Moray, el misterioso laboratorio de los incas escondido entre las montañas de Perú

Este llamativo espacio le sirvió a los incas para experimentar con cultivos y diferentes microclimas

Àlex Gonzàlez

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En el corazón del Valle Sagrado de los Incas, rodeado por los Andes peruanos, se esconde uno de los enclaves arqueológicos más sorprendentes de Sudamérica. A primera vista, Moray parece un gigantesco anfiteatro excavado en la tierra, con unas impresionantes terrazas circulares que bajan cientos de metros. Pero su belleza no lo es todo, detrás de esta espectacular construcción podría encontrarse uno de los ejemplos más ingeniosos de los conocimientos agrícolas de la civilización inca.

Situado en el distrito de Maras, cerca de Cuzco, a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, Moray destaca por sus plataformas concéntricas, construidas aprovechando las características naturales del terreno. Aunque su función exacta continúa siendo objeto de investigación, una de las principales hipótesis sostiene que los incas utilizaron este espacio como un laboratorio agrícola al aire libre, donde experimentaban con diferentes condiciones ambientales para mejorar sus cultivos.

La construcción se remonta a la época de expansión del Imperio inca, especialmente durante los siglos XV y XVI. Sus terrazas, conocidas como andenes, reflejan la capacidad de esta civilización para adaptar la agricultura a un territorio marcado por fuertes desniveles, cambios de temperatura y una geografía muy particular.

Un 'laboratorio' agrícola con diferentes microclimas

Lo más llamativo de Moray no es únicamente su forma circular, sino la posibilidad de que sus terrazas permitieran reproducir distintas condiciones climáticas dentro de un mismo sitio. La profundidad de estas depresiones, la orientación respecto al Sol y la exposición al viento favorecen diferencias de temperatura entre los niveles superiores y los inferiores.

Cada uno de los andenes podían tener hasta 15 grados centígrados de diferencia

Algunas estimaciones señalan que estas diferencias podían alcanzar los 15 grados centígrados, una característica que habría permitido experimentar con plantas acostumbradas a diferentes altitudes. De esta manera, los incas podrían haber estudiado cómo respondían determinados cultivos a los cambios ambientales antes de extender su producción a otras regiones del imperio.

Entre los alimentos fundamentales de aquella civilización destacaban el maíz, la quinoa y las patatas, productos esenciales para alimentar a una población distribuida entre montañas, valles y territorios de climas muy diferentes. La hipótesis agrícola plantea que Moray pudo contribuir al conocimiento de estas especies y de sus necesidades de cultivo, aunque no se ha demostrado exactamente qué plantas se cultivaban en cada terraza.

La ingeniería hidráulica es otro de los grandes atractivos del complejo. Los andenes incorporaban 'sistemas' para facilitar la filtración y evacuación del agua, algo especialmente importante durante la temporada de lluvias. Los constructores aprovecharon depresiones naturales y las acondicionaron con muros de contención y superficies agrícolas, reduciendo el riesgo de acumulación de agua en las zonas inferiores.

Entre la ciencia, la espiritualidad y el Valle Sagrado

Todo el misterio que envuelve a Moray va más allá de la agricultura. Algunos investigadores han planteado que también pudo tener funciones ceremoniales o relacionadas con la observación de los ciclos solares. Estas interpretaciones encajan con la importancia que los incas le daban a la naturaleza y a los fenómenos astronómicos, aunque faltan pruebas concluyentes para confirmar esos usos.

Las salinas de Maras en Peru es otro espacio muy llamativo de la zona

Su ubicación convierte el yacimiento en una parada destacada para quienes recorren el Valle Sagrado ya que ademas, a pocos kilómetros se encuentran las Salinas de Maras, un espectacular conjunto de miles de pozas escalonadas donde las comunidades locales mantienen una tradición de extracción de sal que se remonta a tiempos anteriores a los incas.

Otro lugar cercano es Chinchero, conocido por su tradición textil y sus talleres artesanales, donde todavía se conservan técnicas de tejido transmitidas entre generaciones. Sus paisajes montañosos y su patrimonio cultural dan otra perspectiva de la historia andina, en una región atravesada por el río Urubamba y vinculada a algunos de los enclaves arqueológicos más emblemáticos de Perú.

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