El indiferente general
No sé si han oído hablar de la Tormenta de San Francisco de Borja, que arrasó La Habana los días 10 y 11 de octubre de 1846. Hasta el nombre tiene tela: para empezar, porque la inocente definición esconde un huracán de categoría 5 en la escala Saffir-Simpson –la máxima posible– y, para continuar, porque la Iglesia católica cambió posteriormente la celebración y la pasó al día 3, sembrando dudas entre los meteorólogos mal informados. En cualquier caso, era el segundo huracán que azotaba la capital de la isla en tres años; casi un imposible, teniendo en cuenta que la media de la época estaba en cinco por siglo, según datos de AMACuba (la Agencia de Medio Ambiente de la República cubana). Pero pasó, y provocó la muerte de 175 personas, además de destruir 786 casas, derribar el 60% de los árboles, interrumpir el servicio de agua durante varios días y arruinar la agricultura de los alrededores por la contaminación de las albercas.
Siempre ha habido sucesos imprevisibles. Sin abandonar la climatología, se me ocurre el huracán de invierno de Venezuela (4 de enero de 1542), del que se tienen bastantes datos por una institución muy particular, que está entre las que más contribuye al estudio del clima en el Atlántico y el Caribe: el Archivo General de Indias (fundado en 1785), cuyos fondos proceden de la antigua Casa de Contratación (1503) y el Archivo de Simancas (1540). Ochenta millones de páginas, un tesoro de documentación del que surgen trabajos como el clásico de José Carlos Millás (Hurricanes of the Caribbean and adjacent regions, 1492-1800), el más reciente de Ricardo García Herrera (New records of Atlantic hurricanes from Spanish documentary sources), el publicado hace unos meses por William Gómez y Michael Chenoweth y el de Marta Domínguez, Valerie Trouet y Grant L. Harley (también en inglés, me temo). Todos ellos son deudores de la información sobre vientos, corrientes y por supuesto huracanes que contiene el impresionante edificio de Juan de Herrera.
Evidentemente, el interés de los investigadores mencionados no se encuentra en los aspectos que nos suelen encantar a los amantes de la Historia de los siglos XVI y XVII. Si se tratara de eso, este artículo versaría sobre un manuscrito imprescindible en materia de barcos: el Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales de Juan Escalante de Mendoza (1529-1596), que no llegó a verse publicado –ni pagado– por el temor del Consejo de Indias a que piratas, corsarios y países enemigos utilizaran su contenido para atacar las flotas. No obstante, la misma minuciosidad que honra al gran escritor y navegante asturiano tiene un valor científico insospechado para la mayoría cuando está en los registros oficiales y, además, lo está durante cientos de años: entonces, ofrece una memoria estadística que puede llegar a ser clave. Donde unos sólo ven tormentas y naufragios, otros contabilizan los buques hundidos por causas climatológicas en un lugar y un periodo determinados y extraen conclusiones sobre la evolución histórica de los huracanes, que por cierto es inquietante.
Dudo que a Felipe II le preocupara el cambio climático que sufrimos en la actualidad cuando ordenó en 1575 que los pilotos y capitanes presentaran sus cuadernos de bitácora en la Casa de Contratación y los entregaran al catedrático de cosmografía. Hasta ese momento, llevar un registro detallado de los viajes estaba lejos de ser obligatorio, y esa decisión contribuyó a mejorar los fondos que acaban desde 1606 en una subsección del Archivo de Indias cuyo nombre es asombrosamente novelesco: la del Indiferente General, que no se llama así por lo que algunos y algunas estarán pensando. Como se afirma en el Portal de Archivos Españoles (PARES), el nombre procede de “las 'cosas generales' que de oficio se despachaban para toda América indistintamente” y del simple factor de que se trataba de documentos de zonas en las que no se tenía en cuenta el criterio territorial, es decir, de zonas iguales en tal sentido, sin diferencia. La Historia es compleja hasta en términos lingüísticos, si es que no lo es especialmente en dichos términos.
Gracias nuestro Indiferente, hoy se tiene más claro que vamos por mal camino. De hecho, sucesos como la tormenta de La Habana se han quedado en anécdotas, porque ya no se trata de que dos huracanes de categoría 5 revienten la estadística mediante el procedimiento de visitar el mismo sitio en tres años, sino de que ahora se pueden presentar en menos de quince días (informe de Dazhi Xi, Ning Ling y Avantika Gori para la Universidad de Princeton). “Imposible, lo que se dice imposible, no hay nada”, reza un viejo dicho popular, olvidando imposibles absolutos como que la banca renuncie motu proprio a la usura o el rentismo no destroce los países que contamina. Sin embargo, esto supera con mucho lo que nuestros antepasados podían imaginar. La Pandora del sistema ha metido la pata de nuevo y, si la población sigue aceptando el modelo económico, la única solución posible será poner velas a –por ejemplo– San Francisco de Borja, patrón de la cetrería.
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