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Un acuerdo ambiguo, incompleto y frágil

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
15 de junio de 2026 22:13 h

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Después de tres meses y medio del comienzo de la guerra innecesaria, ilegal, y criminal que el presidente de EEUU, Donald Trump, lanzó contra Irán, junto con su amigo y aliado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu; tras casi 40 anuncios de que el conflicto había terminado y la paz era cuestión de horas, o como mucho de días, porque Irán había perdido y aceptaba todas sus demandas; después de 67 días de un teórico alto el fuego lleno de incidentes armados, durante el cual la República Islámica ha continuado bloqueando el estrecho de Ormuz sin ceder a ninguna exigencia; por fin, en la noche del domingo día 14, se ha logrado consensuar un acuerdo de principio entre Washington y Teherán en forma de Memorando de Entendimiento (MOU) que deberá dar paso a una negociación en los siguientes 60 días para lograr un acuerdo de paz definitivo. El documento se firmará el viernes 19 en Suiza, y entrará en vigor ese día, si Trump logra sujetar hasta entonces a Netanyahu, que ha hecho, está haciendo y hará todo lo posible por boicotear un acuerdo que le deja aislado y sin conseguir ninguno de sus objetivos.

Por el momento, el único resultado tangible del MOU será la reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto sin ningún problema antes de la guerra. Con una diferencia: que este conflicto ha permitido a Irán demostrar su capacidad de cerrar a voluntad, y sin que nadie pueda impedirlo, uno de los puntos de estrangulamiento más importantes del planeta, causando una grave crisis económica global de la que solo hemos visto el principio. Porque después de que el Estrecho de Ormuz se abra, cuando pasen las semanas o meses necesarios para normalizar el tráfico, incluso una vez que los países del Golfo hayan reparado y recuperado sus infraestructuras dañadas o destruidas por la guerra, las consecuencias se seguirán sufriendo durante meses o años, tanto en los precios de los combustibles -y por tanto en la inflación- como en el de los fertilizantes nitrogenados, con la consiguiente reducción y encarecimiento de la producción agrícola mundial, que provocarán probables hambrunas. Pero, además, Irán pretende ahora -veremos si lo consigue en la negociación que seguirá- tener un cierto control sobre Ormuz que no tenía antes de la guerra, quizá no mediante el pago de peajes puesto que se trata de una vía internacional de acuerdo con el derecho del mar, sino mediante algún tipo de prestación obligatoria de servicios o suministros a los buques que lo transiten, que le produzcan ciertos beneficios económicos. De cualquier forma, Irán sale de esta guerra reforzado, con un poder -al menos potencial- que no tenía antes de ser atacado.

Si finalmente se consigue una reapertura total y sin incidentes de Ormuz, lo que todavía está por ver, en los 60 días siguientes se deberían resolver los temas más importantes, que aún están abiertos, para llegar a un acuerdo definitivo de paz que según Trump debería ser mejor que el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). Un plan promovido por el presidente Obama y firmado en 2015 por los cinco miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, más Alemania y la Unión Europea, que Trump abandonó en 2018, durante su primer mandato, por presiones de Netanyahu -que era primer ministro de Israel por cuarta vez-, sin que hubiera ningún incumplimiento por parte de Irán.

El acuerdo definitivo no parece nada fácil, incluso si aparentemente EEUU ya ha renunciado a dos de las exigencias con las que pretendía mejorar el de 2015: la limitación del programa de misiles iraníes y el cese del apoyo de Teherán a las milicias afines enemigas de Israel, incluyendo a Hamas en Gaza, los hutíes en Yemen, grupos chiíes en Irak y Siria, y Hezbolá en Líbano. Aunque los negociadores estadounidenses han afirmado en algún momento que Irán aceptaba cortar la financiación a estos grupos, lo cierto es que la República Islámica mantiene al menos sin fisuras su apoyo a Hezbolá hasta el punto de condicionar cualquier acuerdo definitivo de paz al cese de las acciones militares de Israel en Líbano. Así, los dos asuntos importantes que quedan por resolver son el levantamiento de las sanciones a Irán y el desbloqueo de sus fondos depositados en el extranjero, y el futuro del programa nuclear iraní. Aunque ambos deben ser negociados en el plazo subsiguiente de 60 días, su formulación de principio en el MOU ha sido la causa principal del retraso en su aprobación, junto con los disensos políticos internos en EEUU y sobre todo en Irán -donde la facción más radical está muy descontenta- que todavía pueden dar lugar a diferencias de interpretación muy graves.

De hecho, lo que nos llega de fuentes estadounidenses sobre el primero de esos puntos es que el levantamiento de las sanciones y el desbloqueo de los fondos iraníes congelados estarían condicionados al resultado, o al menos al avance, de las negociaciones definitivas de paz, mientras los negociadores iraníes han declarado que el levantamiento de las sanciones al petróleo iraní será inmediato y que el plazo de 60 días empezará a contar cuando Irán reciba la mitad de los fondos congelados, que ascendería a 12.000 millones de dólares. Trump criticó severamente que Obama entregara en 2015 a Irán 1.700 millones, que eran parte de una deuda sancionada por el Tribunal de La Haya por una compra de equipo militar realizada por el gobierno del Sha antes de 1979 que nunca se suministró, y lo hizo además después de que se firmara el acuerdo que permitía el control del programa nuclear iraní. Si ahora Trump acepta que se entregue una cantidad siete veces superior antes de que haya un acuerdo en el tema nuclear, además de renunciar a limitar el programa de misiles iraní y a que Irán corte sus relaciones con las milicias antiisraelíes, será más que evidente que el acuerdo al que llegue será bastante peor que el JCPOA, aunque él insista en sostener lo contrario.

Finalmente, el asunto más importante sigue siendo -al menos oficialmente- el control del programa nuclear iraní. Aquí Trump, y el vicepresidente J. D. Vance que ha promovido el acuerdo, se agarran a un clavo ardiendo, el único que tienen, afirmando con mucho énfasis que Irán no tendrá nunca un arma nuclear, como queriendo hacer ver que no la tendrá gracias al providencial liderazgo del presidente, que se concretó en un ataque a la República Islámica cuando precisamente se estaba negociando -con buenas perspectivas- esta cuestión. Pero ni las fanfarronadas infantiles de Trump, ni los intentos de su secretario de Estado, Marco Rubio, de tergiversar sus declaraciones para hacerlas menos estridentes, pueden ocultar el hecho de que para conseguir eso no hacía falta ninguna guerra. El régimen iraní ya había renunciado a producir armas nucleares cuando suscribió JCPOA, en el que se comprometió a limitar el enriquecimiento de uranio al nivel del uso civil, disminuir radicalmente sus reservas y reducir en dos terceras partes sus centrifugadoras, además de autorizar al Organismo Internacional de la Energía Atómica el acceso a todas sus instalaciones para verificar el cumplimiento de lo pactado. Y mantuvo esa renuncia cuando Trump dinamitó el acuerdo, si bien reanudó como respuesta el enriquecimiento de uranio hasta alcanzar -según estimaciones del OIEA- 441 kilos con una concentración del 60%, menor de la necesaria para fabricar bombas (> 90%) pero muy por encima de la utilizable en plantas de generación eléctrica (3-5%) o incluso para plantas experimentales o investigación (<20%). 

El anterior líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, asesinado el 28 de octubre en los primeros bombardeos, había emitido una fatwa, un decreto religioso de obligado cumplimiento en un Estado teocrático como Irán, prohibiendo el desarrollo de armas nucleares. Apenas tres días antes del ataque, en la ronda de negociación que tuvo lugar en Ginebra entre EEUU e Irán, los representantes iraníes habían aceptado ya, según declaraciones del mediador -Badr Albusaidi, ministro de Asuntos Exteriores de Omán-, no sólo reiterar su renuncia a fabricar o adquirir armas nucleares, sino el compromiso de degradar el uranio altamente enriquecido que poseía, reducir las reservas del resto, y someter su programa nuclear civil al control no solo al OIEA sino incluso de inspectores de Estados Unidos. Un acuerdo muy similar al JCPOA que debía firmarse a la semana siguiente en Viena. Finalmente, en la propuesta de 10 puntos que presentó Irán el 8 de abril, y que dio lugar al alto el fuego, figuraba explícitamente su renuncia a poseer armas nucleares y su compromiso de negociar el programa de enriquecimiento. 

En este contexto, intentar vender como un éxito, o un logro de la guerra, que Irán no vaya a tener armas nucleares es absolutamente ridículo y no tiene ningún sentido, pero es lo único que le queda a Donald Trump para poder presentar algún éxito, por débil que sea, en una guerra que incluso dentro de su país no ha sido comprendida ni apoyada por una mayoría de la población. A lo máximo que puede aspirar es a reproducir las condiciones del JCPOA, o las que ya se habían acordado en Ginebra. No se va a llevar el uranio altamente enriquecido de Irán, como había asegurado muchas veces, aunque es muy probable que los iraníes acepten degradarlo -lo que es tan fácil como mezclarlo con uranio natural-, así como reducir sus reservas y someter su programa de enriquecimiento a inspecciones internacionales como han hecho en ocasiones anteriores.

Para Netanyahu sería un drama que la República Islámica tuviera un arma nuclear, pero no porque piense que la emplearía, ya que él podría responder con su gran arsenal destruyendo completamente Irán, sino porque su supremacía militar se vería disminuida si otro país de la región adquiriera esa capacidad, con las consiguientes consecuencias políticas. Pero aunque ese peligro se aleje ahora un poco más, eso no va a ser suficiente para garantizar una paz duradera. Porque la cuestión nuclear no es el verdadero problema. Netanyahu empezó a advertir de que Teherán estaba a semanas o meses de tener armas nucleares en su primer mandato como primer ministro, en 1996, y de eso hace 30 años. Cuando se materializó, en el JCPOA, el mecanismo de control del programa nuclear iraní que garantizaba que no llegara a tenerlas, Netanyahu instó a Trump a abandonarlo, porque prefiere correr un riesgo que él minimiza con bombardeos selectivos o asesinatos de científicos, que aceptar que el régimen islámico se consolide. Irán es el único enemigo existencial que le queda a Israel en la región, y el único apoyo de otras amenazas como Hezbolá. El gobierno de Israel quiere la eliminación total del régimen islámico, incluso la destrucción completa y la disgregación del país, con lo que tendría las manos definitivamente libres para terminar de anexionarse Palestina, y partes del Líbano y de Siria. Y no va a parar sus agresiones militares hasta conseguirlo.

El acuerdo alcanzado hasta ahora es el resultado de la necesidad que tenían de él ambas partes: Trump, por razones de política interna, y los dirigentes iraníes, por el deterioro económico de su país. Pero es enormemente frágil y puede romperse incluso antes del viernes, o cuando se intente poner en marcha la negociación propiamente dicha. Las diferencias de interpretación del Memorándum, las líneas rojas de cada una de las partes, la continuidad de los ataques de Israel en Líbano, una reanudación mínima de la violencia por un error o por una provocación pueden dar al traste con la iniciativa, una vez más. Y también puede romperse cuando los negociadores entren en los asuntos esenciales, tanto económicos como del programa nuclear, porque las posiciones son muy distantes. Pero también se abre una ventana de oportunidad para la paz, a despecho de Netanyahu, que tal vez tenga éxito y que en todo caso es mejor que los bombardeos.

Ojalá el proceso que ahora empieza prospere y llegue a una paz estable y duradera; es difícil creer en ello, pero no imposible. Lo que es incontrovertible es que esta guerra, además de ilegal y criminal, era innecesaria e inútil, y no va a lograr ningún avance en la estabilidad de Oriente Medio, ni ninguna ventaja para sus iniciadores -salvo para las empresas de armamento y las grandes petroleras-, sino solo un enorme gasto que pagaremos de uno u otro modo los de siempre, la destrucción de infraestructuras industriales y civiles, y la muerte de miles de personas, incluidos niños. Para conseguir nada. Como siempre, millones sufren por la megalomanía, la estupidez o los intereses espurios de algunos. Como siempre, se impone la fuerza sobre la razón, la violencia sobre el diálogo, el egoísmo sobre la solidaridad, ante la indiferencia de muchos y la pasividad de casi todos los que podrían hacer algo para evitarlo. Y como siempre, los que no tenemos poder ni capacidad para detener estos crímenes seguiremos levantando la voz, lo único que tenemos, con la esperanza de que se vayan uniendo otras y algún día sean tantas que su grito de paz pueda acallar el siniestro estallido de las bombas.

     

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