¿Solo redes sociales?
La institución siempre arrastra los pies ante la realidad social. Las redes han avanzado más rápido de lo que probablemente esperaban quienes hacen las leyes. Desde el 1 de septiembre, los menores de 15 años franceses no podrán crear nuevas cuentas en redes sociales y las plataformas tendrán que actuar sobre las cuentas ya existentes en un plazo de 4 meses. Australia ya había avanzado en una regulación similar con las y los menores de 16 años. Otros países también están empezando a plantear límites y nuevas responsabilidades para las grandes plataformas tecnológicas. Francia ha iniciado en Europa un camino que, aunque España ya está avanzando, no puede ignorar.
El presidente francés, Emmanuel Macron, utilizó una comparación muy gráfica: nadie enviaría a sus hijos, con 10 o 12 años, solos a la jungla, tales palabras llegan meses después de la que diferentes familias demandaran a TikTok por el daño mental causado a sus hijos. Personalmente siempre he querido escapar de los mensajes alarmistas y sensacionalistas cuando hablamos de pantallas, el demonizarlas simplemente hace caer en falsas premisas y llegar a conclusiones no del todo ciertas. No creo que las pantallas sean el origen de todos los problemas de niños y adolescentes, tampoco que todo lo que ocurre en ellas sea peligroso, pero este no es el debate: hablamos de proteger a las y los menores. Las pantallas son, en muchos sentidos, un reflejo de la vida. La diferencia es que ahora muchas cosas de esa vida están al alcance de la mano y sí, también de la mano de población vulnerable y en pleno desarrollo.
No quisiera aburrir a quien lee repitiendo las múltiples alteraciones cognitivas que puede llevar el uso excesivo de pantallas en quienes se encuentran en el crecimiento cerebral: daños en la percepción, en la memoria, en la atención, es decir: en los procesos cognitivos básicos, en las consecuencias en forma de aislamiento o vida sedentaria, en el no desarrollo de pensamiento crítico y el problema que surge de relacionar influencia con referencia cuando se está en pleno crecimiento. Y ahí está una de las claves sobre pantallas en general y redes en particular: ¿qué esconden las pantallas? ¿Qué esconden las redes sociales para que se regulen de forma tan estricta? ¿Qué encuentran los menores que se sumergen sin control en ellas? ¿Quién está permitiendo y quién está beneficiándose de todo ello? El sector de las apuestas, la pornografía, los discursos del ocio, hacen caja cuando el control no existe ante contenidos ante los que que un menor puede no tener todavía las herramientas necesarias para digerirlas. Pero también pueden ser espacios de comunicación, aprendizaje, ocio, educación y relaciones sociales. Y aquí está lo típico: dos caras de una misma moneda donde habrá que preguntarse ¿dónde estábamos los adultos cuando todo esto comenzó? ¿Cuándo y por qué decidimos dar un dispositivo móvil y despreocuparnos de todo? ¿Cuándo pasamos a comunicarnos por escrito, por mensajes instantáneos, por conversaciones de Whatsapp en lugar de en un banco o alrededor de un café? ¿Cuándo y por qué permitimos que la vida fuera a x2?
Se habla mucho del uso responsable de las redes sociales en particular y de las pantallas en general, habrá que ver en quién ponemos carga. Se trata de preguntarnos qué ocurre cuando damos acceso a internet y a las redes sociales sin acompañamiento, sin educación y sin explicar los riesgos que pueden encontrarse, qué pasa cuando se usan a modo de chupete, de pañuelos, qué falla para que alguien prefiera saber qué es vivir desde el algoritmo y no desde el respirar con los ojos al frente. ¡Qué cantidad de millones recopilan unas pocas manos a consecuencia de esto!
No se trata únicamente de quitar el móvil, pasa por reducir el uso cuando condicionan la vida, cierto, pero eliminar las pantallas no acaba con todo lo que pueden esconder. Eliminar el alcohol no acaba con el alcoholismo. Eliminar el tabaco no acaba con el tabaquismo. Y eliminar las pantallas, por sí solo, tampoco acaba con las adicciones sin sustancia. Si quitamos la pantalla cuando se detecta una alerta, podemos estar actuando únicamente sobre la punta del iceberg, no sobre lo que esconde.
Más preguntas sin respuesta en el territorio español: ¿por qué un menor necesita pasar más tiempo en una pantalla que con sus iguales? ¿Qué está encontrando ahí que no está encontrando en su entorno? ¿Por qué se alcanza el punto de consumo de no poder dejar de consumir? Las respuestas no siempre están en el dispositivo. A veces están en la soledad, en la falta de alternativas, en la necesidad de pertenecer, en la búsqueda de reconocimiento o en un malestar que no estamos sabiendo atender. Por eso necesitamos regulación. Las familias no pueden asumir la responsabilidad de proteger a menores de 15 años frente a plataformas diseñadas para captar y retener nuestra atención. El Estado debe regular, proteger y garantizar entornos digitales más seguros preguntándose a quién pone las normas y a quien dirige las restricciones.
Los magnates y capitalistas que gestionan (entre otras cosas) las redes sociales precisan dejar de campar a sus anchas, y también necesitamos crear lazos y redes entre progenitores, menores, entorno educativo y de salud. La comunicación es vital para que las palabras, las dudas y los valores fluyan. Y esto no se consigue únicamente en casa. Cada familia es diferente y no todas cuentan con los mismos recursos, tiempo o herramientas. No podemos preparar a nuestros hijos para una vida sin pantallas. Tenemos que prepararnos para una vida en la que las pantallas existen pero no como la piedra central de la misma. Regular no es alarmar. Educar no es prohibir.
Si entendemos las pantallas como una jungla, no basta con impedir que nuestros hijos entren en ella. También tenemos que enseñarles a reconocer sus peligros y a desenvolverse en ese entorno. Y, por supuesto, también está el ejemplo: si no queremos que nuestros hijos entiendan que fumar es una conducta normal, no basta con decirles que no fumen mientras nosotros lo hacemos a todas horas. Con las pantallas ocurre algo parecido: difícilmente podremos enseñar un uso saludable si los adultos no revisamos también nuestra propia relación con ellas. Quizá, por tanto, esto no vaya únicamente de proteger a los menores, sino de algo más ambicioso: de aprender a convivir con una realidad que ya forma parte de nuestras vidas y de creer que, como sociedad, podemos crecer juntos. No vaya a ser que el regalo de los 15 años sea un móvil y que, al soplar las velas, este construya a su alrededor una cueva inaccesible aislada de todo lo que hay fuera.
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