Oriol Pla se lo come todo con 'Gula', su gran consagración como actor
El payaso siempre fue, en cierto modo, antisistema. Desde el bufón de corte al Arlequín de la Comedia del Arte, desde William Klempt (payaso de la compañía de Shakepeare) hasta Leo Bassi, el payaso fue siempre anti academicista y provocador por naturaleza. Incluso en el humor más blanco el clown siempre busca la subversión en las neuronas del espectador. Y de eso va Gula, el nuevo espectáculo de Oriol Pla que acaba de estrenarse en el Centro Dramático Nacional. Por un lado, la crítica acerada a la sensibilidad moderna, desmesuradamente consumista. Pero por otro, quizá lo más potente del trabajo, la subversión dionisiaca de un ser humano ante un mundo que nos quiere comedidos, profesionales y ordenados.
Oriol Pla en Gula es un Rabelais, un Gargantúa que se mofa de la Academia, un Isidoro Valcárcel Medina que apunta al corazón del profesionalismo. Por eso al principio de la función pide perdón a la RESAD, a los estudiantes “que han estado cuatro años en la escuela y ahora no están en el dramático, y yo sí”, dice con toda la chufla en escena. Porque este payaso, que no es un gran acróbata, ni gran bailarín, ni canta de la hostia, en Gula se lo permite todo y le sale que ni pintado.
Al comienzo de la pieza Pla es un payaso augusto, pero un tanto extraterrestre. El payaso augusto es aquel que tiene la nariz roja y es torpe. Pero el de Oriol es una mezcla de los primeros augustos que trabajaban con ropas elegantes, como Tom Belling, y de Gollum, la criatura de la Tierra Media. Tiene algo de bicho. En vez de la nariz roja lleva la frente roja. Hay un descoloque que ya anuncia al espectador que la propuesta viene dislocada.
Ese ser enigmático lo da todo por su público, tiene unas ganas desmedidas de presencia, incluso hará cosas que no sabe hacer para agradar a un público al que ausculta, al que no deja de observar, cualquier reacción de cualquier espectador causa una respuesta en él, el público ríe y ese ser un tanto contrahecho responde con una risa similar. Comienza ahí la obra a abrir un paralelismo con la sociedad del espectáculo, con esta sociedad posindustrial donde los productos culturales se hacen pensando en su aceptación mayoritaria e incluso se testan antes de sacarlos al mercado.
Pero la crítica no solo abarcará el mercado cultural, sino también al individuo actual que desea porque consume. Hasta esta infernal inversión hemos llegado. Algo que en escena se corporeizará en una máquina expendedora de comida basura de la que Pla intentará sacar un donut. El donut se quedará atascado e intentando sacarlo acabará comiéndose el resto de productos de manera insaciable. La metáfora de la sociedad de consumo es de gran nitidez: acabamos zampándonos aquello que ni queríamos ni deseábamos.
Pero lo más interesante de la obra radica en cómo, a través de una fina dramaturgia, lo que pudiera quedarse en otra crítica más al absurdo de la época actual va tiñéndose de una ambigüedad polisémica. El espectáculo Pla lo trabajó durante dos años junto a Pau Matas, con el que ya colaboró en Travy. Se nota ese fuego lento. Toda la obra está llena de pequeños detalles que hacen que la pieza se llene de significados complementarios unas veces, contradictorios otras, pero que van haciendo que el espectador vaya surfeando emociones y teniendo él mismo que reconstruir significados.
En esta ocasión, Matas está también en escena acompañando a Pla como un guitarrista medio gitano medio country. Lo acompaña hierático, siendo el contrapunto perfecto de ese ser desmedido, que brinca, canta, baila, come, deglute y desea sin parar. Todo el espectáculo -las luces de Ana Rovira, el vestuario de Silvia Delagneau o el cuidado sonido de Damien Bazin-, van arropando al actor y creando un espectáculo de meticulosa factura. Algo que se agradece.
La ambigüedad que ilumina este Gula estriba en que es de esa misma incontinencia consumista, que es síntoma de la enfermedad de esta sociedad idiota, de donde nace la fuerza del personaje y la del propio actor. Al mismo tiempo que ese ser representa los males contemporáneos también encarna la fuerza de Dioniso, de ese extranjero, afeminado y disoluto de la mitología griega que escondía a un dios del Olimpo. La fuerza del ritual, de la locura, frente a la formalidad del mundo apolíneo. Una de las tareas de la modernidad, catolicismo mediante, ha sido extirpar esa “fiebre dionisiaca” del individuo.
No hay que olvidar que la gula es uno de los siete pecados capitales. Siempre se ha tenido como uno de los más soft, pero no se engañen, la doctrina católica es férrea. La gula es como los porros en las drogas, si eres incapaz de tener templanza con la comida comienza el camino del desastre. La gula es, en resumen, un pecado mortal que requiere arrepentimiento, confesión y conversión. Quizá de esa prohibición surgen tantas obras que relacionan la gula con lo erótico, ¿se acuerdan de La gran comilona (La Gran Bouffe), esa película de Marco Ferreri donde se realiza un suicidio gastronómico colectivo? Pero Matas y Pla no van por ahí.
En Gula esa hambre desmedida es también una fuerza liberadora de donde surgirá un monstruo poderoso. Ese clown glotón y amable del principio de la obra se transformará después de la bacanal en un payaso de cara blanca. Pero uno distópico, contrario a la figura tradicional de ese pierrot lógico, sensato y correcto. El cara blanca de Pla, por el contrario, es un bufón de terror, una especie de IT pero con la mala leche de Pepe Rubianes. Es el producto de un capitalismo de pesadilla al mismo tiempo que la voz libre y transgresora de ese Rubianes anticapitalista y provocador.
Ese payaso de “dos caras en una” es el símbolo de Gula, de él surgirá el final de la obra que además es uno de los aciertos dramatúrgicos de la pieza. Pero para eso hay que ir a verla. Y está difícil. Ya quedan pocas entradas, y eso que la obra está en cartel hasta el 15 de febrero. Algo tiene que ver el salto al gran público que ha dado este actor tras su Premio Emmy por Yo adicto.
Pero sobre todo, es que Oriol Pla es un animal de escena y el público lo sabe. Lo era cuando actuaba con Baro d’Evel. Otros recordaran el unipersonal que hizo hace ya diez años en la Nau Ivanow en Barcelona y en el Teatro del Barrio en Madrid, Ragazzo, otra burrada en la que se metía en el papel de Carlo Giuliani, el activista asesinado en Génova en 2001. Y el boca-oreja cogió la velocidad de la luz en el último trabajo que presentó en Madrid, Travy, que en abril vuelve al Teatro de la Abadía y las entradas están ya acabándose. Qué buena es Travy.
Pla es un intérprete sucio, es bufón pero también performer, actor de texto pero bregado en el teatro físico, incluso la danza. Su camino de excelencia ha sido el no desdeñar, fruto del hambre de saber, de probar cualquier cosa que pudiera servir para estar en escena. Es un glotón como su personaje. Y Gula es un canto a ese deseo infinito de saber y de probar. Por eso al final, cuando pregunta “¿queréis más?”, el público totalmente enganchado le dice que sí. Su bendita glotonería es contagiosa, sobre todo en un público que sabe que anda enganchado a hipotecas, vidas laborales de más de treinta años y una sistemática e inane organización del deseo.
El circo siempre es amable en apariencia, su estrategia no es la de la confrontación. Su estrategia es la contraria. Uno se siente querido y arropado por la ternura de ciertos momentos, por la belleza poética de pequeños aciertos escénicos, pero no se engañen: la libertad y fuerza de Pla en escena es una denuncia, una denuncia a la mediocridad de nuestras vidas y una defensa de que eso, la vida, puede ser otra cosa si uno tiene los arrestos de soltar, de atreverse, de dar rienda suelta a lo que lleva dentro.
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