Lo que está en juego el 29-N
El economista estadounidense Paul Krugman ha escrito que la derrota del Partido Republicano por una diferencia de entre 14 y 15 puntos porcentuales en las elecciones de medio mandato (renovación total del Congreso y parcialmente del Senado y de los gobernadores) no solo ha respondido a las consecuencias de la guerra de Irán y al aumento de precios.
A su juicio ha influido también, leerlo resulta reconfortante, la creencia de los ciudadanos en los valores fundamentales de la nación que les ha motivado a frenar la autocracia, la prepotencia del dinero exhibida con formas groseras y horteras, el odio a los diferentes, con mayor intensidad a los musulmanes, y el desprecio de Trump y los tecnoligarcas a las regulaciones y a las reglas democráticas.
Decenas de miles de votantes hispanos se creyeron en 2024 que con Trump iba a bajar el coste de la vida y que los estadounidenses, fuera cual fuera su origen y su credo, iban a ser los primeros: Make America Great Again (MAGA). La prioridad nacional. ¿Y con qué se encontraron a los pocos días? Con un régimen que perseguía, arrestaba, encarcelaba y deportaba a sus familiares y amigos. Con fuerzas parapoliciales en las calles que sembraban el terror, con un aumento de precios y unos aranceles caóticos mientras aumentaba exponencialmente la fortuna familiar del presidente, de su entorno familiar y de sus amigos.
Por su parte, los afroamericanos acudieron a votar en masa contra un partido, el de Trump y su movimiento MAGA que fagocitó a los republicanos, abiertamente racista que pretendía cuestionarles el derecho al voto: supremacismo blanco, mal definido y entendido como cristiano.
Trump es el guía de la ultraderecha mundial con interlocutores en todos los países americanos y europeos. En España lo es Vox, así lo bendijo el presidente estadounidense, que ha decidido unir sus destinos con el PP para erradicar la encarnación del mal que es Pedro Sánchez.
En los últimos tiempos, se han normalizado insultos brutales, la deshumanización del enemigo, una marea de odio sin precedentes en la historia democrática española, una desconfianza institucional (no se respeta ya ni al presidente del Tribunal Constitucional), y en algunos casos conductas violentas en las calles que estremecen, sobre todo porque ya hace tiempo que no se condenan por parte de todos.
En España también hay decenas de miles de votantes de familias humildes, de jóvenes, de pensionistas, en los distritos de las ciudades y en el medio rural, que han asimilado el discurso simplista, faltón y desafiante de la ultraderecha. ¿Cabemos todos en la España del partido de Abascal, ahora aliado con el de Feijóo para llegar a la Moncloa sin hacer mucho ruido, intentando no asustar a los electores? ¿Cómo repercutirá esa alianza en la convivencia entre los diferentes cuando estamos viendo cómo se homenajea en la Comunidad de Madrid a algunos líderes latinoamericanos que relativizan las dictaduras y los desaparecidos?
Tomaremos nota, dijo esta misma semana Abascal como respuesta a los líderes sindicales tras la convocatoria de la huelga general del próximo miércoles 11 de noviembre. Tras reclamar la desconvocatoria el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, el secretario general de Comisiones Obreras, Unai Sordo, le lanzó en Zaragoza una pregunta: “La cuestión es si alguien aspira a gobernar España con un partido (en referencia a Vox) que propone una rebaja fiscal de unos 64.000 millones de euros, que supondrá reducir los ingresos del Estado cerca de un 4 por ciento del PIB, sin arruinar al país y a la ciudadanía del país”.
Si algo está revitalizando la democracia es la frescura y la autenticidad de la diversidad territorial, cultural y religiosa. Visualizar cómo pueden convivir un alcalde musulmán en Nueva York o un senador de la misma religión en el estado de Michigan con un senador ex seminarista (el primer demócrata desde 1988) y una gobernadora hispana en Texas, el segundo estado más poblado de Estados Unidos, y con la primera gobernadora negra de todo el país en Georgia.
En la convocatoria del 29-N, está en juego el futuro de la Unión Europea porque si algo está en el ADN de los partidos de ultraderecha es el regreso a los estados nación. Un retorno al nido identitario que sintoniza con el uso de un poder sin límites, reforzado por la desinformación digital, por parte de algunas superpotencias para fragmentar nuestro continente. Con sus recurrentes lagunas y contradicciones, la Unión Europea es el mejor modelo de defensa de los derechos sociales, de los servicios públicos, del multilateralismo y de los derechos humanos.
Definitivamente, las del 29-N van a ser unas elecciones trascendentales en las que habrá que discernir entre alternancia o involución y, sobre todo, qué fuerzas garantizan mejor la salud de la convivencia.
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