Trump convierte en pesadilla el ‘sueño americano’: los ricos estadounidenses disparan su patrimonio y los trabajadores se empobrecen
Con la denominada asequibilidad o affordability convertida en una de las claves que explican la debacle republicana en las elecciones de medio mandato de esta semana en Estados Unidos, la economía a dos velocidades, con un crecimiento en forma de K, se ha consolidado como una de las señas de identidad del segundo mandato de Donald Trump, hasta el punto de convertir el denominado ‘sueño americano’ en una suerte de pesadilla para las capas menos favorecidas de la población estadounidense.
Por un lado, la riqueza creada en Wall Street ha batido récords y las bigtechs han multiplicado sus valoraciones, lo que ha permitido a los patrimonios de milmillonarios crecer a una velocidad extraordinaria, en una racha que se frenó el pasado jueves, con el desplome de las acciones de las firmas tecnológicas por el miedo a que la victoria de los demócratas limite la proliferación de los centros de datos y los temores del impacto de la Inteligencia Artificial (IA).
Por otro, millones de familias estadounidenses afrontan unas ascendentes facturas para costear la vivienda, la alimentación, los seguros médicos y los bienes de consumo. La versión 2.0 de Trump ha ensanchado este diferencial con una combinación de rebajas fiscales a las rentas altas, medidas arancelarias proteccionistas y reducción de prestaciones sociales, agravada por la espiral inflacionista provocada por la guerra en Irán.
Como señaló Joe Biden hace años durante una celebración del Día del Trabajo en Filadelfia, “Wall Street no construyó EEUU; la clase media conformó nuestra nación y los sindicatos fueron los que forjaron a esta última”. “¿Los empresarios no encuentran empleados? pues páguenles más”, espetó el entonces presidente. Unas palabras que parecen ahora premonitorias sobre lo ocurrido con las rentas intermedias estadounidenses y los ingresos de los trabajadores con la versión 2.0 de Trump.
No es que la legislatura de Biden tomara medidas efectivas a favor de la clase trabajadora. Entre otros motivos, el Senado de mayoría republicana bloqueó su Pro Act, que pretendía facilitar las afiliaciones sindicales, reforzar la negociación colectiva o sancionar malas praxis empresariales. Pero su mandato vinculó gran parte de la inversión federal de su billonario programa de infraestructuras a la concreción de retribuciones mínimas a empleados de la construcción y estableció incentivos impositivos a las empresas que cumplieran determinados requisitos salariales y de formación en proyectos de transición energética.
Dos años después del regreso de Trump a la Casa Blanca, los analistas de Americans for Tax Fairness, coalición de más de 400 organizaciones que afirman perseguir la equidad tributaria, calculan que el patrimonio conjunto de los milmillonarios que residen en EEUU aumentó en 1,5 billones de dólares solo en 2025; nada menos que un 22% en un año, hasta los 8,2 billones. En una de sus últimas radiografías de situación cifraban en 1,96 billones (un 30,6% más) la riqueza acumulada desde noviembre de 2024, fecha de la victoria que llevó de nuevo a Trump a la Casa Blanca, hasta el segundo trimestre de este año. Más de la mitad de ese aumento lo acumularon las quince mayores fortunas del país.
El propio Trump, acusado de haber trasladado información privilegiada a sus círculos próximos en escaladas fulgurantes de criptoactivos o de la energía, aumentó en más de 3.000 millones de dólares su patrimonio personal el pasado ejercicio, según Forbes, y acumuló otros 1.400 millones solo en el ecosistema cripto, informa The Washington Post. Forbes estima que al término de 2025 su patrimonio personal alcanzó los 7.300 millones de dólares. Varios episodios mostraron la intencionalidad de sus políticas y sus actos.
En abril de 2025, Trump aconsejó públicamente adquirir activos de Wall Street apenas cuatro horas antes de anunciar una tregua arancelaria que disparó un 9,5% el S&P 500. Un mes después del inicio de las hostilidades contra Irán, anticipó que las petroleras americanas debían prepararse para ganar 63.000 millones de dólares con un barril a 100 dólares y poco después, Financial Times denunció operaciones con futuros petroleros por unos 580 millones de dólares realizadas minutos antes del anuncio de una tregua bélica propuesta por Washington. Y es inevitable mencionar la conexión entre un asesor financiero del secretario de Guerra de EEUU, Pete Hegseth, y el gigante BlackRock para tratar de invertir en un fondo especializado en Defensa las semanas previas al ataque militar contra el régimen de Teherán.
Precisamente Forbes contabilizó en marzo pasado 3.428 milmillonarios globales, 400 más que un año antes, con un patrimonio conjunto de 20,1 billones de dólares (algo más que el tamaño del PIB chino) y 4 billones por encima de los registrados en 2025, el equivalente a toda la capacidad productiva anual de Francia. De estas fortunas, 989 residían en EEUU, incluyendo a quince de los veinte mayores patrimonios del planeta. Chase Peterson-Withorn, responsable de la clasificación, atribuye esta expansión al auge de la Inteligencia Artificial (IA), la fortaleza bursátil y unas políticas fiscales favorables.
Wall Street enriquece a una minoría
La bolsa es el catalizador de esta brecha de desigualdad. Durante los primeros veinte meses del segundo mandato de Trump, hasta septiembre de 2026, el S&P 500 acumuló una revalorización próxima al 28% y el Nasdaq Composite superó el 35%. Las decisiones presidenciales han contribuido a expandir el actual ciclo tecnológico. Desde inversiones en IA a expectativas de beneficios empresariales, pasando por la concentración del mercado en selectos clubs de compañías, generalmente agrupados por sectores que se han dejado ver en los aledaños lobistas de Washington y de Mar-a-Lago, residencia personal del presidente en Florida. Todo ello explica una porción de estos beneficios caídos del cielo.
Aunque, sobre todo, la Administración Trump ha alumbrado este clima bursátil con sus rebajas fiscales al capital, la vía más legalista para acumular casi sin reservas las ganancias. Esta atmósfera ha propiciado que Elon Musk, dueño de Space X y Tesla, entre otras compañías, haya llevado sus beneficios a otra dimensión, afirma Americans for Tax Fairness. El patrimonio de Musk ha pasado de una valoración de 263.000 millones de dólares en noviembre de 2024 a cerca de 843.000 millones en marzo de 2026. Nada menos que 579.000 millones de diferencia.
Mientras, Larry Page, cofundador y máximo accionista de Google, obtuvo aproximadamente 113.000 millones y su socio Sergey Brin, 99.000 millones durante ese mismo periodo. Pese a ser revalorizaciones patrimoniales (no ingresos percibidos en efectivo), son unas formidables ampliaciones de riquezas individuales, si bien esta semana Musk (que aportó 446 millones a la campaña republicana en las midterms) ha visto evaporarse 113.000 millones de su riqueza teórica en solo dos días tras la debacle bursátil después de la victoria demócrata en las elecciones.
El think tank explica que este fenómeno bursátil se edifica mediante estructuras de propiedad extremadamente concentradas. Los propios datos de distribución de riqueza de la Reserva Federal estadounidense (Fed) muestran que el 1% más rico posee casi la mitad del valor de activos y fondos de inversión americanos. Si se incorpora el 9% de hogares que les seguirían en ingresos, casi el 88% de esa riqueza está en manos de solo el 10% de la población.
Los récords de Wall Street benefician de forma desproporcionada a los mayores tenedores de acciones. Cristina Tello-Trillo, analista del Center for American Progress, traslada esta brecha de rentas a cifras familiares. Entre finales de 2024 y marzo de 2026, el patrimonio promedio de los hogares pertenecientes al 0,1% más rico se incrementó en 9,6 millones de dólares. El del 1% más acomodado alcanzó los 1,8 millones. Pero para la mitad menos rica de la población, el aumento fue de 1.200 dólares por hogar; una distancia sideral, más de 8.000 veces superior.
La factura de Trump para las clases medias
Las recetas de baja presión impositiva de Trump han reforzado este diferencial. La famosa One Big Beautiful Bill Act (OBBBA), de julio de 2025, prolongó las notables rebajas fiscales y amplió varias ventajas a empresas y dueños de carteras de capital. Aunque incorporó ciertas desgravaciones a trabajadores, como las relacionadas con propinas u horas extraordinarias, sus beneficios se concentraron en los contribuyentes de rentas elevadas.
El Institute on Taxation and Economic Policy (ITEP) calcula que el 1% más rico de EEUU pagará 127.000 millones de dólares menos en impuestos este 2026 por estos cambios legislativos. Por si fuera poco, advierten de que los recortes tributarios acumulados por estos milmillonarios superarán el billón de dólares el próximo decenio y emiten un dictamen demoledor: el 20% de quienes declaran mayores ingresos concentrará el 73% de las ventajas fiscales de la OBBBA.
Steve Wamhoff, director de política fiscal de ITEP, considera que “las rebajas tributarias prometidas a los estadounidenses están siendo absorbidas por los mayores precios y los costes sanitarios” y que, “al evaluar conjuntamente impuestos y gastos familiares, prácticamente todos los grupos de renta salen perjudicados salvo el 1% más acomodado”.
Los aranceles también engrasan este engranaje. La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) admite que las nuevas barreras comerciales elevan los precios de las importaciones, reducen el poder adquisitivo, debilitan la inversión y trasladan los costes a los hogares. Mientras, las arcas federales han engordado por este concepto desde los 77.000 millones de dólares de 2024 a los 195.000 millones de 2025.
Paraísos fiscales, otro as en la manga
La concentración de riqueza tiene una dimensión internacional menos visible, la de los capitales canalizados hacia centros financieros offshore y jurisdicciones de baja tributación. Oxfam afirma que el patrimonio individual depositado en paraísos fiscales superó los 13,25 billones de dólares en 2023, alrededor del 12,5% del PIB mundial. Casi tanto con la suma de los PIB de Alemania, Japón y Reino Unido. De esa cantidad, el think-tank británico estima que 3,55 billones siguen sin declararse a las autoridades fiscales y que el 0,1% más rico concentra el 80% de esas evasiones.
El economista francés Gabriel Zucman, director del Observatorio Fiscal de la UE y discípulo aventajado de su compatriota Thomas Piketty, eleva la cantidad atesorada por ultrarricos y firmas privadas hasta los 45 billones de dólares. Esta cifra se asemeja a la suma de los PIB de EEUU y China, lo que implicaría que la riqueza oculta en paraísos fiscales sería la primera potencia global. La dinámica de evasión impositiva ha sido especialmente intensa desde el comienzo del actual ciclo de negocios post-Covid. En 2014, Tax Justice alertaba de que este montante rondaba los 32 billones.
Zucman es el principal defensor de la creación de un impuesto mínimo anual del 2% sobre el patrimonio de los milmillonarios que recaudaría globalmente hasta 250.000 millones de dólares. Mientras, Piketty defiende una fiscalidad patrimonial aún más progresiva, con tipos marginales mucho más elevados a las grandes fortunas para combatir la acumulación de riqueza en pocas manos y financiar con ellos los ascendentes gastos de los servicios públicos.
Es complejo que la ola azul de las midterms pueda devolver al escenario mundial la iniciativa de imponer un gravamen mínimo del 15% a los beneficios empresariales. Max Yoeli, analista de Chatham House, resalta que la nueva mayoría demócrata en el Congreso “no garantiza cambios fiscales, debido al veto presidencial y las limitaciones legislativas”. Pero recuperar la medida, auspiciada por Joe Biden desde el G-20, “podría volver a la agenda demócrata de cara a la cita presidencial de 2028”.
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