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Nota al pie

Las malas se casan en mayo

León Felipe, en Madrid, en 1936.
31 de octubre de 2026 22:12 h

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A efectos prácticos, todo se mueve entre las “vueltas y revueltas” de la fortuna (Quijote, obviamente) y los “¡cuentos, cuentos, cuentos!” de León Felipe en Llamadme publicano. Que se sepa o no, que se admita o no, es otra cuestión. Y el poeta de Tábara, hijo inequívoco del personaje de Cervantes —desde su faceta de “revolucionario” (La Insignia) hasta su condición de “vencido” (Versos y oraciones del caminante)—, atacó los cuentos con los que mecen nuestras cunas y entierran nuestros huesos y propuso un camino “sin espejos,/ sin anillos,/ sin redes” y, especialmente, “sin miedo”, el inventor del engaño. No era un autor “doméstico”, de los que ejercen de “cronista del rey y el arzobispo”; escribía para liberar, sabiendo que la Historia “es una serpiente que se muerde la fábula” y que esa fábula suele ser el relato de los grandes.

Lo bueno de ciertos cuentos es que se agostan a base de repetirlos, lo cual obliga a cambiarlos o vestirlos de otra forma; lo malo, que no hay ni uno que no regrese por los huecos de la ignorancia y su titiritero habitual, del que hablaré después. Es como lo que comenta El diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara en la fantástica escena del baratillo de los apellidos: que “al fin de los años mil, vuelven los nombres por donde solían ir”, a lo que Cleofás responde, cargado de sorna: “Cada día hay cosas nuevas en la Corte”. ¿Quién nos iba a decir a los que llevamos más de medio siglo dando tumbos que un enorme porcentaje de la población mundial volvería a pedir deportaciones masivas, pongo por caso? Hasta los avisados, los que no dejamos nunca de leer a León Felipe, creímos que el dislate no llegaría a esos extremos, porque el “narrador de cuentos” no podría colar tan pronto —en términos históricos— la misma estafa.

Sin duda, deberíamos haber prestado más atención a unas palabras de Bertolt Brecht en el I Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la cultura (1935), las referidas a “las raíces del mal” que se estaba extendiendo. Frente a los que pensaban que era un simple desbordamiento de la barbarie instintiva del género humano, empeorado quizá por un problema de carácter educativo, ejerció de abogado de nuestra especie y dijo: “el salvajismo no viene del salvajismo, sino de los negocios” del Capital, el que mueve las cuerdas de la marioneta y escribe la narración del espectáculo. Pero, si se han podido desmontar otros cuentos peligrosos, también se puede desmontar ese; con la condición de que no nos crucemos de brazos, en espera de que el tiempo lo arregle todo y anule el sistema económico del mismo modo en que anuló la reescritura de las fiestas paganas por parte del cristianismo.

Piensen en una celebración como Halloween, por ejemplo. Nadie en su sano juicio diría que sea particularmente dañina, salvo que se exceda con el maquillaje y sufra una reacción alérgica. Sin embargo, su nombre es una contracción de All Saint’s Eve, la víspera del Día de Todos los Santos y, al igual que el Día de los Fieles Difuntos o de los Muertos, ha estado inserta durante cientos de años en el paquete ideológico de una religión, es decir, uno de los mayores cuentos que se puedan imaginar; y seguiría cumpliendo una función en tal sentido si la evolución del mundo no la hubiera devuelto a su origen, que por el lado de nuestra cultura son las Lemuralia de Roma, de las que tenemos bastantes datos gracias a los Fastos de Ovidio. De hecho, la única diferencia ostensible —creencias aparte— es la fecha del juego de espectros, que ahora se celebra en noviembre por decisión de un Papa del siglo VIII.

Estoy seguro de que León Felipe se sumaría al ejército de calaveras que llena nuestras calles, tan propias de los clásicos; y no solo por la oportunidad de llevar su capa por ahí sin que algún correligionario lo intente detener (una historia para otro momento). Como mucho, lamentaría que el cambio de aquel Papa dejara sin sentido un refrán interesante: Mense maio malae nubunt, “las malas se casan en mayo”, derivado de la superstición de que casarse en el mes original de las Lemuralia era una forma segura de ganarse un divorcio. A fin de cuentas, nuestro grandísimo poeta sabía perfectamente que no todos los cuentos están en la categoría de los que se denuncian en Llamadme publicano y, aunque algunos nos estén buscando la ruina con ellos, ¿quién no merece divertirse un poco? 

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