Dormir con compañía: qué dice la ciencia sobre su influencia en la calidad del sueño
Dormimos mal por muchas razones. Las más conocidas son el estrés, las luces brillantes antes de acostarse, los horarios irregulares y el consumo de alcohol. Según datos de la Sociedad Española de Neurología, entre el 25 y el 35% de los adultos españoles padece insomnio en algún momento de su vida, y entre el 10 y el 15% lo tiene de forma crónica.
Lo que no se discute tanto, al menos en la investigación, es qué ocurre con el sueño cuando hay alguien más en la cama, sea una persona, un perro o un gato. Conocemos muchas anécdotas propias y ajenas, pero los estudios que han analizado la cuestión revelan resultados más complejos de lo que cabría esperar.
Como suele ocurrir, no hay una única respuesta. Cómo influye la compañía en el sueño depende de la persona y de con quién se vaya a la cama. Ni dormir solos es la solución al insomnio, ni dormir acompañados garantiza un sueño reparador.
Las causas habituales del sueño de baja calidad
Antes de ver la influencia de la compañía, conviene descartar las causas más habituales de las perturbaciones del sueño. Una temperatura de la habitación demasiado alta, el ruido ambiental, el alcohol de la noche anterior, las pantallas hasta la hora de acostarse y los horarios irregulares son los principales factores considerados como disruptores del sueño, y los que se atacan en primer lugar cuando se habla de la higiene del sueño.
Uno de los que más daño puede hacer son los horarios irregulares. Acostarse y levantarse a horas distintas cada día, o incluso la diferencia entre los días de trabajo y el fin de semana, producen el temido jet lag social, un desajuste del ritmo circadiano que impide que el cerebro anticipe los ciclos de sueño profundo y REM, lo que a su vez reduce la calidad del descanso, incluso cuando el total de horas es suficiente.
La apnea del sueño, una interrupción repetida de la respiración durante la noche, y que afecta a millones de personas, está sin diagnosticar en el 90% de quienes la padecen, según la Sociedad Española de Neurología y Cirugía Torácica. Las personas con apnea no recuerdan despertarse, aunque lo hagan decenas de veces por noche. Se levantan agotadas sin entender el motivo. Quienes sí sufren los ronquidos son quienes duermen con ellas.
Qué cambia cuando hay alguien en la cama
A primera vista puede parecer que dormir con otra persona perjudica el descanso, pero no siempre es así. “Depende del caso, pero, en realidad sería al revés, porque, al final, lo biológico, desde que nacemos, es dormir pegados a mamá”, explica Laura Gutiérrez Ayuso, psicóloga y fundadora de Vinculae Psicología.
¿Qué ocurre entonces cuando somos adultos? Un pequeño estudio de 2020 publicado en Frontiers in Psychiatry midió la actividad cerebral de doce parejas heterosexuales durante cuatro noches en un laboratorio de sueño, dos de ellas solas y dos acompañadas. Dormir con la pareja aumentó el tiempo de sueño REM y redujo la fragmentación del sueño. Además, los ciclos de ambos miembros de la pareja se sincronizaron. Aunque había más movimiento de extremidades, la arquitectura general del sueño no empeoró.
El sueño REM es la fase en la que el cerebro procesa emociones, consolida recuerdos y regula el estado de ánimo. Si no se pasa el suficiente tiempo en esta fase por las interrupciones, hay efectos neurológicos.
Cuando hay un vínculo bien construido, todos preferimos y nos viene mejor dormir acompañados porque nos sentimos más seguros
La explicación tiene ver con el tipo de vínculo que tengamos con la persona que ocupa nuestra cama. “Tener una pareja estable con la que tienes un vínculo activa el sistema nervioso parasimpático, el responsable de la calma y del descanso. Hay además una liberación de oxitocina, que lleva a una disminución de la vigilancia nocturna y compensa el estrés”, dice María Guijarro, psicóloga especialista en trastornos del sueño en AGS Psicólogos.
Gutiérrez Ayuso lo corrobora: “Cuando hay un vínculo bien construido, todos preferimos y nos viene mejor dormir acompañados porque nos sentimos más seguros. Dormir es complicado si no te sientes seguro”, afirma.
Sin embargo, hay situaciones en las que dormir por separado es la mejor opción disponible. “Con la apnea del sueño se aconseja dormir separado porque los estudios demuestran que perjudica más que beneficia. Lo mismo ocurre con el insomnio crónico severo o cuando hay incompatibilidad de horarios laborales”, señala Guijarro, que también añade cómo interpretar esto como un fracaso de la relación es un error frecuente.
Compartir la cama con un animal de compañía
¿Qué ocurre si en la cama, en lugar de una persona, hay un (encantador) animal peludo? Un estudio de 2024 titulado Dormir con mascotas, sueño y estrés, con más de 1.500 personas encontró que casi la mitad, el 47,6%, dormía habitualmente con un animal de compañía. Quienes lo hacían mostraban peor calidad de sueño y mayores síntomas de insomnio en comparación con los que no. El efecto era más pronunciado con los perros, y menor con los gatos. Sin embargo, el 93% de las personas que dormían con su mascota creían que el animal tenía un efecto positivo o neutro.
“Los animales tienen ciclos de sueño y vigilia completamente diferentes a los de los humanos. De hecho, tienen muchos más despertares”, explica Guijarro. Un perro puede moverse y cambiar de posición varias veces durante la noche, en momentos que no coinciden con los ciclos humanos. Cada uno de esos movimientos puede interrumpir el sueño del dueño aunque este no lo recuerde a la mañana siguiente. Sin embargo, un estudio de este mismo año con medidores de actividad encontró que era más probable que fuera la persona la que despertara al animal, aunque ocurría al revés si había más de un animal en la cama.
Hay que tener mucho cuidado con la higiene porque con los animales hay más ácaros, más polvo y más parásitos, que pueden generar problemas respiratorios y entorpecer la calidad de la respiración nocturna
“Hay que tener mucho cuidado con la higiene porque con los animales hay más ácaros, más polvo y más parásitos, que pueden generar problemas respiratorios y entorpecer la calidad de la respiración nocturna”, advierte Guijarro. Para personas con asma o rinitis alérgica, compartir cama con un animal puede agravar los síntomas sin que lleguen a atar cabos.
Hay contextos en los que la compañía de un animal puede tener un valor terapéutico. “En casos de trastorno de estrés postraumático, la compañía de una mascota en la cama es algo que les ayuda mucho. Hay incluso peluches que simulan la respiración para propiciar esa sensación de corregulación”, explica Silvia Delgado, psicóloga de Vinculae Psicología. Los experimentos corroboran que esa sensación de presencia y el ritmo, incluso artificial, puede reducir la hipervigilancia nocturna en personas con ese diagnóstico.
Qué hacer si duermes acompañado
Si hay un problema de sueño sin causa aparente en alguien que comparte cama, vale la pena descartar que el origen sea la compañía. Pasar algunas noches solo y comparar la calidad del descanso es un experimento simple y que puede ayudar a acotar el problema.
En el caso de los animales de compañía, las personas pueden tener cierta resistencia a separarse, aunque afecten a su sueño, pero la transición no tiene que ser radical. “Intentamos que esa mascota, en vez de dormir en la cama, duerma en su propia cama dentro de la habitación. Es una transición que el paciente suele acoger positivamente”, dice Guijarro. El animal sigue cerca, la sensación de compañía se mantiene y se eliminan las interrupciones que provoca el movimiento en la cama.
Para las parejas, la temperatura, la iluminación y el ruido son fuentes frecuentes de conflicto nocturno. Tener edredones separados, tapones para los oídos o antifaces pueden solucionar muchos de estos inconvenientes. Los ronquidos fuertes acompañados de cansancio crónico diurno son los indicadores más comunes de apnea del sueño, pero es un trastorno tratable una vez diagnosticado.
La decisión de dormir solos o acompañados depende de con quién, en qué condiciones y qué ocurre durante esas horas. La calidad del sueño puede ser independiente del cariño.
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