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Lluís Orriols

Soy doctor en ciencia política por la Universidad de Oxford y actualmente enseño en la Universidad Carlos III de Madrid. Mis investigaciones se centran en el campo del comportamiento electoral y opinión pública.

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El efecto Pablo Casado

Durante los siete años de presidencia de Mariano Rajoy, el PP fundamentó su estrategia electoral siguiendo una premisa crucial: la profunda crisis política que vivía nuestro país era una ramificación de la económica y, por ende, acabaría disipándose una vez se entrara en la senda de recuperación. Ciertamente, la desafección y descrédito de la política repuntó justo en paralelo al empeoramiento de los datos macroeconómicos en 2008. No obstante, en 2014, tras la ruptura del sistema de partidos,  ya era evidente que la generalizada desafección y descrédito de la política entre los españoles se había convertido en un fenómeno independiente de la economía, por lo que requería abordarlo con soluciones especificas.

El PP debió haber reaccionado entonces con contundencia como lo hicieron otros actores políticos. En el caso de este partido, la necesidad de afrontar la crisis política era particularmente relevante debido a sus numerosos y sonados escándalos de corrupción. No obstante el PP se mantuvo fiel a su estrategia de apostarlo todo a la recuperación económica. Su dejadez en este frente fue, en parte, responsable de que el PP sufriera en 2015 el mayor desgaste electoral de un gobierno de la historia reciente. Aún con ello, el PP pudo mantener un suelo electoral digno, en gran parte por la inquebrantable lealtad del votante más conservador. En efecto, mientras su partido veía como sus apoyos en el centro se iban evaporando, el PP podía seguir siendo el primer partido en España gracias al monopolio en la derecha.

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Ciudadanos, ¿hacia el populismo de extrema derecha?

El acto "España Ciudadana" del pasado fin de semana es probablemente la culminación de un proceso de transformación ideológica que se ha ido gestando en Ciudadanos a lo largo de los últimos meses. Se trata de una transformación de gran calado consistente en desplazar el eje central de la estrategia del partido de la regeneración democrática a un discurso de corte nacionalista español. Gracias a este movimiento estratégico, Ciudadanos ha logrado lo que hasta ahora parecía imposible en la política española: lograr agrietar las bases más conservadoras del PP. Según los últimos barómetros del CIS, Ciudadanos cuenta hoy con el 24% de los votos de los españoles de derechas (valores 7 y 8 de la escala ideológica). Se trata de un porcentaje tres veces superior al de abril del año pasado (4-9%).

Es cierto que la identidad nacional se encuentra en el ADN de Ciudadanos, pues apareció en Catalunya hace ya más de una década como resultado de la clásica confrontación nacionalista entre el centro y la periferia. Sin embargo, cuando Ciudadanos irrumpió en el escenario político español, su perfil anti-nacionalista catalán quedó relegado a un segundo plano. Hasta hace pocos meses, el éxito de Ciudadanos se explicaba por su discurso de regeneración democrática y de hartazgo con la corrupción entre electorado de centro y centro-derecha. Sin embargo, cuestiones como la identidad nacional o la preferencia sobre la organización territorial del Estado no tenían prácticamente nada que ver con el voto a Ciudadanos en las elecciones generales de 2015 y 2016.

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El 'efecto Puigdemont'

Las elecciones catalanas del pasado 21D estaban llamadas a ser el último estadio del convulso e hiperactivo proceso soberanista. Todos los indicios apuntaban a que tras esos comicios se iniciaría una etapa marcada por la consolidación de ERC como partido central dentro del bloque independentista. Desde hacía tiempo, las siglas del PDeCAT cotizaban a la baja y su principal activo, Carles Puigdemont, aseguraba no tener intención de volver a presentarse como candidato. ERC solo necesitaba evitar una candidatura conjunta y concurrir en las elecciones en solitario para ganarle definitivamente la partida al PDeCAT. Tras su victoria, los líderes republicanos tendrían poderosos incentivos a impulsar un cambio de ciclo en la política catalana. Un cambio que nos llevaría a una etapa menos convulsa, de renuncia a la vía unilateral y de construcción de la república catalana más a largo plazo. ERC podría entonces ganar margen suficiente como para consolidar su posición central en el espacio independentista. Con ello, el proceso soberanista tal y como lo conocíamos llegaría a su fin.

La realidad acabó siendo muy distinta. A última hora, Carles Puigdemont, desde Bruselas, decidió concurrir de nuevo a las elecciones, confeccionando una candidatura a medida con el fin de relegar las siglas de PDeCAT en un segundo plano y poner el foco en un mensaje sencillo, muy poderoso, que acabó por cambiarlo todo: el retorno del President legítimo.

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¿Es la escuela catalana una fábrica de independentistas?

Durante las últimas semanas ha tomado fuerza en el debate público la propuesta de que el Gobierno Central intervenga la educación catalana con el fin de desactivar la oleada independentista que vive Catalunya. Sin ir más lejos, el pasado martes el diputado de Ciudadanos Toni Cantó denunció en el Congreso de los diputados la existencia de adoctrinamiento nacionalista en las aulas catalanas y presentó en nombre de su grupo parlamentario una moción para garantizar la neutralidad ideológica en los centros docentes. Tras las propuestas como la planteada por Ciudadanos el pasado martes se esconde el supuesto de que el sistema educativo catalán es el responsable del aumento del independentismo en Catalunya. Intervenir la educación sería, por lo tanto, una solución para acabar con el “problema catalán”.

Ciertamente, existen pocas dudas de que la educación ha sido, de siempre, un importante instrumento a manos de los Estados para fomentar la identidad nacional entre los ciudadanos. En este sentido, no se trataría de una práctica idiosincrática de las instituciones catalanas, sino que también ocurriría en el conjunto de España y el resto de países que nos rodean. Un buen ejemplo de ello son las declaraciones del exministro de educación José Ignacio Wert en el Congreso de los Diputados acerca de la voluntad del Gobierno Central de intentar " españolizar a los alumnos catalanes". 

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Un Sí instrumental y un No emocional

El apoyo a la independencia se encuentra desde hace meses en una fase de estancamiento e incluso de ligero declive. Así lo muestran las encuestas del CEO: los partidarios de la secesión se encontrarían hoy en cotas más cercanas al 40% que al 50%. A pesar de este ligero retroceso, esta cifra de adhesiones a la independencia es aún suficientemente elevada como para estar en condiciones de ganar un eventual referéndum legal y con garantías.

Es por ese motivo que cualquier Gobierno preocupado por la integridad de su territorio y con cierta aversión al riesgo debería contemplar con muchas reservas el uso del referéndum como instrumento para la resolución política del “problema catalán”. Experiencias como la del Brexit nos enseñan que se puede perder un plebiscito aun partiendo con cierta ventaja en las encuestas. En efecto, el desenlace de un referéndum puede resultar altamente imprevisible y sujeto a la coyuntura cuando las mayorías no son claras, como es en el caso catalán.

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La España pro-referéndum catalán

“Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”.

Esta fue la promesa estrella que José Luis Rodríguez Zapatero se reservó para el mitin de clausura de la campaña electoral del PSC de las autonómicas catalanas de 2003. Con el fin de dar último impulso a la candidatura de Pascual Maragall, Zapatero se animó a extender un cheque en blanco a los socialistas catalanes para que pudieran reformar a su antojo el modelo territorial de nuestro país.

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Pedro Sánchez, readmisión por despido improcedente

Todas las encuestas fiables mostraban de forma inequívoca que los simpatizantes y  votantes socialistas preferían a Pedro Sánchez. Sin embargo, hasta la presentación de los avales, existía la firme convicción de que Susana Díaz era la gran favorita a ocupar la secretaría general del PSOE. Tras esta inconsistencia entre las preferencias y las expectativas de los votantes socialistas se encontraba el poder del 'aparato'. Se consideraba que el férreo control orgánico de Susana Díaz y las fervientes adhesiones de la práctica totalidad de los cuadros dirigentes, presentes y pasados, podrían llevar a la presidenta andaluza a ganar las primarias a pesar del sentir mayoritario de los simpatizantes socialistas.

La realidad ha resultado ser bien distinta. De hecho, la realidad  empezó a cambiar el día que los candidatos pusieron los avales encima la mesa. Susana Díaz buscaba una victoria incontestable en avales para generar un golpe de efecto que arrollara a sus contrincantes y sentenciara la competición. Cuando la realidad no dio la fotografía deseada, su estrategia empezó a hacer aguas. Desde ese momento, la campaña de Susana Díaz se encontraba desorientada, a la deriva, enquistada en un lema (“Susana gana elecciones”) que no sólo no se ajustaba a ninguna encuesta demoscópica seria, sino que tampoco podía justificarse tras frustrar las expectativas que habían generado con su deseado golpe de efecto en la fase de los avales.

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El (escaso) atractivo electoral de Susana Díaz

Las primarias para la secretaría general del PSOE vuelven a poner en relieve las heridas producidas por el Comité Federal del pasado octubre. Los distintos candidatos inician sus campañas destacando sus principales activos. Por un lado, Susana Díaz se presenta como la garante de la estabilidad y la paz interna en el PSOE y quien tiene un mayor pedigrí de ganadora, presentando como aval su triunfo en Andalucía. Por otro lado, los defensores de Pedro Sánchez reivindican su condición de guardián de las esencias de la izquierda y del sentir mayoritario de los votantes socialistas frente a las élites del partido. Ante este escenario polarizado, Patxi López se erige como la única tercera vía capaz de dejar atrás la dañina rivalidad Sánchez-Díaz para la imagen del PSOE.

Pero más allá del argumentario de defensores y detractores de cada uno de los aspirantes a la secretaría general, ¿qué opinan los votantes y simpatizantes socialistas? Para corroborarlo, tenemos la enorme fortuna de disponer en abierto la encuesta de GESOP para El Periódico de Cataluña. ¿Qué nos dicen los datos sobre del atractivo electoral de Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez? Dejadme que lo resuma en cuatro grandes titulares.

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Las primeras 40 parlamentarias

El actual Congreso de los Diputados alberga hoy 138 diputadas de un total de 350. La presencia de mujeres en el hemiciclo se encuentra cerca de la paridad, pues se ha incrementado notablemente durante las últimas décadas: la proporción de mujeres ha pasado de la franja del 5-7% durante la década de 1980 hasta en torno el 40% durante las últimas dos legislaturas del post-bipartidismo. Los avances hacia la paridad en el Congreso de los Diputados se han producido de forma progresiva y muy especialmente durante las dos legislaturas de José María Aznar (con un crecimiento de 6-7 puntos porcentuales en cada una de ellas) y la primera legislatura de José Luís Rodríguez Zapatero (con un aumento de 8 puntos).

Estas cifras dan buena cuenta de los lentos pero inexorables logros del movimiento feminista. Sin embargo, a lo largo de estas líneas no queremos realizar una radiografía de la actualidad sino que queremos viajar atrás en el tiempo para recordar a las pocas, muy pocas, mujeres que lograron un acta en el Parlamento desde las Cortes de Cádiz de 1810 hasta la década de 1970, antes de la llegada del actual período democrático.

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Tres titulares del nuevo barómetro del CIS

1. La derecha valora mejor al líder (interino) del PSOE que la izquierda

Muchos medios de comunicación han destacado que, según el CIS, Javier Fernández es el líder de ámbito nacional mejor valorado por los españoles. No hay duda de que se trata de un titular impactante, especialmente si tenemos en cuenta la profunda crisis de interna que sufre el PSOE tras la caida del secretario general Pedro Sánchez en octubre del año pasado. Sin embargo, se trata de un dato que, si no se analiza de forma adecuada, puede llevar a confusiones importantes. El problema es que no tiene mucho sentido fijarse en la valoración de los líderes entre la totalidad de los votantes, pues de poco sirve si un candidato es muy atractivo entre ese electorado que jamás le votaría. Lo importante para un líder político es tener capacidad de seducir a ese electorado que simpatiza con su partido y que tiene opciones reales de acabar votándole. Es por este motivo que muchos analistas suelen equivocarse al infravalorar a Mariano Rajoy como candidato. Si nos centramos en las valoraciones de los simpatizantes de cada partido, Rajoy es el que goza de una mayor popularidad. El líder del PP obtiene una nota de 6,7 entre su electorado, Pablo Iglesias consigue 6,3 entre sus propios votantes y Albert Rivera una nota de 6,2 entre los suyos. En cambio Javier Fernández de apenas alcanza el 5,1 entre el electorado socialista. No hay duda que en términos comparados, el presidente de la gestora no parece un líder particularmente atractivo entre quienes votaron al PSOE en junio de 2016.

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