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Cuando unos pendientes para lucir en una alfombra roja esconden un expolio

Zendaya en la presentación de 'La Odisea' en Londres

Tania López García

30 de julio de 2026 22:27 h

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Cuando la actriz Zendaya apareció en el photocall londinense de La Odisea de Christopher Nolan con dos discos de oro convertidos en pendientes, la polémica no tardó en desatarse. Las piezas, de entre 2.000 y 3.000 años de antigüedad, pertenecen al llamado tesoro de Ziwiye, hallado en el noroeste de Irán a finales de los años cuarenta y disperso después entre distintas colecciones internacionales.

La cuenta de una arqueóloga muy popular en redes, conocida como Dr. Z, avivó ampliamente la polémica calificando el gesto de Zendaya como “asqueroso”, al considerar que la procedencia de las piezas resultaba, cuando menos, dudosa. El debate se volvía aún más incómodo por un detalle que no pasó desapercibido: la actriz es estadounidense, precisamente el país que en esos días bombardeaba Irán. Pocos días después, la investigadora Emiline Smith, especializada en tráfico de bienes culturales, publicaba un análisis en el medio Hyperallergic que situaba el caso en un contexto mucho más amplio.

Según explicaba, la joyería Barron London, encargada de comercializar las piezas, aseguraba contar con documentación sobre su procedencia, aunque nunca la hizo pública. Fue el joyero Glenn Spiro quien transformó los discos originales en un par de pendientes engastados en oro de 18 quilates con diamantes, una pieza que el estilista Law Roach eligió después para completar el look de Zendaya.

Smith recordaba además que existe un precedente legal directamente relacionado, el caso Irán contra Barakat Galleries, resuelto en 2005 por un tribunal británico, que reconoció el derecho de Irán sobre un lote de piezas expoliadas procedentes del yacimiento de Jiroft, en el sureste del país. Aunque Jiroft y Ziwiye son yacimientos distintos, ambos casos ejemplifican el mismo patrón, objetos arqueológicos que terminan circulando en el mercado del lujo sin que su origen quede nunca del todo claro.

La historia recuerda inevitablemente a otra polémica reciente, la del estreno de Cumbres borrascosas, donde la actriz Margot Robbie lució el diamante Taj Mahal, una pieza con una larga historia colonial ligada a la India del siglo XVII y que perteneció después a Elizabeth Taylor, sin que en ningún momento se mencionara ese contexto durante la presentación. No es casualidad que estos días varios expertos se pregunten si ambos casos no son el síntoma de algo más amplio, una tendencia que ya empieza a conocerse como method dressing, la última vuelta de tuerca de un star system dispuesto a apropiarse de cualquier objeto, por delicado o ajeno que sea, con tal de construir un personaje completo hasta en el accesorio.

'Method dressing': colonialismo de nuevo cuño

Para el escritor y fotógrafo especializado en arte islámico Zirrar Ali, el problema no empieza con Robbie o Zendaya, sino mucho antes. “Si miramos al mundo griego también vemos que tiene trazas del mundo egipcio, persa y de Oriente Medio”, explica, recordando que las fronteras culturales que hoy damos por sentadas nunca fueron tan nítidas como el relato occidental sugiere. “La Odisea es una historia de ficción, pero solo en la ficción podemos convertir algunos elementos reales en objetos de ficción. Zendaya en este caso está utilizando unos artefactos que son reales para promocionar una película de ficción, ignorando la historia y haciendo que todo lo oriental sea un mero accesorio para la visión occidental”.

Esa reflexión lleva a Ali directamente al que considera el verdadero núcleo del problema, el poder. “Si no tuvieran el poder, no podrían hacer esto”, explica. En este caso el method dressing cumpliría en realidad una doble función. Por un lado, es puro marketing, una forma de mantener la expectación sobre la actriz, y por extensión la película, ambas fusionándose en un contexto performático. Por otro, es una exhibición de lujo al alcance de muy pocos, donde el objeto deja de ser solo un accesorio para convertirse en la prueba visible de un acceso privilegiado que nadie más tiene. “Es como si dijeran: tomamos esto que proviene de tu cultura, pero tú no puedes tomar nada nuestro”, puntualiza el escritor.

Margot Robbie en la premiere de 'Cumbres borrascosas' en Los Ángeles

Esa asimetría entre el tratamiento de las piezas orientales en suelo occidental, señala Ali, queda reflejada incluso en los propios catálogos de los grandes museos. “Si vas a ver el catálogo de algunos museos como el British Museum, puedes ver que algunos objetos tienen marcado que su proveniencia es desconocida, porque es vergonzoso. A menudo estas obras provienen de colecciones privadas que no explican cómo fueron obtenidas las piezas”, explica. Pero lo que más le inquieta a Ali no es tanto el silencio de las etiquetas como una disonancia mucho más incómoda, la que vivió al contemplar piezas iraquíes expuestas en un museo londinense mientras el país de origen de esas obras estaba siendo bombardeado. “Es curioso porque, ¿cómo encajas sentirte fascinado por la historia y la cultura de ese país mientras al mismo tiempo lo bombardeas?”, se pregunta.

Para él, esa contradicción solo puede sostenerse dividiendo artificialmente el pasado del presente, tratando la civilización antigua como algo digno de admiración y el país actual como sinónimo de barbarie. Es, explica, una lógica que remite directamente al concepto de otredad que el pensador palestino Edward Said desarrolló en Orientalismo (1978), la idea de que Occidente ha construido históricamente a Oriente como un espacio exótico, estático y fundamentalmente distinto, una representación que le sirvió tanto para definirse a sí mismo como para justificar su dominio sobre esas sociedades.

Del expolio de guerra a las colecciones privadas

Preguntada por el mayor obstáculo para regular este mercado, Donna Yates, catedrática de la Universidad de Maastricht y una de las investigadoras más citadas en tráfico de antigüedades, responde con la precisión de quien lleva años lidiando con el problema desde dentro. En países como Colombia o Irán, explica, la venta de antigüedades está totalmente prohibida, así que el problema no es la falta de leyes, sino la dificultad de aplicarlas retroactivamente a piezas que salieron del país antes de que esas leyes existieran. “El tráfico generalmente no viene con registros sobre la fecha y las circunstancias de la exportación”, señala. Sin pruebas de esa exportación ilegal, añade, resulta casi imposible impedir la venta.

Ese vacío legal se agrava especialmente en contextos de guerra, como el que atraviesa Irán ahora mismo. Como recuerda en el libro El expolio de los bienes culturales la experta en derecho internacional Soledad Torrecuadrada García-Lozano, “los bienes culturales deben protegerse en todo momento, ya que son objeto de vandalismo o de actos que afectan directamente a su conservación, y es precisamente durante los conflictos armados cuando quedan más expuestos”. No es un matiz menor. Los bienes culturales forman parte del derecho humano a la cultura, recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y su expolio puede llegar a constituir un crimen de guerra, en la medida en que atenta directamente contra la identidad y la historia de los pueblos.

Yates conoce bien esa lógica porque lleva dos décadas observándola de cerca. Desde su investigación de máster en Cambridge estudia las subastas de alto nivel en Estados Unidos centradas en antigüedades sudamericanas, muchas de ellas piezas de oro colombianas. Lo que le llamó la atención entonces fue un patrón muy concreto, adornos que en su origen se llevaban en la nariz y que el mercado moderno reconvertía en collares, despojados por completo de su contexto original. “¿Qué pensaría un antiguo colombiano si viera a alguna mujer con un gran adorno de nariz alrededor de su cuello?”, se pregunta Yates. “Probablemente les parecería una locura”.

Kim Kardashian muestra el vestido de Marilyn Monroe que lució para la alfombra roja de la Gala MET y que la actriz vistió en el cumpleaños de J. F. Kennedy, en 1962

Ese cambio de contexto no le interesa solo por su ironía. Yates apunta que buena parte de estos objetos probablemente procedían de tumbas, lo que abre una pregunta incómoda sobre lo que los compradores prefieren no saber, o no preguntarse, sobre el origen de lo que llevan puesto. Y, sin embargo, admite, entiende también el atractivo. Lo compara con el gesto casi universal de tocar una vitrina táctil en un museo, la fascinación por sentir que algo ha sobrevivido miles de años y que conecta con manos humanas muy anteriores a las nuestras. “Una réplica es bonita, pero no tiene nada del simbolismo de la supervivencia y la rareza. No contiene el tiempo profundo de las piezas reales”, resume.

Conviene no perder de vista, sin embargo, que este fenómeno no siempre necesita una guerra ni un país lejano para producirse. El vestido de Marilyn Monroe que Kim Kardashian llevó a la Met Gala de 2022, y que tuvo que ser forzado para que la empresaria pudiera ponérselo, es prueba de que la lógica de la apropiación funciona igual de bien con patrimonio made in USA, un patrimonio que está en manos privadas pero que pertenece simbólicamente a lo colectivo. Ali extiende esta reflexión al mercado negro de antigüedades en general, que describe como un fenómeno tanto público como privado. “Al final hay gente muy rica que no sabe qué hacer con su dinero y en muchas ocasiones lo gasta en esto para sentir que poseen unas piezas históricas que no ha visto nadie, o que nadie puede poseer, y eso ha ocurrido a lo largo de la historia”, explica. “Este caso ha salido a la luz pública por tratarse de una actriz, pero normalmente estas cosas se libran en la esfera privada, de la que poco podemos saber”.

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