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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Efecto Amaia Montero

El grupo La Oreja de Van Gogh recala en el Movistar Arena de Madrid en su nueva gira con Amaia Montero como vocalista.

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La Oreja de Van Gogh ha vuelto a los escenarios y la gira de regreso no tardó en vender todas las entradas. No me cuesta admitir que mi yo adolescente se emocionó al ver de nuevo la melodía de toda una generación entonando algunas de aquellas canciones. Para la mayoría los juicios de valor también regresaron a una velocidad vertiginosa.

Todo esto podría quedarse en un simple chascarrillo o en un comentario fugaz de WhatsApp con amigos. Pero, en realidad, me llevó a pensar en la facilidad con la que interpretamos escenas incompletas y construimos relatos enteros sin haber estado siquiera allí, en alguno de los primeros conciertos. Vemos unos segundos de un concierto grabado con un móvil y ya emitimos diagnósticos emocionales, físicos o incluso morales sobre quien aparece en pantalla.

No me preocupa demasiado si se tratara únicamente de música o nostalgia generacional. El problema es que ese mismo mecanismo se reproduce constantemente en asuntos mucho más delicados. Y ahí es donde conviene detenerse.

Parece que no nos cuesta nada poner a calentar unas cuantas palomitas y asistir, casi con expectación de circo, al supuesto proceso de rehabilitación pública de una persona que ha atravesado un problema de salud mental. Observamos cada gesto, cada aparición, cada palabra, como si se tratara de un espectáculo abierto al comentario colectivo. El interés deja de ser humano para convertirse en voyeurismo emocional. 

Y lo más preocupante es que esta lógica del fragmento y del juicio rápido se ha normalizado también en nuestra vida cotidiana. Basta con que un vídeo arda en redes sociales para que se disparen prejuicios automáticos. Si quienes aparecen son personas racializadas, la maquinaria del racismo se activa con una facilidad alarmante. Unos pocos segundos bastan para confirmar miedos, alimentar discursos y fabricar culpables.

Las redes sociales han perfeccionado una dinámica peligrosa: consumir vidas ajenas sin contexto. El fragmento sustituye a la realidad completa. Y nosotros, cómodamente sentados frente a una pantalla, actuamos como jueces de historias que desconocemos casi por completo. La curiosidad humana se activa, entremezclada con prejuicios es tan absurda como peligrosa. 

Quizá el problema no sea interpretar, eso es inevitable, pero la melodía cada vez suena más desafinada y no precisamente sobre los escenarios. El verdadero problema es haber olvidado que siempre vemos apenas una parte de la historia.

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