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Evan Friss, historiador: “Lo que la gente aprecia de una librería es lo contrario de Amazon, que sea pequeña, acogedora y humana”

Portada del libro de Evan Friss.

Juanjo Villalba

31 de octubre de 2026 22:12 h

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Pocas cosas hay que hagan disfrutar más a un buen lector que el aroma de una librería. Todos tenemos una favorita y visitarla se convierte en un plan en sí mismo. Quizá incluso tenemos un librero o librera de confianza, que siempre nos recomienda libros que ni siquiera sabíamos que queríamos leer.

Hay algo mágico en esos locales, una posibilidad infinita de historias y conocimientos que nos aguarda tranquilamente en sus estanterías. Los libros no han cambiado mucho desde la invención de la imprenta hace ya casi seis siglos, pero los comercios donde adquirirlos han ido perfeccionándose desde entonces hasta llegar a esta forma perfecta que actualmente nos fascina.

En algún momento, alguien decidió que los clientes pudieran hojear los libros antes de comprarlos, que los autores presentaran sus obras ante los lectores y que los libreros asumieran también el papel de prescriptores, además de vendedores. De esas historias trata La librería, un libro editado por Maeva, traducido por Milo J. Krmpotic y con prólogo de Jorge Carrión.

Su autor, Evan Friss, profesor de historia en la James Madison University de Virginia, es un enamorado de estos espacios. Tanto, que está casado con una librera que regenta su propio establecimiento, Parentheses Books, en Harrisonburg, la localidad de Virginia donde residen.

Se suponía que en 2026 las librerías ya habrían sucumbido a la radio, al cine, a la televisión, al libro electrónico, a Amazon y hasta a las bibliotecas. A estos retos se suman ahora nuevas amenazas, como la inteligencia artificial. No obstante, aquí siguen, y el oficio de librero quizá es más importante que nunca.

El libro nace en gran parte de estar casado con una librera: su mujer trabajó ocho años en Three Lives & Company, en Nueva York. ¿Qué le enseñó vivir de cerca la vida de una librería que un historiador nunca habría encontrado en los archivos?

Mucho. Jamás habría escrito este libro sin haber aprendido lo que significa trabajar en una librería. Nunca habría valorado hasta qué punto importan los clientes: no solo porque compran libros y mantienen el negocio a flote, sino porque aportan carácter y comunidad. La experiencia de mi mujer también me permitió entender cómo funcionan las librerías (las compras, el inventario, reponer, ordenar), aspectos difíciles de rastrear en archivos.

En el libro cuenta que trabajó un solo turno en Three Lives y se sintió “empoderado” cuando los clientes le preguntaban qué debían leer.

Ahora que mi mujer ha abierto su propia librería he trabajado muchos más turnos y experimentado más veces la emoción de poner libros en manos de los lectores. Sigue siendo emocionante. Los libros son compromisos. Y pueden llegar a formar parte de nosotros mismos: pueden moldear nuestra ideología o ser simplemente una forma divertida de pasar el rato.

Recomendar libros se siente como un superpoder. Pero todo poder conlleva una gran responsabilidad.

Usted viene de la historia urbana. ¿Qué cambia cuando aplica esa mirada a un espacio interior y comercial como una librería?

Durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos las librerías fueron instituciones urbanas. Vivir en el campo significaba tener un peor acceso a los libros. Las cadenas y, sobre todo, Amazon acabaron cambiando esa ecuación, pero las librerías siguen concentrándose en las grandes ciudades. Y creo que siempre fueron parte del tejido de la ciudad, en especial aquellas librerías con mesas en la acera que fueron tan populares.

Recomendar libros se siente como un superpoder. Pero todo poder conlleva una gran responsabilidad

Cada capítulo transcurre en una librería que encarna un tema de la historia del oficio. ¿Cómo eligió las librerías protagonistas y cuáles fueron las más difíciles de dejar fuera?

La queja más habitual que recibo es que tal o cual librería no está incluida. Fue difícil decidir qué tiendas funcionarían mejor. Al final opté por una mezcla de librerías de distinto tipo que mostraran la variedad del oficio y que además hablaran de un momento concreto de la historia de las librerías. Había muchas librerías históricas que me habría encantado incluir, pero simplemente no tenía los materiales para hacerles justicia.

Para su investigación recurrió a cartas, diarios, catálogos e incluso documentos del FBI. ¿Qué hallazgo de archivo le sorprendió más?

Tenía un estereotipo de los libreros y me sorprendió cuántos de mis personajes centrales no encajaban en él. Craig Rodwell, que abrió la primera librería LGTBI de Nueva York, no era un gran lector. Recuerdo encontrarme con sus notas del colegio y ver lo mal que se le daba la lengua. Lo mismo ocurría con Frances Steloff, fundadora de la mítica librería neoyorquina Gotham Book Mart. No hay nada en su historial escolar que sugiera que un día regentaría una de las librerías más importantes del mundo.

En el libro recuerda que fue la Old Corner de Boston la primera librería que dejó hojear los libros a sus clientes, algo que hoy parece obvio. ¿Qué otra innovación histórica de las librerías nos parece natural hoy pero fue revolucionaria en su época?

Las presentaciones de libros. Cuando Marshall Field's empezó a tantear la idea de organizar una feria del libro y traer autores para que conocieran a los lectores, a muchos les pareció estrambótico. ¿Y si los autores decepcionaban? Acabó convirtiéndose en parte consustancial del negocio: hoy los eventos suponen una parte importante de las ventas de muchas librerías.

Antes ha nombrado a Frances Steloff, de la Gotham Book Mart. Ella colaba de contrabando en Estados Unidos obras prohibidas de Joyce, Miller y D. H. Lawrence. ¿Sigue vivo hoy ese papel de la librería como trinchera contra la censura?

En Estados Unidos, la prohibición de libros ha vuelto a ponerse de moda. Cuando un distrito escolar prohíbe un título, el de al lado empieza a exigirlo. Dentro de las librerías, tan habituales como las mesas llenas de best sellers son las mesas llenas de libros prohibidos. Así que sí: la gente acude a su librería local para que le diga qué leer, incluido lo que algunos políticos preferirían que no leyera.

Usted escribe que “toda librería, en cierto sentido, hace política”. ¿Puede desarrollar esa idea?

Por grande que sea la librería, su fondo representa una selección minúscula de todo lo que existe. El propietario o el responsable de compras ejerce una influencia tremenda al decidir qué libros merecen un sitio en las estanterías y cuáles no. Sus gustos y sus posiciones políticas también influyen. Nuestras guerras culturales actuales han hecho esas decisiones más públicas y más criticadas que nunca.

En Estados Unidos, la prohibición de libros ha vuelto a ponerse de moda. Cuando un distrito escolar prohíbe un título, el de al lado empieza a exigirlo

Las librerías han sobrevivido a la expansión de las bibliotecas públicas, la radio, el cine, la televisión, los grandes almacenes, el libro electrónico y Amazon. ¿Qué explica esa resistencia y cuáles son hoy sus mayores amenazas?

Las dos mayores amenazas hoy son Amazon y el descenso de la lectura. Pero no son mayores que las del pasado. Las librerías han logrado sobrevivir y seguir siendo relevantes porque son especiales: palacios sensoriales llenos de libros, la recomendación de mano en mano, la comunidad, etcétera.

Amazon abrió tiendas físicas y acabó cerrándolas. ¿Qué dice ese fracaso de lo que Amazon nunca logró replicar?

Fue un giro confuso para el minorista online que en su día aspiraba a destruir la librería física. Su fracaso final, creo, sugiere que Amazon es muy bueno vendiendo libros (y otros productos) por internet, pero que hoy, más que nunca y precisamente por culpa suya, lo que la gente aprecia de una librería es lo contrario de Amazon, que sea pequeña, acogedora y humana.

En la era de la inteligencia artificial, que ya recomienda y genera textos, ¿qué papel les queda a la librería física y al librero?

En la era de la IA, en la era digital y en la era del descenso de la lectura y de la capacidad de atención, el papel de la librería y del librero está más amenazado y también es más valioso que nunca. Pase veinte minutos en su librería de barrio y lo entenderá.

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