Josep María Pou es Roald Dahl en ‘Gigante’: ¿qué pasa cuando tu escritor favorito de la infancia es antisemita?
Puede ser una de las últimas veces que uno pueda ver a uno de los grandes actores de este país sobre un escenario. Josep María Pou tiene ya 82 años y aunque no anuncia retirada, puede que no ande lejos. Es una gozada verle en escena. Este actor está lleno de sabiduría en el gesto, en el tiempo de la frase, en cómo asentar cada palabra en el cuerpo. Y además, en esta ocasión lo hace con el teatro que él siempre defendió, un teatro de ideas, inteligente y que busca el cuestionamiento y la reflexión del respetable.
Gigante es un combate dialéctico donde muchas de las cuestiones morales de nuestro tiempo, como la cancelación, la libertad de opinión o el dilema de si artista y arte tienen que ir de la mano, se ponen en juego. Pero también es un retrato psicológico de una de las figuras más complejas de la literatura del siglo XX: el gran Roald Dahl.
La obra retoma el escándalo que supuso un artículo publicado por Dalh en la Literary Review en 1983. Una reseña sobre un libro de fotografías sobre el bombardeo israelí sobre Beirut publicado un año antes: Dios lloró, del periodista australiano Tony Clifton y la fotoperiodista francesa Catherine Leroy. El artículo, No es un asunto caballeroso, es duro, escrito desde una izquierda militante que exige a los judíos levantarse contra la actuación del Estado israelí en la llamada Primera Guerra del Líbano.
Pero el artículo también está lleno de dejes racistas e injustificados. Frases como “nunca una raza generó tanta piedad en todo el mundo para tan rápido, en el espacio de la vida de un ser humano, conseguir que esa simpatía se convirtiese en odio y repulsión”, hacen temer a sus editores que las bibliotecas y las asociaciones de libreros pudieran vetar sus libros.
Gigante transcurre en la casa en obras del propio Dahl. El escritor se ha separado de su mujer, la actriz Patricia Neal, y está comenzando vida con quien sería su segunda mujer Felicity Crosland (Victòria Pagès). Llegarán para convencerle de que se retracte de sus palabras su editor inglés Tom Maschler (Pep Planas) y una jefa de ventas de su editorial americana, Jessie Stone (Clàudia Benito).
En Inglaterra, esta obra escrita por Mark Rosenblatt, se estrenó en el Royal Court en septiembre de 2024, justo un mes antes de la masacre del 7 de octubre que dio comienzo al genocidio israelí en Gaza. La protagonizó uno de los actores más solventes y maravillosos del celuloide anglosajón, John Lithgow. El éxito fue tal que subió al West End, al teatro Harold Pinter, y acabó ganando tres premios Oliver, el de mejor actor entre ellos.
La obra lo tenía todo, muy buena carpintería teatral, un conflicto, el árabe israelí, que estaba todos los días a 5 columnas en todos los periódicos, una figura tan británica como Roald Dahl; y un tema, el de la cancelación de un gigante, que en Londres era imposible no relacionar con la controversia de la autora de Harry Potter, J.K. Rowling, por sus opiniones sobre las mujeres trans. Con buen olfato, Josep María Pou se hizo con los derechos.
A cara de perro
Gigante está divida en dos actos con intermedio. La acción transcurre en tiempo real. El primer acto comienza como una obra costumbrista de mesa y camilla en el que vemos al escritor, inteligente y maniático, trajinar en su vida diaria. Incluso uno diría que la cosa no avanza. Pero de pronto, con la llegada de la editora americana, la obra se convierte en un verdadero juego dialéctico de alta tensión que acaba en puro combate a cara de perro. Pocas veces he visto un final del primer acto tan efectivo y abrumador.
En el segundo acto se ahondará en ese combate de ideas y, al mismo tiempo, irán surgiendo aristas que irán haciendo bailar la opinión que tiene el público sobre cada personaje y sobre los argumentos que cada uno de ellos esgrimen. Pero quizá lo más interesante, más allá de la esgrima intelectual sobre el conflicto árabe israelí, radica en la complejidad con que la obra va dibujando al propio Roald Dahl.
Ahí vemos a un hombre debatirse entre su razón y sus prejuicios, le veremos defender su independencia intelectual sabiendo que tendrá que pagar por ella un precio; y seremos testigos de cómo con los años, con la vejez, los prejuicios, eso que llevamos grabados en el subcórtex cerebral, ganarán la partida al razonamiento. Ese dibujo complejo de una de las personalidades más cautivadoras de la cultura inglesa del siglo XX es ciertamente apasionante. Y ahí, Pou, juguetón y sabio, da toda una lección.
La escenografía, con esa casa en fabricación, como si fuera una metáfora de la propia cabeza del escritor, ayuda a esta lectura, la apoya y la acompaña. La verdad, que el montaje, de la productora Focus, reúne a todo un plantel del teatro catalán más veterano y solvente. El elenco responde, incluso la joven Clàudia Benito se sube a la chepa de Pou en algunos momentos. Y la dirección, del veterano Josep María Mestres, da ritmo. Todos, en general, hacen un trabajo de una factura, aunque un tanto viejuna, de calidad.
Pero volviendo a la pregunta del titular: ¿qué pasa cuando tu escritor favorito de infancia es un antisemita de libro? Porque la obra acaba, otra vez basada en declaraciones verdaderas del propio Dahl, dejando claro que el autor inglés sufría de un antisemitismo recalcitrante. Una de las respuestas podría ser: nada. También habrá quien no vuelva a leer Charlie la fábrica de chocolate de igual modo. Incluso quien decida no dar a sus hijos a leer Las brujas, o esa maravilla llamada James y el melocotón gigante. Aquí las opiniones irán por barrios.
Pero lo que también la obra deja claro es que cuando un gigante de la cultura puede caer, las instituciones que lo arropan y viven de él intentan salvaguardar su buen nombre, aunque haya que deformarlo. Algo que últimamente al pobre Roald Dahl no deja de pasarle.
No hay más que ver lo que hizo la hija de Dahl, que dirige su fundación, con las últimas ediciones publicadas de este coloso de la literatura infantil. Este periódico contó muy bien cómo cercenaron su antología de cuentos completos para adultos de manera inexplicable. Sus cuentos infantiles también han tenido que pasar por el filtro de la corrección política donde tantas veces se confunde la inclusión con lo pacato. También lo contaba muy bien Raquel Marcos Oliva en este artículo. De lo que se trata es de seguir vendiendo libros. No lo duden.
Un apunte sobre el tema israelí. En aquella Primera Guerra del Líbano murieron más de 20.000 libaneses, el 84% fueron civiles y se llevaron horrorosas limpiezas étnicas en los campos de refugiados palestinos con más de 3.500 muertos. El problema es que Roald Dahl extendió a todos los judíos los males del gobierno israelí, llegando incluso a justificar a Hitler. Dahl era un referente de la izquierda en su país y la obra levanta la alfombra para mostrar que el racismo y la intolerancia no tiene bando político.
La obra tiene la virtud de incomodar el status de la izquierda que, como sabemos, es proclive a creer detentar ciertos pruritos éticos. Aun así, aquí, en España, en la patria que se erigió sobre el honor de una expulsión y cientos de años de Inquisición gloriosa, la obra provoca ciertos ecos chirriantes. La derecha y los ultras españoles, en el conflicto aún irresuelto en Gaza, han tildado de racistas las críticas al actual gobierno de Sharon. No es difícil de imaginar a algún espectador saliendo de esta obra contento porque ha podido confirmar sus tesis hiladas por los discursos de Ayuso o del propio Feijóo.
Es curioso que la derecha española que desayunó todos los días de su infancia con aquel contubernio judeo-masónico del ultra catolicismo franquista hoy sean los grandes humanistas que han venido a salvar el nombre del gran pueblo de Judea. “Los adultos son criaturas llenas de caprichos y secretos”, que decía Roald Dahl en Matilda.
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