Ronquidos, insomnio y camas separadas: bienvenidos al “divorcio del sueño”
Todos pasamos por épocas en las que dormimos mejor que otras. Hace unos años, María (38 años, Málaga), estaba pasando por una situación especialmente terrible. Le costaba mucho dormirse y, cuando lo conseguía, se despertaba de madrugada, unas horas después. Los ronquidos de su novio, al que adoraba, hacían imposible que volviera a dormirse. “Encima yo, al desvelarme, comenzaba a dar vueltas en la cama y lo acababa despertando a él”, cuenta. “Así que al final dormíamos mal los dos”. Un día, decidieron que ya habían tenido suficiente y probaron a dormir separados.
María tenía un pequeño despacho para sus cosas, con lo que le resultó fácil instalarse cada noche en la pequeña cama de invitados que había en él. “Aquel despacho ya era un poco mi refugio, pero a partir de entonces se convirtió también en mi refugio del sueño”, recuerda.
La cosa funcionó y acordaron un sistema que dura hasta el día de hoy. Entre semana, cada uno duerme en su habitación, pero el fin de semana lo hacen juntos. “El finde no me importa dormir regular si al día siguiente no tengo que trabajar ni madrugar”, explica. “Además, también es divertido pensar que ‘los fines de semana duermo con mi novio’”.
El resultado final ha sido, en opinión de María, francamente positivo. “Creo que es algo que todo el mundo que tiene este tipo de problemas tendría que probar”, asegura. “Al final el descanso es el descanso, me parece fundamental para el día a día, y yo solo tengo cosas buenas que decir de dormir separados”.
La cama como espacio sentimental
Hay personas que se refieren a situaciones como la de María como un “divorcio del sueño”, una terminología que, así en frío, tiene connotaciones bastante negativas. Asociar una relación con la palabra “divorcio” proyecta sombras negrísimas sobre el futuro de la misma.
Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático y director del Departamento de Psicología Social, del Trabajo y Diferencial de la Universidad Complutense de Madrid, recuerda que compartir el espacio de descanso es una práctica antigua y extendida, aunque históricamente no haya estado vinculada exclusivamente a la pareja.
“En muchas sociedades, el espacio para dormir se comparte entre padres, hijos u otros familiares, en una misma habitación o sobre una misma superficie”, asegura. “Influyen los recursos y el espacio disponible, pero también las costumbres, los cuidados y la importancia que se concede a la cercanía. No es, por tanto, exclusivo de las parejas”.
El dormitorio conyugal como espacio privado y casi sacrosanto se consolidó, según el experto, con el ideal burgués del hogar. “Pero esa intimidad no implicaba necesariamente compartir colchón. De hecho, entre finales del siglo XIX y mediados del XX, las camas gemelas llegaron a considerarse una opción moderna y saludable entre parte de las clases medias británicas”, explica.
En muchas sociedades, el espacio para dormir se comparte entre padres, hijos u otros familiares (...) Influyen los recursos y el espacio disponible, pero también las costumbres, los cuidados y la importancia que se concede a la cercanía
Las razones tenían poco que ver con el amor. Se pensaba que dormir en camas separadas podía reducir la transmisión de enfermedades a través del aire y, además, permitía compartir dormitorio conservando un espacio propio. “A partir de los años cincuenta, sin embargo, esa imagen empezó a cambiar y las camas separadas se asociaron cada vez más con la frialdad matrimonial”, comenta Rodríguez-Muñoz. “Lo que antes parecía una buena decisión para la salud empezó a parecer una mala señal para el amor”.
Una forma de organizar el descanso nocturno se convirtió en una obligación sentimental, como si el amor tuviera que demostrarse incluso mientras estamos inconscientes.
¿El principio del fin?
Esta manera de pensar se mantiene hoy plenamente vigente. Así lo confirma la psicóloga Roser Gort, especializada en sueño en la Clínica del Sueño Estivill y autora de El sueño lo cura todo (Bruguera, 2026), que se encuentra constantemente con parejas que llegan a su consulta agobiadas pensando que dormir en camas separadas es el principio del fin de su relación.
“Existe una creencia muy instalada, la de que dormir separados es lo que hacen las parejas que ya no se quieren”, comenta Gort. “Así que aguantan. A veces años. Y mientras uno aguanta, acumula un cansancio enorme y empieza a sentir rencor hacia su pareja. Mientras, el otro se siente culpable por algo que no puede controlar mientras duerme. Eso sí que desgasta una relación”.
“Asociamos compartir cama con el cariño y la sexualidad, así que un ‘necesito dormir solo’ puede interpretarse como ‘ya no quiero estar contigo’”, explica Rodríguez-Muñoz. “Uno está hablando de sueño y el otro está escuchando desamor”.
No obstante, también hay algunas preocupaciones justificadas. Según Gort, una persona a la que le molesten los ronquidos de su pareja puede tener decenas de microdespertares a lo largo de la noche. “Es como si pasara toda la noche haciendo breves siestas”, apunta.
Eso provoca que la persona no pueda llegar nunca a la fase REM, que es cuando el cerebro procesa lo que hemos vivido durante el día. “Esto tiene una consecuencia emocional directa, el que estemos más irritables”, asegura Gort. “Además el ruido acaba personalizándose. Deja de ser un ronquido y pasa a ser ‘él no me deja dormir’. Cuesta no acumular rencor hacia alguien que, aunque sin querer y sin enterarse, te está robando el descanso cada noche”.
Existe una creencia muy instalada, la de que dormir separados es lo que hacen las parejas que ya no se quieren. Así que aguantan. Y mientras uno aguanta, acumula un cansancio enorme y empieza a sentir rencor hacia su pareja
Por otro lado, acostarse juntos puede ser el único rato del día durante el que la pareja habla de sus cosas con calma o puede, simplemente, darse un abrazo. El temor a dormir separados puede ser también el miedo a perder esos momentos y la expresión de una necesidad de cercanía que merece tanta atención como la de descanso. “Cualquier tipo de acuerdo al que se llegue debería dar cabida a ambas posturas”, indica el catedrático.
“Es importantísimo proteger lo que se pierde al dormir separados”, añade Gort. “Hablar a oscuras, el contacto físico, tumbarse juntos… No hay que abandonar eso, sino reubicarlo. Podemos estar un rato juntos en la cama antes de separarnos, despertarse y tomar el café juntos… Lo que sea, pero decidido y no improvisado. Las parejas a las que esto les funciona mal son las que se separan para dormir y no rellenaron el hueco que les quedó”.
No solo inconvenientes
Por supuesto que hay millones de parejas en el mundo que disfrutan mucho de dormir juntas. Cuando las cosas van bien, hacerlo también tiene sus ventajas. “Dormir con alguien con quien nos sentimos a gusto puede ayudarnos a bajar la guardia y relajarnos”, confirma Rodríguez-Muñoz.
“Se ha observado incluso una mayor sincronización del sueño REM entre parejas que duermen juntas”, continúa el doctor. “En algunos estudios, las personas han dormido algo mejor cuando tenían cerca una camiseta impregnada con el olor corporal de su pareja, aunque esa persona estuviera ausente. Ese olor familiar podría actuar como una señal de seguridad”.
El lujo de tener otra habitación
Otra de las variables que tiene un importante papel en todo este asunto es una condición material que en ocasiones supone un problema insalvable: los metros cuadrados.
La solución de las habitaciones separadas presupone que se tiene un espacio adicional. “La comunicación ayuda a resolver desacuerdos, pero no añade metros cuadrados”, señala Rodríguez-Muñoz. La posibilidad de tener una vivienda amplia, silenciosa y aislada de los ruidos exteriores tiene una relación directa con los recursos económicos.
María tiene muy presente esa ventaja. “Somos conscientes de que tenemos la suerte de poder tener habitaciones separadas”, reconoce. En su caso, disponer de dos espacios permitió encontrar una solución que quizá habría sido imposible en una vivienda más pequeña.
Compartir cama con dos edredones individuales, dos colchones independientes o dos camas dentro de una misma habitación puede ayudar
Enric (32 años) y Martí (34) viven en un pueblo de la provincia de Barcelona y llegaron a una solución parecida a la de María por los ronquidos de Martí. La iniciativa partió de Enric y comenzó como algo puntual hasta convertirse en la organización habitual de las noches.
En su caso, el espacio disponible también es crucial, pero vivir en una casa en el pueblo, con espacio de sobra, ha facilitado las cosas. “Supongo que, claro, si vives en un piso pequeño o compartido en Barcelona, no tienes opción”, apunta Martí.
La solución tampoco tiene por qué implicar siempre dos dormitorios. Rodríguez-Muñoz proporciona otras opciones que pueden funcionar en función de la gravedad del asunto. “Compartir cama con dos edredones individuales, dos colchones independientes o dos camas dentro de una misma habitación puede ayudar”.
“Cuando el problema son los horarios”, continúa, “algunos cambios no requieren más espacio: dejar preparada la ropa fuera de la habitación, evitar varias alarmas consecutivas o salir para seguir leyendo o viendo una pantalla cuando el otro quiere dormir, son acuerdos sencillos que permiten mantener rutinas distintas sin interrumpirse tanto”.
Gort también propone otras soluciones, como unos buenos tapones de espuma bien colocados o una fuente de ruido blanco, desde una grabación hasta un ventilador, que amortigüe en parte el contraste entre el silencio y el ruido. “Además de esto, hay una pauta que aplico siempre en estos casos: si te despiertas y llevas veinte minutos sin poder volver a dormirte, sal de la cama. Quedarte ahí escuchando al otro respirar es la forma más rápida de acabar odiando ese sonido. Sal de la habitación, mantén la luz baja y haz algo aburrido. Vuelve cuando tengas sueño”, añade.
Creo que es algo que todo el mundo que tiene este tipo de problemas tendría que probar. Al final el descanso es el descanso, me parece fundamental para el día a día
La conversación, mejor de día
Para aquellos que se estén planteando un divorcio del sueño pero todavía no hayan dado el paso de proponerlo a su pareja, el consejo de Roser Gort es claro: “Habladlo con calma, durante el día y cuando ambos hayáis descansado”.
“También es recomendable hacerlo desde un punto de vista propio, no acusatorio”, apunta la psicóloga. “Necesito dormir mejor’, nunca ‘roncas mucho’. Hay que tener presente que el ronquido no es algo premeditado. Además, es buena idea que se plantee como una prueba. Eso quita peso y le devuelve reversibilidad a la decisión, que es lo que asusta”.
Justamente así se lo planteó Enric a Martí. Pero finalmente la prueba se convirtió en definitiva. Para el primero, el resultado es evidente: descansa más y está de mejor humor. Además Martí, que no era quien tenía el problema, duerme mejor solo que acompañado. “También hace que tenga más ganas de dormir con Enric que antes”, confiesa.
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