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Enrique Tordesillas

Trabajador de Telefónica jubilado, sindicalista.

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Demos una oportunidad al diálogo

La cuestión catalana está en un punto de inflexión. El cambio de estrategia de ERC, consciente de que la independencia unilateral es una utopía -ya han visto que en Europa, al margen de las diferencias en los Códigos Penales, no van a encontrar esos aliados que prometieron en su día a la sociedad catalana-, de que en la confrontación con el Estado tienen todas las de perder y del hartazgo de la ciudadanía catalana -un 61% de la cual, según el CEO, considera que el Gobierno catalán es incapaz de solucionar sus problemas- parece que abre un escenario nuevo en el que el diálogo puede y debe ser el protagonista.

Pero el nuevo escenario no está exento de dificultades, porque llevamos demasiado tiempo viviendo en la confrontación. Al margen de cuáles fueran las causas del cambio producido en Cataluña, el caso es que, como en todos los procesos secesionistas, el independentismo ha tergiversado la realidad y utilizado un discurso maniqueo para ahondar en las diferencias y avivar los sentimientos más excluyentes. Y no va a ser sencillo desandar lo andado y volver a tender puentes por los que poder transitar.

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Es necesario renovar las organizaciones políticas

Según el barómetro de noviembre del CIS, un 78,6 % de las personas encuestadas considera la situación política de nuestro país mala o muy mala, y para el 24%, los/as políticos/as, los partidos y la política son el principal problema de España, a gran distancia de la independencia de Cataluña, que recibe un 6,5%. No es de extrañar después de la poca capacidad para el acuerdo que han demostrado los partidos políticos, que nos ha llevado a la repetición de elecciones y a ocho meses de gobierno en funciones. 

Lo malo es que el desapego hacia la acción política por parte de la gente no es nuevo, se viene detectando desde hace tiempo, sin que esta situación, que día a día va debilitando la democracia, haya hecho reaccionar a las estructuras de dirección de los partidos. Y el clima de crispación visto en la sesión de investidura no permite vislumbrar un escenario más proclive a la reflexión y la autocrítica.

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Para la derecha todo vale

Finalmente, tras una sesión de  investidura con la sorpresa del cambio de voto de la representante de Coalición Canaria, Ana Oramas, el fantasma del Tamayazo sobrevolando, y en la que las derechas han demostrado su escaso sentido democrático y su inquebrantable voluntad de bloqueo, ha sido investido Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. El Gobierno de coalición comienza su andadura.

El programa presentado por Sánchez, puede dar la vuelta -o paliar en parte- a la pérdida de derechos y libertades y el incremento de las desigualdades causados por los gobiernos de Rajoy. El flanco débil está en las fuentes de financiación. La mayor fuente del incremento de ingresos previstos dependerá del éxito de las medidas antifraude -la subida del IRPF a las rentas más altas no cubre ni de lejos el aumento presupuestario asignado a las políticas sociales- y la lucha contra el fraude no ha sido, hasta ahora, muy exitosa en España. Y una ralentización en el desarrollo de las políticas sociales, en buena parte dependientes de UP, puede generar  importantes tensiones entre los socios de gobierno.

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El olvido del mundo del trabajo

Los problemas laborales ocupan poco espacio en la agenda política. Se habla de número de parados y de cotizaciones a la Seguridad Social, pero casi siempre como arma arrojadiza entre partidos políticos, pocas veces se profundiza en las causas del paro, en la calidad del trabajo, la siniestralidad o en la existencia de trabajadores pobres. También suena lo de la derogación de las reformas laborales, pero no está claro cuáles son para el PSOE  “las medidas más lesivas” -para los socialistas las “menos lesivas” se pueden mantener-, a lo peor se limitan a anular o modificar el artículo 52d del Estatuto de los Trabajadores. Aunque solo faltaría que un gobierno que pretende ser progresista permitiera el despido de una persona por estar enferma. Veremos cuál es el peso de Unidas Podemos en esta cuestión.

La ideología neoliberal ha ganado la batalla, ha conseguido la hegemonía cultural. Ya no existe la clase trabajadora como el conjunto de personas asalariadas que negocian su parte en la distribución de la riqueza a través de la Negociación Colectiva (NC). Cuando políticos y medios de comunicación hablan de trabajadores se suelen referir al segmento inferior de los mismos, a los precarios, temporales o trabajadores pobres. El resto es clase media. Y hasta tal punto el neoliberalismo ha ganado la batalla que muchos trabajadores públicos o de grandes empresas y algunos sindicalistas también se consideran clase media.

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Debilidad democrática

Hace años que en todas las encuestas, sean estas del CIS o de cualquier empresa demoscópica, los políticos aparecen como uno de los colectivos peor valorados por la ciudadanía. El desgaste de las instituciones surgidas del 78, un progresivo distanciamiento entre los líderes políticos y sus representados -los partidos han dejado de ser instrumentos de debate e intermediación con la gente- y la gestión de la crisis económica, con un reparto de cargas totalmente injusto, han ido socavando la confianza en un sistema político excesivamente ensimismado en la Transición y poco capaz de abordar los nuevos retos de un mundo globalizado.

Una clara señal de alarma se produjo con el movimiento 15-M, con el que decenas de miles de personas, fundamentalmente jóvenes, gritaron: “No nos representan”. Era un síntoma de la crisis de legitimidad del sistema democrático pero, en aquellos momentos, los partidos existentes no fueron capaces de percibir la importancia de las movilizaciones, de entender que eran la punta del iceberg de un descontento bastante generalizado en la sociedad. No solo no valoraron el movimiento sino que casi lo ridiculizaron, emplazándolo a convertirse en partido y presentarse a las elecciones.

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Ojalá sea posible

El anuncio del acuerdo de gobierno entre PSOE y UP, apenas cuarenta horas después de conocerse el resultado electoral, me ha sorprendido enormemente. No es que no esperase -incluso desease- algún tipo de pacto entre estas dos organizaciones que permitiese echar a andar la legislatura, pero la rapidez, la generalidad del acuerdo firmado -una simple declaración de intenciones- o la falta de comunicación en paralelo con otros socios imprescindibles para conseguir la investidura -no se puede estar permanentemente sometiendo a chantaje a las diferentes fuerzas políticas: "esto es lo que hay, si no lo aceptas vas a impedir un gobierno progresista"- apuntan hacia una urgencia difícil de entender.

Habrá que esperar a conocer los detalles del acuerdo para poder valorarlo, pero de momento se puede decir que a Pedro Sánchez ya no le quita el sueño tener ministros de Unidas Podemos, incluso a Pablo Iglesias de vicepresidente. Tampoco el conflicto catalán, más complejo y radicalizado después de la sentencia del procés, ni las diferencias en políticas de Estado son ya un problema que le produzca insomnio. Se ha debido hacer con una buena provisión de Orfidal.

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El voto útil

Siempre que hay elecciones, los partidos mayoritarios de cada bloque, PSOE y PP, hacen un llamamiento al voto útil. De hecho, su máxima aspiración es conseguir mayorías absolutas, para conformar gobiernos monocolores. Los grandes partidos siguen anclados en el bipartidismo, por egoísmo -no quieren repartir poder- y/o porque les resulta imposible hacer un puzzle de más de tres piezas. Intentan resolver un problema político -la gestión de la diversidad creciente de nuestra sociedad- con medidas administrativas, como es la propuesta de Sánchez -que también hizo el PP cuando era el mayoritario- de que si los grupos parlamentarios no consiguen un acuerdo para la investidura de un candidato, se permita gobernar al partido más votado.

Realmente es un problema la dificultad que tienen los líderes políticos españoles para llegar a pactos, para aceptar compromisos que beneficien a la mayoría, pero se me ocurre una propuesta alternativa a la de Sánchez: si durante dos meses no hay acuerdo de investidura, se repiten las elecciones pero no se pueden presentar a ellas ninguno de los dirigentes que han sido incapaces de hacer su trabajo. Esto sí sería una medida útil.

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Errejón entra en juego

Finalmente, Errejón ha dado el salto a la política estatal y, como era de esperar, desde el principio ha sido objeto de críticas de todo tipo. Ya el 27 se septiembre en InfoLibre, Luis Arroyo, en su artículo “Lo que le faltaba a la izquierda”, llegaba a la conclusión de que, puesto que en la izquierda española ya había una opción socialdemócrata, el PSOE, y otra comunista, Unidas Podemos, no cabía ninguna opción nueva: “Si a la izquierda española no le hacía falta una oferta ideológica que ya estaba cubierta por los socialistas y por Podemos, ¿qué ofrece entonces Más País, la nueva oferta nacional de Iñigo Errejón? Evidentemente, nada más que un liderazgo distinto al de Pablo Iglesias y al de Pedro Sánchez. Errejón no haría nada distinto de lo que plantean sus dos adversarios de la izquierda” Y más abajo, añadía: “Errejón vendría a traer buen rollo”.

Creo que Luis Arroyo parte de un criterio excesivamente reduccionista: en la izquierda solo caben dos opciones ideológico-políticas (por cierto, sería conveniente redefinir qué supone en estos momentos ser de izquierdas, socialdemócrata o comunista, no creo que sean conceptos inamovibles a lo largo de la historia) pero dando por buena su tesis, ¿está seguro Arroyo de que si la formación del Gobierno hubiese dependido de Errejón, tendríamos que volver a votar en noviembre?¿Esto no supone ninguna diferencia? Las ideologías y los programas solo son útiles cuando se llevan a la práctica, cuando transforman la realidad. Esto no depende del buen rollo, sino de la capacidad de adaptar el programa a la situación concreta, de llegar a pactos y de conformar mayorías sociales que sustenten los acuerdos políticos.

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Una asignatura pendiente

En todos los rankings, y en concreto en el de la Organización Mundial de la Salud, la sanidad  española aparece como una de las mejores del mundo, a pesar de que el gasto sanitario público no es de los más altos ni en porcentaje del PIB ni en gasto per cápita. Sin embargo, la valoración de la ciudadanía de nuestro Sistema Público Sanitario ha ido empeorando en los últimos años. Las listas de espera -que rondan el año en algunas especialidades-, la crisis económica o el afán privatizador de algunos gobiernos autonómicos han sido algunas de las causas. Pero la calidad del sistema no sólo depende de los recursos destinados o de la organización del mismo, la atención al paciente es un factor a tener muy en cuenta.

La mayoría de las personas nos sentimos inquietos cuando vamos al médico. Entramos en un mundo desconocido, necesitamos cierta empatía, recibir una información comprensible pero no paternalista, sentir –la percepción es fundamental a la hora de valorar un servicio- que realmente le importas al profesional que tienes enfrente, que no eres sólo un número. Ésta es, en algunos casos, una asignatura pendiente.

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¿Es posible con estas izquierdas?

Lo que podía haber sido el inicio de un periodo de cooperación de la izquierda, se está convirtiendo en una enorme frustración para mucha gente progresista y para mucha gente necesitada de políticas progresistas. La desconfianza, la torpeza y la ambición desmedida de algunos dirigentes políticos hicieron naufragar un proyecto que, aunque hubiese salido a última hora y con fórceps, podía ser el punto de partida de un periodo en el que las diferentes izquierdas aceptasen la existencia de la pluralidad -en ese espectro político- y aprendiesen a convivir, aunque solo fuese por necesidad para su propia supervivencia.

La imposibilidad de llegar a un acuerdo los días previos a las sesiones de investidura fue un punto de inflexión en las relaciones, ya deterioradas, entre PSOE y UP y desde entonces la cosa ha ido a peor.  Lo malo no es que no sean capaces de llegar a un acuerdo, el drama está en que PSOE y Unidas Podemos, en lugar de dar los pasos necesarios para aproximar posiciones, se dedican a desacreditar a su supuesto aliado. Lo sucedido en la sesión parlamentaria del día 29 de agosto es una buena muestra.

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