Que me parta un rayo si no veo astillas
Hasta donde sabemos, Adelaide Anne Boodle escribió dos obras. La primera, que le publicó una sociedad dedicada a la promoción de la cultura cristiana (la SPCK), se llamaba The Children’s Guest (El invitado de los niños, de 1888) y, en principio, por las escasas informaciones que se tienen al respecto, era un relato victoriano en el peor de los sentidos. Pero tanto si es cierto como si no, cuesta creer que la autora se quedara tan corta. A fin de cuentas, había sido pupila y amiga de un autor excepcional, lo cual nos lleva al segundo texto, un pequeño cofre repleto de detalles curiosos que debería haber ganado un premio al título más evocador y al subtítulo más doblemente revelador, como se verá luego: R.L.S y su Sine Qua Non. Destellos de Skerryvoreescritos por la guardesa (1926).
Seguro que algunos o algunas de ustedes lo habrán reconocido al instante, aun siendo otro de esos libros que no se pueden encontrar en castellano. En efecto, R.L.S. es la sigla de Robert Louis Stevenson y, en cuanto al Sine qua non, cuya mayúscula ya traiciona el secreto, es el romántico y sin duda justo apelativo que él dedicaba en la intimidad a su esposa, Frances Matilda Van de Grift, Fanny. Boodle los había conocido al año siguiente de que La isla del tesoro diera fama y algún dinero a Stevenson –aunque ella sólo había leído El tesoro de Franchard– y, como les cayó en gracia, el escocés siempre enfermo se prestó a enseñarle a escribir decentemente, con el beneplácito y la complicidad de la siempre atrevida Fanny. Y como estaba empeñado en que practicara Cla escritura mientras sus enseñanzas seguían frescas“, le propuso un juego: ”que le enviara cartas semanales“, cartas que darían supuestas vueltas por el mundo hasta ”encontrar descanso“ en los bolsillos del profesor.
Como explica la propia Boodle, las cartas se convirtieron en una serie de crónicas, los ‘Informes de los terrenos de Skerryvore’, lo cual transformó “en guarda” de una inexistente hacienda a la remitente y en “ausente hacendado” a su destinatario. Con el transcurso del tiempo, “los terrenos ampliaron sus límites” y, al final, acabaron incluyendo “los hogares de todas las gentes especiales” del condado de Dorset, de las que él había asumido “algún tipo de responsabilidad” (tal vez, por ser el sitio donde estaba a punto de escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde). Aquella jovencita de veintipocos años había pasado a ser mucho más de lo que había imaginado cuando se presentó por primera vez en la casa de su adorada pareja, y todavía añadiría otra profesión al currículum: “la más elevada de limosnera ocasional de sus necesitados amigos”. Sin embargo, eso no significaba que Stevenson tolerara los defectos estilísticos de su alumna.
En cierta ocasión, se puso tan vehemente con ella que “la Sine qua non acudió al rescate como una leona agazapada que hubiera perdido a sus cachorros”. Fanny lo llamó “bruto” y le pidió que no fuera tan crítico, porque la crítica la mataría. “No, no me matará –bramó Boodle–. Quiero que diga exactamente lo que piensa. No me importa ni un poco. Aprenderé a escribir. Lo haré o moriré”. Y un momento después, tras haber halagado su determinación y haberse disculpado por haber sido cruel sin pretenderlo, Stevenson insistió en que su texto era terrible y le dio una de sus mejores lecciones: la relacionada con el exceso de adjetivos y, sobre todo, con la vacuidad y las perogrulladas en la narración, esas cosas que definen los discursos de los políticos corrientes del siglo XXI, generalmente escritos por otras personas. Debía entender que los textos tienen que tener verdad, y que si quería hablar de algo como un jardín, necesitaba que el lector supiera “en qué se diferenciaba ese jardín de otros miles” de jardines.
Decía al principio que Destellos de Skerryvore escritos por la guardesa es un subtítulo doblemente revelador. Por un lado, sitúa la acción en el faro de Skerryvore –diseñado por uno de los abuelos de Stevenson–, enfatiza que el libro es un conjunto de ráfagas de luz e incluye el personaje que Boodle interpretó; por otro, demuestra que las lecciones del grandísimo escritor no cayeron en saco roto, con independencia de que la vida la empujara a convertirse en misionera. “Creo que tu corazón siempre estuvo ahí”, le escribió él en 1894 desde Vailima (Samoa) y, a continuación, le intentó advertir sobre los sinsabores de intentar cambiar las cosas. “¿Conoces la historia del vagabundo al que ofrecieron comida y un día de sueldo si cortaba un tronco caído con el dorso de un hacha?”, le preguntó. El hombre tardó poco en empezar a gritar: “¡Que me parta un rayo si sigo cortando sin ver las astillas!”. Porque, en ciertos trabajos, “nunca las verás volar”. Y la literatura no puede cambiar eso.
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