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'La Odisea' de Nolan lidera un nuevo retorno de los clásicos, que ya no son solo libros aburridos del pasado

Odiseo y los lestrigones en uno de los carteles promocionales de 'La Odisea' (2026), de Christopher Nolan.

Juanjo Villalba

26 de julio de 2026 23:01 h

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Las librerías españolas viven un momento singular. Los clásicos nunca desaparecieron del todo, pero sí han cambiado profundamente la forma en la que llegan al lector. Sellos históricos renuevan traducciones, revisan introducciones y actualizan sus catálogos, mientras editoriales más jóvenes apuestan por presentar estos textos con un lenguaje, un diseño y un cuidado formal alejados del tono solemne que durante décadas los convirtió, para muchos lectores, en un territorio reservado a especialistas.

Marco Aurelio o Séneca se sitúan en las mesas de novedades junto a Lucía Solla o Delphine de Vigan. El fenómeno coincide además con un contexto especialmente favorable. El estreno de La Odisea, la esperada adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, ha multiplicado el interés por Homero, igual que en su día Gladiator despertó una nueva curiosidad por el mundo clásico.

En Estados Unidos, universidades, museos y clubes de lectura llevan meses preparando actividades alrededor del poema épico, convencidos de que la película atraerá nuevos lectores y estudiantes, un efecto que muchos profesores ya experimentaron tras el estreno de la cinta de Ridley Scott en el año 2000. Sin embargo, reducir este resurgimiento a un simple efecto cinematográfico quizá sería quedarse en la superficie.

Cuando un libro nunca deja de venderse

“En realidad, los clásicos no vuelven porque nunca se han ido”, comenta Jordi Martí, responsable de la colección Clásicos Liberados de Blackie Books. Para él, la sensación de estar viviendo una especie de boom tiene mucho que ver con que solemos fijarnos en las novedades editoriales y prestamos poca atención a esos libros que llevan décadas vendiéndose con una regularidad sorprendente.

El destino de Melantho (Mia Goth) y la prueba de Penélope (Anne Hathaway) para reconocer a Odiseo es uno de los cambios de 'La Odisea'

Martí recuerda el libro The Printed Homer: A 3,000 Year Publishing and Translation History of the Iliad and the Odyssey de Philip H. Young, dedicado a reconstruir toda la historia editorial de La Ilíada y La Odisea desde los primeros impresos del siglo XV hasta el año 2000. El resultado reunía unas 6.000 ediciones diferentes. “Los clásicos están presentes constantemente. Lo que ocurre es que solemos hablar de éxitos de ventas y de modas pasajeras, pero casi nunca de esos long sellers que permanecen durante siglos”, cuenta.

Los datos del mercado español respaldan parcialmente esa idea. Según explica el editor, La Odisea se mantuvo durante años en torno a las 8.000 o 10.000 copias anuales vendidas. El verdadero salto llegó en 2020, coincidiendo con la publicación de la edición de Blackie Books, cuando las ventas prácticamente se duplicaron. En 2025 alcanzaron unas 27.000 copias y durante el primer semestre de este año ya rondaban las 25.000.

Martí atribuye buena parte de ese crecimiento a la aparición de nuevas formas de editar el texto. “La película añadirá un impulso, pero el gran salto ya se había producido antes”, asegura. “Hay editoriales que ahora aprovechan el estreno, pero el fenómeno venía de atrás”.

Los responsables de la Editorial Gredos, probablemente el sello más asociado a la edición académica de los clásicos en España, también perciben una evolución positiva, aunque con una lectura más pausada. “Nuestros libros mantienen una suave línea ascendente de ventas que refleja la fidelidad de los lectores”, explican los responsables de la Biblioteca Clásica Gredos. “No competimos con los grandes best sellers, pero algunos autores funcionan extraordinariamente bien, como Platón, Séneca, Marco Aurelio o ahora La Odisea, favorecida por la película de Christopher Nolan”.

Mucha gente piensa que no está preparada para leer La Odisea cuando, probablemente, es uno de los libros más entretenidos que existen

La comparación que utilizan desde el sello de RBA resulta especialmente gráfica: “La Biblioteca Clásica Gredos es un corredor de fondo. No ganará una carrera de cien metros, pero las maratones las corre como los ángeles y sin morirse al final del trayecto, como el mítico Filípides”.

En realidad, ese comportamiento comercial responde precisamente a la condición que define un clásico. Mientras miles de novedades desaparecen de las mesas de las librerías apenas unas semanas después de publicarse, Homero, Virgilio o Platón siguen encontrando lectores generación tras generación.

Dejar de intimidar al lector

Si los clásicos nunca dejaron de venderse, pero ahora se venden más, ¿qué ha cambiado entonces? La respuesta tiene mucho que ver con la manera de presentarlos. Durante décadas, abrir muchas ediciones significaba encontrarse con páginas dominadas por las notas al pie, introducciones de decenas de páginas y un aparato crítico pensado para investigadores más que para lectores curiosos. Martí cree que esa tradición acabó levantando una barrera psicológica en los lectores más comunes.

“Había ediciones en las que encontrabas tres líneas de texto y casi treinta líneas de notas. Eso intimida. Mucha gente piensa que no está preparada para leer La Odisea cuando, probablemente, es uno de los libros más entretenidos que existen”, asegura.

La colección Clásicos Liberados nació precisamente para romper esa percepción. La apuesta consistía en recuperar la experiencia de lectura antes que la veneración académica. Nuevas traducciones, ilustraciones contemporáneas y ediciones concebidas para que cualquiera pudiera acercarse a estos textos sin la sensación de estar entrando en una biblioteca universitaria. “Los clásicos fueron, antes que nada, enormes fenómenos populares”, recuerda Martí. “Cuando se recitaba la Odisea se producían auténticos motines. Los rapsodas eran las estrellas de rock de su época”.

El editor recurre también a otro ejemplo que desmonta la idea de unos clásicos concebidos únicamente para las élites. Apenas cinco meses después de publicarse la primera parte de El Quijote, ya había personas disfrazadas del caballero manchego durante un carnaval en Perú. Cervantes incluso construyó buena parte de la segunda parte de la novela sobre la premisa de que todos los personajes conocían ya las aventuras del hidalgo porque habían leído el libro.

Para Martí, esa condición popular comenzó a diluirse durante el siglo XIX, cuando el auge de la filología convirtió muchas de estas obras en objeto casi exclusivo del ámbito universitario. “Los clásicos pasaron de ser relatos vivos a convertirse en textos rodeados de un enorme respeto académico”, resume.

En Gredos no comparten la necesidad de transformar tanto la experiencia de lectura, aunque sí reconocen que los tiempos exigen una actualización. De hecho, están en pleno proceso de renovación de su catálogo. No buscan simplificar los textos, pero sí revisar introducciones, actualizar notas y recoger los avances de la investigación acumulados desde que comenzó la colección en 1977.

“Nuestra intención es mantener la esencia de la Biblioteca Clásica Gredos ofreciendo ediciones críticas que reflejen los avances de las últimas décadas y que también se adapten a los gustos actuales”, explican. Ese equilibrio entre rigor y accesibilidad también ha tenido un efecto inesperado: “El lector de Gredos se ha rejuvenecido”.

Traducir también significa volver a escribir

Buena parte del trabajo de renovación de los clásicos sucede mucho antes de que el libro llegue a la imprenta. Una traducción nunca es un simple ejercicio de equivalencias entre idiomas. También implica decidir qué tono tendrá una obra escrita hace dos o tres mil años cuando dialogue con un lector del siglo XXI.

En Blackie Books esa reflexión fue el punto de partida de toda la colección. Martí recuerda que, tras plantear la cuestión, decidieron dejarse guiar por la opinión de Borges: “Él decía que una traducción no es una traición, sino un nuevo intento, igual de válido que el original, de provocar una determinada emoción en quien lee”, explica.

Una traducción nunca es un simple ejercicio de equivalencias entre idiomas, implica decidir qué tono tendrá una obra escrita hace tres mil años cuando dialogue con un lector actual

Por eso decidieron tomar como base las versiones inglesas que el novelista escocés Samuel Butler realizó de la Ilíada y la Odisea, célebres por su fluidez narrativa, y traducirlas al castellano. El objetivo era recuperar el ritmo de una novela de aventuras antes que la solemnidad de un monumento literario.

La filosofía de Gredos es distinta. Allí la prioridad continúa siendo ofrecer traducciones filológicamente sólidas, realizadas y revisadas por especialistas en cada materia. Algo que también es necesario. La renovación del catálogo se ha concentrado sobre todo en actualizar introducciones y notas para incorporar décadas de investigación y hacerlas más útiles para el lector actual, sin alterar la naturaleza de los textos.

“Nuestra aportación consiste en aclarar cualquier pasaje oscuro mediante las notas. Vemos que otras editoriales optan por aligerar los clásicos y respetamos esa decisión, pero nosotros preferimos mantener los textos tal y como son”, explican desde el sello.

Leer el Evangelio como si fuera una novela

Pocas publicaciones ilustran mejor ese cambio de mirada que uno de los títulos más inesperados de Clásicos Liberados: el Evangelio de Mateo. La propuesta partía de una idea aparentemente sencilla pero poco habitual. Prescindir del enfoque religioso y acercarse al texto como lo que también es: una de las grandes obras narrativas de la historia de Occidente. “Nos dimos cuenta de que no existía una traducción laica al castellano”, recuerda Martí. La nueva versión, realizada por la filóloga Ruth de Umar, evitó buena parte del vocabulario heredado de siglos de tradición eclesiástica para regresar, siempre que era posible, al sentido original del griego.

El resultado sorprendió incluso a los propios editores. “Había pasajes que creíamos conocer perfectamente y, de repente, descubríamos que el original decía otra cosa o, al menos, permitía otra lectura”, comenta Martí. Para comprobar hasta qué punto la tradición condicionaba la recepción del texto hicieron un experimento tan simple como revelador. Sustituyeron el nombre de Jesús por Manuel mediante un procesador de textos. “De repente leíamos la historia de otra manera. Nos dimos cuenta del enorme peso cultural que arrastramos incluso quienes no tenemos una práctica religiosa”.

Martí insiste en que el propósito nunca fue cuestionar las creencias de nadie, sino recuperar la frescura literaria de una obra que nació mucho antes de convertirse en texto canónico del cristianismo. “Cuando se escribió el Evangelio, la religión cristiana todavía no existía como la entendemos hoy. Para sus primeros lectores era, entre otras cosas, una historia”, aclara.

Esa aproximación permite descubrir personajes llenos de contradicciones, escenas narradas con una sorprendente economía de recursos y episodios cuya interpretación ha ido transformándose durante siglos. El editor habla del Evangelio con el entusiasmo de quien recomienda una gran novela contemporánea y resume el espíritu de la colección con una frase: “Los clásicos fueron escritos desde la maravilla”.

Libros que siguen haciendo preguntas

Existe cierta tentación de explicar el éxito actual de los clásicos recurriendo únicamente a factores externos: el cansancio frente a las pantallas, el deseo de lecturas más profundas o la búsqueda de referencias estables en una época marcada por la velocidad.

Probablemente haya algo de todo eso. Desde Gredos admiten que estos libros pueden funcionar como “un refugio en el que sentirse seguros”. Pero quizá la razón principal sea mucho más elemental. Las grandes historias sobreviven porque continúan ofreciendo respuestas a preguntas que nunca terminan de desaparecer. El regreso al hogar de Odiseo, la ambición de Julio César, las dudas de Hamlet, la cólera de Aquiles o las meditaciones de Marco Aurelio siguen hablando de asuntos que cualquier lector reconoce inmediatamente.

La tecnología cambia, las costumbres evolucionan y las sociedades se transforman, pero los miedos, las contradicciones y los deseos humanos conservan una sorprendente continuidad y un clásico deja de parecer antiguo en el mismo instante en que alguien abre sus primeras páginas y olvida cuántos siglos tiene ese tesoro que acaba de encontrar.

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