La performer Diana Pornoterrorismo vuelve a Barcelona después de más de diez años de ausencia
Hace más de diez años que Diana J. Torres no pisaba un escenario en Barcelona. Diez años de su última performance pornoterrorista. Ahora vuelve al Antic, último refugio de la escena disidente de Barcelona. Dice la artista que está en otra etapa, menos formal, menos burra. Pero una cosa es el modo y otra el fondo. La performer que sacudió la Ciudad Condal a comienzos del XXI vuelve a tocar llaga con su nueva pieza, Travesía y conjuro. En este caso, la violencia entre mujeres en el feminismo.
Diana, junto a la artista argentina Rosario Veneno, estrena un trabajo sobre un tema que creen está demasiado escondido, “como tantos otros en el lesbianismo, citando a Bárbara Ramajo, la violencia entre mujeres es una cosa espectral, una violencia fantasma”, explica la también escritora de libros como Pornoterrorismo, Coño potens o Vomitorium.
“La violencia entre mujeres sigue siendo bastante tabú: si eres feminista no se dice si tu novia te ha pegado. Esto pasa por diversos motivos, pero principalmente por miedo y vergüenza”, explica Diana. “Por un lado, nos da miedo que los fachas y machistas lo utilicen y lo instrumentalicen”, dice Diana.
“Pero el problema también existe puertas para dentro. Hay gente que cree que por ser feministas no vamos a ser violentas. Es evidente que no es así y creemos que hay que nombrarlo para comenzar a solucionarlo”, apunta a su vez Rosario Veneno.
Al preguntarles si la naturaleza de esa violencia es distinta a la ejercida por lo hombres, Diana lo tiene claro: “Es una violencia que imita patrones del patriarcado, paso por paso”, explica, para luego señalar que el problema viene tras la violencia: “Ahí estamos jodidas de nuevo, no hay líneas de atención o protocolo, cuando llegas a una comisaría no le dan importancia, si no hay pene no hay violación”.
Diana, además, afirma que el problema no es solo legal, “si una mujer mata a otra no se estipula como feminicidio”, explica, sino también social: “Si oyes a dos vecinas pelear, poca gente avisa a la policía y los medios de comunicación no se hacen eco de ello, no importa, no se quiere ver”, razona.
Las performances de Diana son recordadas por su potencia, pero también por su capacidad de incomodar. Fisting y orgasmos en directo, laceraciones y estética BDSM caracterizaban sus performances. En una de ellas decía a un espectador que le metiese la mano en la vagina, que había premio. El espectador al hacerlo sacaba un condón, Diana lo rompía con la boca y extraía un poema que leía mientras la penetran. La socióloga Helen Torres narró esta performance en el prefacio del libro Pornoterrorismo: “Con la última estrofa llega el orgasmo que provocará una corrida estilo géiser que salpicará las primeras filas de un público estupefacto”, describe con cierta algarabía la socióloga.
Diana Torres luchó de manera frontal contra el constreñimiento corporal, sexual y moral al que la sociedad la sometía. Y lo hizo como si fuera una accionista vienesa, pero con idénticos niveles de gozo y rabia. Hoy esa manera de hacer, dice, ha evolucionado: “Esta vez va a ser más sutil. Hay una parte de desnudos, de sexo en vivo, nos ponemos a follar un ratito, pero el trabajo ha evolucionado. Antes priorizaba más el escándalo, impactar. Ahora estoy intentando transmitir el mensaje de maneras más claras, sin aturdir tanto a las personas”, explica, “aunque también hay algunos elementos de dolor, Rosario me grapa cosas en el cuerpo con una grapadora industrial, esa es la parte gore, pero ya no hay ganchos, agujas, cortes…”, matiza.
De Barcelona a Carcelona
Diana Pornoterrorista llegó desde Madrid a Barcelona en 2003. La ciudad bullía. Nacía el posporno en España de la mano de colectivos como el Pos-op o Girls who like porno. Paul B. Preciado publicaba y se le leía junto a libros sin traducir de Virgine Despentes. Comenzaban a aflorar toda una nueva ola de ensayos feministas y nuevas editoriales. Hubo un antes y después de ese núcleo de pensamiento y arte en el feminismo en España. Un feminismo que se ampliaba y que nunca más volvería a ser igual, “creo que el gran pistoletazo fueron las jornadas que se hicieron en el MACBA en el 2004”, recuerda Diana sobre aquel recordado Maratón Posporno.
Al preguntarle por aquella época, Diana habla de una especie de paraíso, de un regalo. “Nos juntamos personas muy diferentes, pero que veníamos de situaciones de mucha incomprensión. Teníamos los mismos intereses, nos llevábamos muy bien y se generaron muchas ganas de crear”, evoca.
Pero el comienzo del siglo XXI va quedando ya lejos. Hoy Barcelona ya no es lo que era. Cerraron centros sociales como La Makabra, la Kasa de la Montanya o La Escocesa, “en esos momentos Barcelona estaba llena de posibilidades, podías hacer cosas sin un duro, hoy ya no es así”, señala Diana. “También acabó cerrando el bar la Bata de Boatiné que era nuestro cuartel general, todo comenzó a cambiar con la creación del Forum y el comienzo de la gentrificación”, explica.
Cambió Barcelona y cambió Diana. La artista y escritora sufrió en sus carnes toda la violencia de aquella transformación social y urbana. Su compañera, la poeta Patricia Heras, sería acusada y encarcelada en uno de los casos de corrupción judicial, policial y política más sangrantes de la historia reciente de Barcelona: el Caso 4F. “Patricia fue mi primera novia, vivíamos juntas en la casa desde donde se tiró por la ventana, justo hacen quince años de aquello”, recuerda Diana con una entonación contenida, nada dramática, sobre el suicidio de Patricia Heras tras ser torturada y encarcelada injustamente.
En 2013, dos años después del suicidio de Patricia y tras años de luchar por su liberación, Diana decidió irse a vivir a México. “No quería estar más en Barcelona ni en Europa”, explica. “También salió el documental sobre el caso 4F, Ciutat morta, en el que decía que iba a por todos ellos a muerte. Al final caminaba con mucho miedo por las calles de Barcelona, algunos mossos y guardias urbanos me reconocían y decidí poner tierra por medio”, concluye.
La artista cuenta a este periódico que desde el 2013 nunca ha vuelto a Barcelona más de dos días. “Tan solo volví para ver a alguien o para realizar algún taller de eyaculación que hago para personas con coño, pero no más”, confiesa. En esta ocasión tan solo lleva poco más de una semana en Barcelona, “pero no hace falta pisarla mucho para darte cuenta de cómo está la situación. Solo tienes que pasear por la Rambla del Raval para ver el desgaste humano”, afirma.
Al preguntarle qué siente que ha cambiado, responde: “Siento que han cambiado las drogas. Por ejemplo, en el Raval ves a mucha gente acabada, mucha más que antes. Y eso provoca que haya gente muy violenta, más allá de los cuerpos de seguridad, que te hacen sentir en riesgo. Creo que es intencionado. Se trata de degradar un barrio hasta que la gente se tenga que marchar y poder así hacer sus mamadas, no es la primera vez que lo hacen, es ya un clásico”, afirma con cierta amargura.
Su vuelta al Antic, espacio donde alumbró muchas de sus performances, es también un modo de reencuentro con toda aquella Barcelona que dejó atrás, con aquellas performances hoy ya históricas como Oh Kaña en homenaje al pintor José Pérez Ocaña, o aquel festival Muestra Marrana que dejó de hacerse ya hace más de un decenio. “Ahora con el estreno me las voy a encontrar a todas”, dice con cierta emoción para luego añadir: “Bueno, la mitad están como yo, fuera de Barcelona, pero vienen”.
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