Trump, atrapado en Ormuz
El lunes pasado se cumplieron los 60 días establecidos en el Memorando de Entendimiento de Islamabad (MOU), firmado por EEUU e Irán el 17 de Junio, para negociar los términos de un acuerdo que pusiera fin a la guerra que Trump y Netanyahu lanzaron sin previo aviso sobre el país persa, interrumpiendo el proceso de negociación entonces en curso sobre su programa nuclear, que avanzaba bien. Aunque el documento preveía una posible prórroga, ninguno de ambos firmantes la ha solicitado, ya que en realidad la negociación ni siquiera comenzó porque los términos del Memorando, que eran la base sobre la que se sustentaba todo el proceso de paz, nunca se han cumplido.
La tregua apenas duró 24 horas, porque al día siguiente de la firma Israel, que ha hecho y hace todo lo que puede para dinamitar cualquier acuerdo con Irán, atacó de nuevo Líbano incumpliendo el punto 1 del acuerdo: “Los Estados Unidos de América, la República Islámica de Irán, y sus aliados en esta guerra, al firmar este MOU declaran la inmediata y permanente finalización de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano”. Teherán suspendió las negociaciones que debían comenzar al día siguiente e interrumpió la aplicación del acuerdo. El 25 de junio drones iraníes atacaron un buque de Singapur, y al día siguiente EEUU reanudó los bombardeos sobre Irán, que fueron respondido con misiles y drones iraníes sobre posiciones estadounidenses.
A partir de ahí, el conflicto se ha centrado en el estrecho de Ormuz, cuya apertura era el principal objetivo del MOU, al menos para EEUU. Como suele suceder en estos casos, el acuerdo inicial se alcanzó pactando un texto lo suficientemente ambiguo como para que fuera aceptable para ambas partes, pero esta estrategia conduce frecuentemente a que luego cada uno esgrima la interpretación que más le conviene. El punto 5 del acuerdo dice: “La República Islámica de Irán hará todo lo posible para garantizar el paso seguro y gratuito de buques comerciales durante 60 días desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de Omán y viceversa.” Washington asume que eso significa que el estrecho está abierto y que los buques pueden cruzarlo por el lado omaní, fuera del control de Irán. Teherán interpreta que mantiene el control del paso durante los 60 días de la negociación y por tanto todos los buques que no crucen por las rutas que ha establecido y con su autorización lo hacen incumpliendo el acuerdo y pueden ser atacados.
El 7 de julio la tregua terminó definitivamente. Irán atacó tres barcos que cruzaban el estrecho por el lado de Omán y EEUU bombardeó 80 objetivos en territorio iraní, retiró el levantamiento del embargo a su petróleo – que había concedido en aplicación del punto 10 del acuerdo - y reimpuso el bloqueo naval a la salida del estrecho de Ormuz. Desde entonces se reanudaron los ataques mutuos, salvo una pausa el 2 de agosto para retomar las negociaciones, que fracasó rápidamente ante posiciones muy incompatibles. Así, el lunes, al cumplirse el plazo marcado por el MOU para la negociación, la situación era la misma que antes de su firma, o tal vez peor, puesto que su fracaso hace más difícil que cada parte vuelva a confiar en la otra para reanudarlo, y de hecho no parece que en estos momentos haya la menor voluntad de hacerlo por ninguno de los dos actores principales, para alegría del beneficiario principal de la guerra, que es Israel.
Trump dijo el martes que no están previstas nuevas negociaciones con Irán, pero que no hay ningún problema porque que tiene el control del estrecho, que está abierto y libre para la navegación. La desvergüenza de este individuo no tiene límites. Ese día pasaron seis barcos, casi la mitad de los 11 que era la media de los días precedentes, frente a casi 150 que pasaban antes de que empezara la guerra. Uno de los que trataban de pasar recibió el impacto de un misil iraní, que causó una víctima. EEUU tiene el control de la salida de Ormuz hacia el golfo de Omán, y desde ahí puede efectivamente bloquear los barcos que procedan de puertos iraníes, siempre que sean pocos, porque una cantidad alta podría saturar la capacidad de bloqueo naval ejecutado en un área amplia, ya que, como decimos, no se sitúa en el estrecho sino en mar abierto. Irán tiene el control real de Ormuz, y mientras lo tenga muy pocos barcos cruzarán, porque los que pasen con su autorización podrían ser detenidos después por la fuerza naval estadounidense, y los que intenten pasar sin ella pueden ser atacados como ha venido pasando. No obstante, parece que algunos están pasando subrepticiamente, con el transpondedor apagado.
El doble bloqueo de Ormuz tiene consecuencias económicas globales catastróficas cuya peor cara solo la veremos si la situación se prolonga algunos meses más. En lo que respecta al petróleo, aunque se están utilizando al máximo las alternativas existentes – sobre todo el oleoducto saudí hacia Yanbú en el mar Rojo y el de emiratos hacia Fujaira en el Índico – y el estrecho solo está parcialmente cerrado, se estima que los más de 18 millones de barriles diarios que salían de la zona antes de empezar la guerra se han reducido aproximadamente a nueve – de media porque las condiciones han sido muy variables -, lo que supone un déficit de al menos un 10% del consumo mundial. La caída de las exportaciones del Golfo afecta principalmente a países asiáticos, con China a la cabeza, pero como esos países tienen que comprar lo que necesitan en otros países, al final esa sobredemanda tensiona los precios para todos. Por supuesto, el precio del petróleo afecta al transporte en todas sus modalidades y por ende al precio de cualquier producto transportado, incrementando la inflación, lo que repercute a su vez en los tipos de interés y en definitiva nos empobrece a todos, en especial a los que ya son pobres.
En lo que respecta al gas natural la situación es aún peor, porque no hay gasoductos alternativos, todo tiene que salir licuado en metaneros, por el estrecho. En el Golfo – principalmente en Qatar – se produce un 20% del GNL, que representa un 5% de todo el gas que se consume en el mundo. Pero la cosa no acaba aquí. En la zona se producen también importantes cantidades de minerales esenciales - aluminio, azufre – y derivados del petróleo tanto plásticos – polietileno, polipropileno, resinas técnicas - como químicos – metanol, benceno, tolueno -, con el problema añadido de que para estos productos no suele haber reservas estratégicas como sí las hay para el petróleo. El déficit de producción afectará a las industrias de envasado, componentes electrónicos, electrodomésticos, piezas de automoción, pinturas y barnices, resinas de construcción, fibras sintéticas, detergentes, refrigerantes, etc. Finalmente, los fertilizantes nitrogenados de los que un 30% de la producción mundial procede de la región y cuya falta o carestía afectará gravemente en unos meses a la producción agrícola mundial, amenazando con hambrunas en los países menos desarrollados que podrían producir millones de víctimas
Hay que insistir en que antes del ataque del 28 de febrero estos problemas no existían, el estrecho de Ormuz estaba abierto y el comercio fluía normalmente. La injustificada agresión de EEUU e Israel ha creado más inseguridad e inestabilidad en una región explosiva y de una enorme importancia estratégica, y no ha solucionado ningún problema, por el contrario, ha creado otros nuevos. Con el Plan de acción Integral Conjunto suscrito en 2015 por EEUU, Rusia, Alemania, Francia, Reino Unido y la Unión Europea con Irán, el programa nuclear iraní estaba limitado, monitorizado y supervisado, el régimen de los ayatolás bajo control con el levantamiento progresivo de las sanciones, y el estrecho de Ormuz era libre. En 2018, Trump. en su primer mandato, lo dinamitó, retirándose unilateralmente y reimponiendo fuertes sanciones, por presiones de su amigo Netanyahu - que lo último que quiere es que el único régimen hostil que le queda en la región se consolide – y también porque su promotor fue Barack Obama, a quien odia y envidia a partes iguales. Si consiguiera ahora algo mínimamente parecido daría gracias al cielo y lo vendería como un éxito jamás visto en la historia.
Pero ahora va a ser mucho más difícil, no se ve ninguna salida viable a la situación en las circunstancias actuales. Irán ha comprobado que el cierre del estrecho de Ormuz es, como se preveía, un arma muy poderosa por su efecto sobre la economía global y no va a soltar la presa, no va a dejar de controlarlo de una u otra forma, porque conservar la posibilidad de cerrarlo cuando le interese es la garantía de su supervivencia. Las conversaciones que mantienen las autoridades iraníes con las de Omán, que controla la otra costa del estrecho, no tienen solo un propósito económico sino también político porque significaría monitorizar todos a los barcos que lo crucen y por tanto mantener el control. No se trataría en todo caso de cobrar un peaje – aunque Irán se comprometió a no cobrarlo solo durante los 60 días de la tregua –, algo que está prohibido por la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (un documento que EEUU nunca ha firmado e Irán no ha ratificado), sino de cobrar por servicios de prácticos, seguridad, salvamento o control marítimo. Este acuerdo estaba previsto en el punto 5 del MOU del 17 de junio: “ La República Islámica de Irán negociará con el Sultanato de Omán para definir la futura administración y los servicios marítimos en el estrecho de Ormuz”… Parece que Trump tiene poca memoria de lo que firma y ahora amenaza con bombardear Omán si llega a algún acuerdo con Teherán, aunque para eso tendría que retirar primero los equipos y los centenares de efectivos que tiene en el sultanato para mantener las instalaciones que usan en él sus buques de guerra, por un acuerdo bilateral.
A Irán le cuesta muy poco mantener cerrado Ormuz, lo puede hacer desde su territorio, no necesita buques de guerra y con las lanchas rápidas que posee podría minarlo enteramente si quisiera. Pero ni siquiera hace falta, basta con la amenaza para que las compañías de seguros se nieguen a cubrir los fletes allí. Por el contrario, para EEUU un despliegue naval como el que mantiene para el bloqueo es muy costoso en términos económicos y humanos, y antes o después tendrá que retirarlo, ya hay voces militares y políticas que alertan sobre la degradación de las condiciones de vida de las tripulaciones, con efectos en la salud física y mental de muchos militares.
Trump se ha quedado prácticamente sin opciones en esta guerra que comenzó – de acuerdo con su carácter - con insensatez y prepotencia, convencido por su amigo Netanyahu de que iba a alcanzar una victoria aplastante en cuatro o cinco semanas solo porque en ese momento era posible asesinar al líder supremo de la República Islámica, y confiando en una improbable revolución interna que nunca se produjo. Casi seis meses después, tras haber anunciado al menos 14 veces que la guerra había terminado o estaba a punto de terminar - por supuesto con una grandiosa victoria de EEUU -, se encuentra atrapado en un callejón sin salida, sin ninguna posibilidad de retirarse con un mínimo de dignidad, puesto que un acuerdo peor que el 2015 - en el que Teherán no controlaba Ormuz - sería desastroso, y sin disponer de planes militares que puedan someter la voluntad de los dirigentes iraníes. Ha comprobado durante meses que los bombardeos no lograban ese objetivo, y ahora se está quedando sin stock de misiles y bombas inteligentes, que necesita en otros escenarios como el de Asia -Pacífico, y ha tenido que interrumpir los ataques. La única forma real de acabar con el régimen iraní es invadir el país y eso está excluido porque harían falta medio millón de soldados, un despliegue enorme que duraría meses, un gasto descomunal, y una autorización que el Congreso no va a aprobar a tres meses de las elecciones de medio mandato y mucho menos si en ellas Trump pierde la mayoría en una o ambas cámaras, lo que es probable.
Así que ha optado por la guerra económica. Un aislamiento de Irán “como jamás se ha visto” (como todo lo que él hace, en eso tiene razón, jamás se ha visto), incluyendo terribles amenazas a cualquiera que no lo secunde, hasta que el régimen iraní pida perdón de rodillas, acuciado por el hambre, como las fortalezas medievales asediadas. Ciertamente, ya ha tenido en esto algún apoyo. Emiratos ha anunciado el corte de todas sus relaciones comerciales y económicas con la República Islámica y eso es una muy mala noticia para Teherán. Pero no será fácil que los ayatolás cedan a la presión económica, y sobre todo no será rápido. Irán es muy resiliente, está acostumbrado a pasar por etapas duras, y además un bloqueo naval o económico no impide utilizar rutas terrestres ni sistemas financieros alternativos, sobre todo si se tiene el apoyo – aunque sea indirecto - de China. Por supuesto, una población ya muy golpeada por décadas de sanciones puede sufrir duramente el bloqueo y no se puede descartar que una parte se vuelva contra sus dirigentes, pero la mayoría está contra quienes les atacan – incluso muchos de los que no comulgan con el régimen teocrático – y en última instancia la Guardia Revolucionaria Islámica tiene instrumentos de represión muy contundentes, como los que utilizó en enero para reprimir las manifestaciones ciudadanas.
Lo más probable es que Trump tenga que desistir y ceder antes de que Irán colapse, utilizando cualquier fútil excusa – como por ejemplo que los países de la zona se lo han pedido – para justificarlo. Es bastante fácil, solo tiene que atenerse a lo que firmó el 17 de junio y cumplirlo estrictamente, es lo único que Teherán exige para abrir Ormuz definitivamente y empezar a negociar el tema nuclear. Es probable que si no lo ha hecho ya es porque piensa que para los estadounidenses – y sobre todo para sus seguidores - asumir una derrota tan evidente como la que afronta es aún peor en términos políticos que las consecuencias de la guerra en su economía. Pero si el Partido Republicano pierde las elecciones de noviembre, su estrella empezará a declinar irremisiblemente. Ha preferido la guerra a la humillación, al contrario que Chamberlain, pero como él, al final, tendrá ambas cosas. Su fracaso en Irán parece ya inevitable, aunque él jamás lo aceptará así, igual que no acepta ninguna realidad que no le convenga o le desmienta. La fanfarronería fantasiosa de Trump ha llegado a decretar que el estrecho de Ormuz es territorio de EEUU, aunque nadie sabe qué significa eso, ni como ejercerá su soberanía.
La situación actual puede prolongarse durante meses, o puede cambiar radicalmente de repente si Trump decide que le conviene ya acabar con esta pesadilla. No obstante, aunque la guerra termine con la derrota del agresor, el daño ya está hecho, los miles de muertos de esta estúpida guerra - incluidos los 120 niños y niñas masacrados en la escuela infantil de Minab – sacrificados sin razón ni motivo, nunca volverán. Y la percepción de impunidad absoluta, de que el que puede hacer hace, sin que sufra ninguna consecuencia, deja la amarga sensación de que cualquier agresión, cualquier crimen es posible. Esta guerra, el bombardeo a otros seis países, la intervención en Venezuela, la luz verde a Israel para el genocidio de Gaza, los crímenes de los colonos en Cisjordania y la destrucción del Líbano, la presión política y económica a otros países latinoamericanos y europeos, todo es la consecuencia de tener al frente de la primera potencia mundial a un individuo megalomaníaco, incompetente, autoritario, narcisista, inmoral, que hace gala de su desprecio hacia todo aquel y todo aquello que no sirva a sus intereses personales o a su ego, y también de tener al frente de otros muchos países – entre ellos la mayoría de los europeos – a dirigentes que aceptan pasivamente su arrogancia criminal y prefieren mirar hacia otro lado, para no ponerse en riesgo y preservar su parcelita de poder, aunque sea subordinándose a intereses ajenos.
El matón de colegio prospera porque todos ignoran a la víctima, prefieren no meterse en líos por algo que no les incumbe directamente, aun sabiendo que si todos se pusieran frente a él, su agresión terminaría. Si dejamos crecer e imponerse un modelo de relaciones internacionales injusto basado únicamente en la ley de la fuerza, sin reglas, sin límites racionales o éticos, antes o después también nosotros sufriremos las consecuencias. Nunca deberíamos olvidar el profético poema de Martin Niemöller: “Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista” …
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