de una década. Pedro Sánchez acierta, porque es en este el único contexto donde se puede obrar el milagro.
El punto de partida es, sin embargo, muy difícil. El Gobierno tiene en su haber importantes méritos, aunque bastantes menos de los que nos gustaría a las personas de izquierdas porque conseguirlos requería de la valentía del PSOE —no siempre presente, y menos en campos como la vivienda— y de un parlamento que en esta legislatura era mayoritariamente conservador. Pero, sobre todo, en esta legislatura el Gobierno de coalición ha estado casi todo el tiempo a la defensiva. La lista no es corta: los casos de corrupción dentro del corazón del PSOE, el daño enorme a la figura del expresidente Zapatero, el asedio continuo por parte de fuerzas conservadoras y reaccionarias desde fuera y dentro del Estado, el aislamiento internacional a pesar de mantener posiciones mucho más que dignas en cuestiones como la crítica al genocidio en Palestina, la ola reaccionaria mundial que sigue comiéndose gobiernos progresistas en América Latina, y la ya mencionada minoría progresista en el Congreso. Todo ello ofrece contexto para entender por qué este gobierno de coalición parecía estar mirando la hora de su final, sin demasiados atisbos de optimismo.
Quizás no hay mejor ejemplo de ese ralentí de las izquierdas que la propia acción del espacio de Sumar. Desde que se revalidó el Gobierno de coalición el espacio ha carecido de cualquier estrategia ofensiva. La percepción general es que faltaba un Estado Mayor desde el que tomar decisiones estratégicas y aprovechar las oportunidades que surgieran. En su lugar se optó por dejar a los ministros el protagonismo, algo que ha impreso una tonalidad grisácea y burocrática en la política. Se ha tratado de una digna gestión, aunque en algunos casos básicamente imperceptible —llegamos al final de legislatura con algunos ministros con un 20% de conocimiento— y desde luego lejos de algo que pueda despertar las pasiones y esperanzas que la izquierda necesita. El clima durante estos años en el espacio ha sido la de una embarcación sin capitán y totalmente a la deriva, con un potencial nada desdeñable pero en absoluto utilizado. Cuadra con ese espíritu de época en el que la tesis dominante era que las derechas iban a terminar gobernando tarde o temprano y que, por lo tanto, lo mejor que podía hacerse era adecentar la casa que aquellas heredarían.
Pero yo nunca he comprado ese marco reaccionario. No creo que las cosas estén perdidas de antemano. Reconozco las dificultades, y acabo de señalar muchas de ellas, pero no creo que sean insalvables. La mayoría social de este país es progresista, lo que avalan sistemáticamente las encuestas cuando preguntan por cuestiones sociales y valores y principios, y el principal impedimento político es que una parte notable de la izquierda de este país está decepcionada, desnortada y agotada. El objetivo central de los partidos políticos debería ser reactivar a ese conjunto social que es suficientemente amplio como para convertirse en el freno de emergencia ante la llegada de la ola reaccionaria al gobierno de España.
Y se puede lograr. Para eso hacen falta tres cosas fundamentales.
La primera, que el marco de debate sea un terreno de juego favorable, es decir, que la discusión política esté centrada en aquellos aspectos en los que la izquierda es competitiva. Aquí está el acierto de Pedro Sánchez ya señalado: hablar de la crisis de la vivienda y ser capaz de proponer medidas radicales —que vayan al corazón del problema— y que dejen en minoría a las derechas, es sembrar en terreno muy fértil. La opinión pública está mayoritariamente de lado de las tesis más intervencionistas, como han puesto de relieve las últimas encuestas sobre regulación del mercado, y eso sopla muy a favor de las izquierdas. Incluso mucho más a favor del espacio ahora llamado Frente Amplio —que sustituirá felizmente a Sumar—, ya que para todo el mundo es también obvio que el PSOE en esta materia estaba con el freno de mano echado hasta que la movilización social los ha desbordado. Las derechas intentarán cambiar el marco continuamente, pero no tienen fácil conseguir imponer otro tipo de debates en sólo dos meses, incluso aunque la situación en Ceuta siga siendo extraordinaria y los jueces conservadores pisen el acelerador para generar titulares que dejen huella. Las movilizaciones sociales son la expresión espontánea de una bomba de relojería social —la crisis de vivienda— que no se desactivará tan fácilmente por parte de los conservadores.
La segunda, que el PSOE sea capaz de resistir electoralmente en niveles competitivos. Aquí la extrema derecha y los elementos más tóxicos del PP serán previsiblemente la mejor contribución, ya que impedirán el crecimiento de las derechas por su parte más moderada. Las derechas tienden a excitarse cuando ven el triunfo cerca, como ocurrió en verano de 2023, y es precisamente esa excitación las que les hace daño: acaban mostrándose tal y como son, con sus burradas y sus bravuconerías que son aplaudidas en sus burbujas, pero también repelidas a nivel de país, y empujarán a una parte de la sociedad hacia el PSOE. Pedro Sánchez ha mostrado una gran capacidad de resistencia y resiliencia, y las elecciones es un contexto donde se hace fuerte —mucho más que durante la gestión, cuando cede ante los elementos más conservadores dentro de su partido—.
La tercera, que la izquierda sea capaz de poner orden. Un liderazgo, una estrategia y tanta unidad como sea posible y deseable. Hay espacio sociológico de sobra. Que con la escasa hoja de servicios y las permanentes divisiones durante esta legislatura, las encuestas todavía señalen que el espacio está entre el 8% y el 10% es algo mucho más que significativo. Con una buena campaña electoral, el espacio puede aspirar con comodidad a llegar al 12% de 2023 —nada ambicioso: ese mismo espacio estuvo por encima del 20% en 2016—. Además, ahora hay un carril enorme, que es la crisis de vivienda. La izquierda es la única que se ha atrevido a defender medidas de intervención tanto en la oferta como en la demanda que aspiran a romper con el predominio del rentismo en nuestro país, que es la única vía para conseguir que la vivienda sea un derecho efectivo. Evidentemente, hay muchos otros temas en los que esta izquierda es atractiva, como en las cuestiones laborales y de lucha contra la desigualdad. Pero que nadie se despiste: estas no son unas elecciones para ponerse a hablar de todo, sino para centrarse en dos o tres grandes temas que repetir sin cesar.
Si se cumplen las tres condiciones, cosa que no veo para nada imposible, hay opciones para revalidar el gobierno de coalición y dejar a los bárbaros otra vez a las puertas. Yo creo que merece la pena. Mucho acierto a todos, que nos jugamos mucho.
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