El dj que vio venir el reguetón, pero el estallido le pilló en la cárcel: “Estuve en el infierno y sé qué es la maldad”
Nació en México y creció en Canadá. Bailó en el Paradise Garage de Nueva York con Larry Levan a los platos. Malcolm McLaren, el inventor de los Sex Pistols, le produjo un disco. Introdujo el breakbeat y los ritmos latinos en la escena electrónica de Barcelona. Peret quiso hipnotizarlo para hacerle dejar el tabaco. Pudo ser carne de Los 40 Principales, pero se negó. En 2008, acabó en una cárcel en Panamá.
Lo que se suponía que iba a ser un bolo excepcionalmente bien pagado en ese país centroamericano, resultó ser una trampa: amenazaron de muerte a su familia, y su pareja y él se vieron obligados a cargar con varios kilos de cocaína en el vuelo de vuelta a España. Fue detenido en el Aeropuerto Internacional de Tocumen. Pasó cinco años preso, acusado de narcotráfico. Durante su periodo de reclusión en los penales de La Joya y El Renacer, dirigió el programa Rehabilitación a través de la Música, en el que enseñaba música a otros reclusos.
Suena a tópico, pero, a sus 63 años, Ángel Francisco López Morán, más conocido como Professor Angel Dust, ha vivido muchas vidas. Ahora cuenta algunas de ellas en El estómago de la bestia. Aventuras y desventuras de un DJ (Contra, 2026): más que unas memorias, “un anecdotario”, dice, para “dejar algo ahí, una huellita”.
Que Malcom McLaren produzca a su banda, Om, no es poca cosa.
Es grande, pero el asunto con Malcolm no acabó bien. La discográfica, Warner Suecia, le encargó un trabajo propio de músicos, y él era músico. Su talento era otro. Lo que se le daba realmente bien era la destrucción.

Por lo que explica en El estómago de la bestia, la clarividencia tampoco era su fuerte: les dijo que eso del hip-hop y los dj no tenía ningún futuro.
Sí, ahí no estuvo muy acertado. De todos modos, aprendí mucho de él. Mantuvimos una buena amistad y pude pasar un montón de horas a su lado. Me contó mil historias.
En cambio, usted fue uno de los primeros dj que apostó, por ejemplo, por la música latina en un contexto de club.
Lo traigo de cuna. De chiquito escuchaba cumbia, Pérez Prado… A mi padre le encantaba el mambo, el chachachá, el bugalú y la salsa. Siempre sonaban en casa, forman parte de mi identidad. Cuando llegue a Barcelona, recuperar esos sonidos fue una forma de reivindicar mi latinidad. No me gustan las banderas ni las patrias, pero supongo que, en el fondo, tengo esa cosa del mexicanismo.
Después de su periodo de reclusión, descubrir cómo se había masificado la música latina en España debió ser todo un shock.
Sí, totalmente. Aunque, de algún modo, sabía que iba a pasar. Recuerdo que, antes de ir a Panamá, pinché un white label de Gasolina en una fiesta de señoritos en Sevilla y me abuchearon: “¡Qué música tan vulgar!”. Pensé: “Ya lo bailarán”. Y así fue. Cuando volví, la gente estaba perreando. Siempre he tenido buen colmillo para adivinar qué va a suceder, musicalmente hablando.
Mucha gente que a finales de los noventa y primeros dos mil celebraba el exotismo de la música que sonaba en sus fiestas Bongo Lounge en La Paloma la rechaza de plano cuando empieza a tener éxito. ¿Hay algún tipo de sesgo ahí?
Algo hay, sí. Antes era aún más obvio. En los noventa había mucho “sudacas, no”, incluso entre amigos míos. A mi hermano y a mí, que llevábamos años viviendo aquí, nos seguían llamando “los mexicanos”: “Ah, sí, las fiestas de los mexicanos”. ¿Pero cuánto se tarda en ser barcelonés? Tú vas al DF y a los dos meses ya te consideran de ahí. Creo que existe un componente racista que todavía perdura. Lo veo entre los chavalitos, en la ligereza con que emplean términos como “panchitos”.
También vivió intensamente el momento de eclosión de los festivales de España. Fueran del estilo que fueran, todos incorporaban una carpa dance.
Había mucho dinero. Fue como las estaciones del AVE: todo el mundo quería tener su festival. Yo actuaba y seguías la fiesta con la gente que los montaba. Nunca he sido muy de after, pero acababa metido en cada fregado… Todo era excesivo: el dinero, el alcohol, las drogas.
Su estancia en la cárcel ocupa más de un tercio del libro. ¿Cómo hablamos de ello sin pecar de sensacionalismo?
A mí me interesa hablar de la parte vivencial, de mi viaje interno, no hacer un true crime cutre. Aquella experiencia me enseñó cosas muy valiosas. De entrada, a tratar con un mundo totalmente ajeno al mío. Me sirvió para darme cuenta de que todos somos más parecidos de lo que pensamos.
Destaca un aspecto que las personas que han pasado por algo similar también suelen comentar: la transformación del paso del tiempo en reclusión.
Sí, es algo muy loco. Ten en cuenta que, además, yo llevaba toda la vida trabajando sin parar, nunca me tomé un descanso, una pausa. Nunca agarré una mochila ni me fui de viaje ni nada parecido. Y de repente, todo se detuvo.
En mi caso, el cambio de la noción del tiempo pasó por dos etapas. La primera estuvo marcada por el instinto de supervivencia. Tuve que dejar de pensar en el futuro para no volverme loco: vivir el momento, limitar mi universo al lugar donde estaba, a mi relación con los personajes que lo habitaban y a las cosas que veía. Una vez supe cuánto tiempo iba a estar encerrado, todo cambió. Entonces empecé de nuevo a contar, a calcular. Al menos sabía qué día terminaría todo. Volvía a tener un horizonte.
¿Cómo recuerda ese tiempo hoy?
Ya han pasado 12 o 13 años. Es como si lo que en un momento dado me pareció una eternidad hubiera sido una pesadilla de una noche. Es muy raro. Supongo que es una forma de protegerse mentalmente.
Hablando del aspecto mental de la experiencia, ¿qué secuelas siente que le ha dejado?
Tengo sueños recurrentes en los que estoy atrapado, nadie me hace caso y se supone que ya tendría que salir. Son lugares abandonados, donde nadie hace caso a nadie. Me pasa a menudo, dos o tres veces al mes. Sin embargo, nunca hice terapia. Mi terapia ha sido el libro. Así, a lo bruto. Me costó escribirlo porque me hizo desbloquear cosas que permanecían ocultas, latentes pero irreconocibles. reTuve que revivirlo todo: las pesadillas, el estrés.
Podría haber escrito un libro sobre Noriega, al que conocí en el presidio, o sobre los capos que había ahí y las cosas que me contaron, pero no me interesa. Quiero dormir tranquilo y que mis hijas también puedan hacerlo
Entre las anécdotas previas a su ingreso en prisión que recupera, parece sugerir la posible relación entre un encontronazo con un aprendiz de rapero y lo que luego le pasó en Panamá.
Sí, pero nunca lo he sabido a ciencia cierta, ni quiero. Durante un tiempo intenté investigar un poco, pero alguien me dijo que lo dejara estar, que no me metiera ahí. Y así lo hice. Yo estuve en el infierno; sé qué es la maldad y cómo funcionan esos mundos. Afortunadamente, en la cárcel tuve la suerte de ser “el mexicano”, primero, y luego, “el músico”. Prefiero quedarme ahí.
Podría haber escrito un libro sobre Noriega, al que conocí en el presidio, o sobre los capos que había ahí y las cosas que me contaron, pero no me interesa. Quiero dormir tranquilo y que mis hijas también puedan hacerlo. No me apetece revivir ciertas conexiones ni que según qué gente pueda darse por aludida. Paso.
Muchas personas le ayudaron mientras estaba dentro: su familia, amigos de Barcelona… ¿Hubo alguien que le decepcionara?
Sí, sobre todo gente de la noche. Resultaron ser amigos por conveniencia. En esas circunstancias te das cuenta de quién te quiere realmente. A las malas. Pero la noche... Yo estuve en La Paloma seis años, metiendo un promedio de 1.200 personas por fiesta. Muchas se acercaban en plan simpatiquísimo. Fueron las mismas que luego iban diciendo: “Claro, con ese nombre, ¿qué esperabas? Obviamente. este era un traficante, un gánster”. Me impresionó el hate que había contra cualquiera que fuera o hubiera sido alguien.
Cuando salí de la cárcel fui a un club y me encontré con que la gente no bailaba, hacía fotos al dj. Pero, ¿por qué no lo estaban viviendo? Lo real, el olor, la música, se había ido
Ese mismo tipo de odio acabó invadiendo las redes sociales. Cuando le detuvieron, apenas hacía dos años que existía Twitter. Después de un lustro literal y metafóricamente desconectado, se encontró un mundo muy distinto.
Me sentí completamente desubicado. Salí justo cuando explotó el tema de las redes sociales y la interacción con el móvil pareció volverse más importante que la interacción con otras personas. De repente fui a un club y me encontré con que la gente no bailaba, hacía fotos al dj. Pero, ¿por qué no lo estaban viviendo? Lo real, el olor, la música, se había ido.
También la ciudad cambió mucho en esos cinco años.
Del todo. Muchos guiris haciendo cosas, fiestas para expats… El tejido local de clubes para los barceloneses ya no existía. Apolo ha dejado de ser un club, como Razzmatazz o La Paloma. Son discotecas, que es algo muy distinto. El sentimiento de pertenencia, de que vas a ir ahí y vas a formar parte de algo, ha desaparecido. Vas a cualquier local y todo está superhomogeneizado. No hay una mezcla, diferentes tribus y personalidades. Ahora solo hay avatares. Todo el mundo es el avatar de algo, no es él.
Y ahora, ¿qué?
Ahora, la música. Siempre me ha salvado, es lo que me mantiene vivo. Afortunadamente, me sigue encantando. Hago música todos los días. Y me he dado cuenta de que puedo hacer algo con todo mi bagaje: ayudar a la gente.
Mientras cumplía condena logró montar un pequeño estudio y hacer música con otros reclusos, ¿sigue en contacto con ellos?
Con algunos. A Jah Lion lo acabo de ver, tiene un hostal en Portugal. A Puti, que es taxista, todavía le hago temas. Y hay otro chico que me sigue mandando raps grabados con el móvil. Yo le añado pistas instrumentales para echarle una mano. Esta gente tiene cosas muy reales que decir.
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