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Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Leer hacia afuera

Imagen de archivo de una estantería en una librería. EFE/Salvador Sas

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Abarrotadas las calles y cargadas las redes sociales de libros, un pensamiento abstracto me ronda desde el pasado 23 de abril, Día del Libro. Entre fotos cuidadas y listas interminables de “imprescindibles”, algo no termina de encajar: hasta el acto íntimo de elegir un libro entre miles, podrían banalizarse y reducirse a un escaparate.

La inmediatez se ha instalado en nuestras vidas, el “ya, lo quiero ya”. Todo ocurre rápido, todo se comparte antes de asentarse. Me llevaba a preguntarme por qué sentimos la necesidad de contar todo lo que leemos en redes, si la lectura también ha entrado en esa dinámica de rendimiento y consumo, si ahora leemos para terminar, para acumular, para mostrar. Quizá se trate de empatía, tal vez usemos las redes de ventana al mundo, y solo seamos seres con ganas de volver colectivo el placer de descubrir un buen libro. Que deseamos que el resto disfrute tanto como en primera persona y lo demás sean pensamientos míos con afán de demonizar el “fast reed” aprovechando cualquier ocasión que carecen de lógica. O puede que se trate de todo lo contrario y volvemos a descubrir el placer veloz de que una historia necesitara validación externa para tener peso en el ámbito social.

Leer es de lo mejor que podemos hacer en nuestro tiempo libre: reduce el estrés, despierta la imaginación, ensancha la empatía y afina el lenguaje. Pero, sobre todo, nos devuelve un tiempo distinto, uno que no se mide en notificaciones. Leer exige pausa, atención, entrega y pensamiento, bien sea para leer en voz baja o hacia otras. Y quizá por eso resulta tan valioso en un contexto donde todo compite por robarnos unos segundos más.

Tengo varias lecturas en marcha al mismo tiempo, como quien queda con distintas amistades que le cuentan sus vidas, sus historias, sus emociones. No todos me hablan igual ni al mismo ritmo. Hay libros que se dejan recorrer con ligereza y otros que obligan a detenerse, a releer, a quedarse un rato más en una frase incluso a posponerlos hasta momentos futuros que nunca llegarán. Me adentro en sus páginas sin prisa, con la intención de encontrar placer en las palabras. Como una taza de café un domingo por la mañana que se enfría despacio, así avanzan las páginas: sin urgencia, sin objetivos más allá de seguir disfrutarlas.

Odio subrayar los libros; me incomoda la idea de que un lector posterior quede condicionado por mis asombros. Prefiero que cada encuentro sea limpio, que cada lectura tenga su propio descubrimiento. Del mismo modo que no elegiría por mis amigos sin preguntarles antes qué quieren tomar en una quedada, tampoco quiero imponer una forma de mirar un texto.

Hasta hace no tanto, leer era algo íntimo. Compartiamos impresiones con los cercanos, en tertulias pequeñas o en clubes donde coincidían afinidades. Había tiempo para la conversación, para la discrepancia, para el matiz. Ahora, lo íntimo se ha vuelto público: si no se muestra, parece que no cuenta. Y, sin embargo, no todo lo que importa necesita ser visible.

No se trata de rechazar las redes ni de negar que también pueden acercar lecturas, autores o ideas. Quizá incluso puedan ser una puerta de entrada a la lectura. Pero conviene preguntarse qué ocurre cuando leer deja de ser un espacio propio y pasa a ser contenido. Cuando el ritmo lo marca el entorno y no el libro.

Tal vez leer siga siendo, en el fondo, una forma de resistencia tranquila: un gesto sencillo que no busca impresionar, sino comprender. Y eso, precisamente, no necesita hacerse público para tener sentido.

Quizá la cuestión no sea elegir entre callarlo o contarlo, sino decidir para quién leemos realmente.

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