Cómo volver al sexo, al amor y a las citas después de mucho tiempo en una relación
La ruptura de una pareja después de muchos años de relación supone muchas cosas: desde una probable mudanza hasta el reparto de amistades. Y, por supuesto, el regreso al universo de la soltería, que puede haber cambiado mucho desde la última vez que se transitó. El desconcierto ante esa nueva realidad, la sensación de estar ‘oxidado’ en el arte del ligoteo y las expectativas que no encajan con lo que se encuentra son algunos de los sentimientos más habituales. Terminar con un noviazgo o matrimonio puede ser un alivio en muchos casos, pero empezar un nuevo idilio posiblemente conlleve una nueva mentalidad.
Susana (31 años) se separó en el verano de 2025 después de nueve años en pareja. Cuando recuperó las ganas de conocer a gente, en diciembre de ese año, lo hizo a través de una aplicación llamada Bumble y tuvo su primera cita a finales de ese mes. Esa forma de entrar en contacto con alguien desconocido no tenía nada que ver con la manera en la que se ligaba la última vez que estuvo soltera, hace casi una década. “Antes todo ocurría en los bares. A mis parejas anteriores las conocí en el trabajo, en la universidad y luego al resto de gente, de fiesta”, dice a elDiario.es.
Ella no se siente del todo cómoda como usuaria de estas apps. Aunque reconoce que “son bastante útiles y fáciles”, considera que se le da mejor interactuar en vivo. Le molestan ciertas actitudes que se dan en estas plataformas, sobre todo “la gente que te riñe en las bios y te dice: ‘No, si me saludas con un hola, ni te molestes’. Y es como, ‘¿Y tú cuando en un bar conoces a alguien cómo le saludas?’. O quienes te rompen el match porque no les has contestado a un mensaje”, desarrolla.
Seis meses después de romper con su novio tras casi dos décadas, María (43 años) se mudó sola a una ciudad en el extranjero. Se le ocurrió abrirse un perfil en una app con el objetivo de hacer vida social, pero cuando empezó a utilizarla, le entró la curiosidad y comenzó a buscar a personas con una intención más romántica: “Creo que porque era fácil más que por necesidad”. Para ella, el regreso a la soltería fue un shock, también porque se encontraba en otro país, donde la mayoría de sus coetáneos ya tenían casa, animales y trabajo estable: “Todo lo que yo no tenía, al menos en el rango de edad que yo buscaba, a partir de 35. Creo que eso hacía que buscasen relaciones más estables”.
El uso de estas plataformas también le produjo, como a Susana, sentimientos encontrados. Por un lado, “lo hace facilísimo, puedes flirtear con cualquiera un martes por la noche desde la cama cuando ni de coña estarías en un bar”. Pero por otro, considera que generan “vagancia” a sus usuarios: “Me resultaba difícil quedar en persona, mucho más que antes, como si la gente se conformara de alguna manera con mensajearte y ya”. Además, también le molesta mucho que haya individuos con más de un chat en marcha o que la posibilidad de ghosting sea mucho mayor de manera virtual.
La psicóloga Ainhoa Plata ha tratado a bastantes pacientes que se encontraban en este momento vital, sobre todo en una franja de edad que va de los 35 a los 50 años. Según su experiencia, hay una diferencia de ese comportamiento online entre géneros bastante marcada. “Los hombres se quejan principalmente del entorno digital: hacen match en apps de citas, pero la conversación no llega a ningún sitio. Las mujeres, en cambio, no tienen tanto problema en verse o conectar, pero les resulta difícil encontrar a alguien que busque realmente una relación estable”, considera.
Antes estaba más o menos socialmente aceptado que se podía ligar en cualquier lugar', dice Roberto (41 años), y ahora es una actividad más acotada a las aplicaciones
Es lo que, hasta ahora, ha percibido Marita (40 años). Después de una relación de más de un lustro, que en sus momentos finales “era una crónica de una muerte anunciada”, tardó dos semanas en liarse con alguien. Pero no fue hasta dos años después que se sintió preparada para embarcarse en algo más serio y fue cuando se encontró con “que el mercado es una feria de restos, ritos y retos”. Ella pasó el ‘luto’ de su ruptura a finales de la unión y afirma que es esencial “recalcar es que el duelo es sagrado, y mucha gente se lo intenta saltar enlazando casi relaciones que dejan a la otra persona rota y a quien tiene esas relaciones liana, con cientos de traumas no resueltos”.
Patricia Maget, psicóloga especializada en este campo, coincide con el diagnóstico de Marita. “Lo primero es, después de una ruptura, darse el tiempo de digerir todo lo que ha sucedido y de volver a redescubrirse. A menudo las prisas generan demasiada presión y se toman decisiones impulsivas más dirigidas a no enfrentar el dolor que a iniciar una nueva relación sólida”, detalla.
Aunque cabe pensar que los más jóvenes se adaptan mejor a la nueva realidad que las más mayores, no siempre es así. Un ejemplo es el de Lily (70 años), que ha estado casada dos veces, ha tenido otra relación sin boda y ha conocido a mucha gente. “Ahora no vivo con pareja desde hace un año y pico, y estoy perfectamente, pero no lo descarto en absoluto”, dice.
Ella ha vivido en Madrid casi toda su vida pero cuando se jubiló, hace una década, se mudó a Dénia, a un apartamento que había comprado con su primer esposo, que era su plan desde hace mucho tiempo. Fue sola porque sus hijos ya son mayores y su segundo marido murió a los seis años de casarse. “Aquí hay una aplicación que se llama Amigos de Denia y amigos de Alicante. Ahí encontré a mi tercera pareja”, explica. Esa relación terminó y en la actualidad utiliza sobre todo Tinder: “Ahora me apetece más conocer a alguien para salir, viajar y compartir momentos”, añade.
¿Quién tenía citas hace 15 años?
Una de las grandes novedades, aunque de entrada pueda no ser la más evidente, que trajeron las aplicaciones fueron las citas. Hasta entonces, el patrón solía ser conocer a alguien en un bar por la noche, hablar, mantener ciertos niveles de contacto físico y ya, y depende de cómo fuese, volver a verse. O coincidir en una quedada con amigos de amigos, o ligar en el trabajo o en la universidad. A Roberto (41 años), que comenzó con su ex a los 24, el concepto de ‘primera cita’ le sonaba “a comedia estadounidense de los años noventa o algo así, me parecía impensable en aquella época”. No es extraño si se contempla que las herramientas que se usan masivamente como Tinder, Bumble o Hinge se crearon en Estados Unidos.
Marita comenzó a tener ese tipo de encuentros por estas plataformas: “Hasta entonces, la historia solía seguir el patrón clásico de la juventud: conocer a alguien en un bar, acostarse con esa persona y si todo fluye, tener una segunda cita que en realidad, es la primera”. Sin embargo, ella cree que es necesario redefinir lo que significa ese concepto, porque si no hay intencionalidad de construir algo “¿se diferencia tanto de lo que supone quedar con tu amigo Pedro a las 18.30 a tomar una caña?”, reflexiona.
María tampoco recuerda citas en su veintena. “Conocí gente en la universidad, y amigos de amigos que salían con mi grupo un sábado o algo así y te fijabas en alguno al que no habías visto antes. Hablabas y si la cosa iba bien, pues te dabas el teléfono y a partir de ahí quedabas”, rememora. Aunque sea más mayor, la experiencia de Lily no dista tanto de la del resto de entrevistados: “Antes íbamos a bailar, que yo soy muy bailonga, pues te sacaban a bailar o los sacabas tú a ellos”.
Hay personas que sienten que no se gustan como antes, dudan sobre sí mismas y pueden llegar a tener la sensación de que no encajan en el mercado afectivo actual
Por otro lado, Roberto señala otro cambio en las dinámicas: “Antes estaba más o menos socialmente aceptado que se podía ligar en cualquier lugar y ahora es una actividad más acotada a las aplicaciones”. Según ha comprobado, existe gente que ni se plantea hacerlo en una discoteca y, de hecho, “hay quien lo puede percibir como algo violento e inapropiado”. Asimismo, cree que hay más ambigüedad en las relaciones y destaca, como mejor ejemplo, la situationship. “Antes no existía como tal. O erais novios o follamigos, pero no existía ese extraño área de los ‘casi algo’ donde hay cierta implicación física y emocional”, sostiene.
Susana no sabe si las que han cambiado son las dinámicas o ha sido ella, pero observa que los roles de género no han variado tanto. Asegura que algunas amigas le han recomendado esperar a que el hombre con el que ha salido le escriba primero, a la vez que amigos que le han confesado que si una chica les manda un mensaje demasiado pronto, pierden el interés. “Yo creía que era algo que ya habíamos superado”, piensa. Lily, por su parte, acusa a mucha gente de mentir en sus perfiles de las aplicaciones: “No dice ni su edad y se pone fotos de hace 20 o 10 años. O las hacen con la inteligencia artificial que sales guapísima, monísima y todo”.
El reto de adaptarse
Adaptarse a unos tiempos en los que las normas cambian (a veces para bien, otras no) a un ritmo vertiginoso no siempre es fácil para todo el mundo. Y no conseguirlo puede suponer un golpe para la autoestima. “Hay personas que sienten que no se gustan como antes, dudan sobre sí mismas y pueden llegar a tener la sensación de que no encajan en el mercado afectivo actual”, detalla Patricia Maget. Ella ha visto a pacientes que desistieron temporalmente de encontrar una nueva pareja “sobre todo después de experiencias frustrantes o decepcionantes”, mantiene.
Ainhoa Plata también ha visto cómo algunos ponen en pausa sus intenciones de emparejamiento: “No porque no deseen una relación, sino porque el coste emocional les resulta demasiado alto en ese instante”. Como profesional, ella recomienda revisar primero qué es lo que realmente se busca, no meterse prisa y abrir todos los canales de posibilidades posibles: “La vida adulta es rutinaria y los espacios de encuentro espontáneo se reducen mucho. La clave no es elegir entre apps o vida social, sino no limitarse a una sola vía”.
Maget invita a abrazar las posibles emociones negativas que se experimenten en esta nueva etapa como pueden ser incomodidad, vergüenza, incertidumbre, desconfianza o inseguridad de la misma forma que se hacen con otras más agradables como el alivio, la alegría o la excitación. Asimismo, aconseja no intentar encajar en “modelos de seducción artificiales” y mostrarse a los demás de forma natural “y sin intentar aparentar una versión idealizada de sí misma”.
La vida adulta es rutinaria y los espacios de encuentro espontáneo se reducen mucho. La clave no es elegir entre apps o vida social, sino no limitarse a una sola vía
De momento, Susana cree que está condenada a que no le funcione el ligoteo moderno y tampoco sabe si sería capaz de conseguirlo en persona: “Dicen que es como andar en bicicleta, que no se olvida. Pero la primera vez que monté en bicicleta después de siete u ocho años me pegué una leche impresionante”. Marita no ha encontrado pareja aún y no es muy optimista. Comenta que un amigo le dijo algo que le conviene revisar: “Te pasa como a los padres que dicen que a sus hijos el profesor les tiene manía y les echan del colegio. Si siempre le echan del colegio, es culpa del niño. El problema eres tú, no los otros”.
Roberto se ha hartado de primeras citas y ha borrado las aplicaciones y ahora liga lo mismo. Sostiene que está “más presente en el mundo con la mente abierta, dispuesto a que ocurra cualquier cosa, fuera de los reglamentos de las aplicaciones (pero no de internet: las redes sociales siguen funcionando bien quizá porque sí proporcionan ese contexto que las apps no ofrecen)”, matiza. Además, ha vuelto a confiar en “la fuerza de los terceros lugares”, en la posibilidad de hallar a alguien entre los amigos de los amigos y sobre todo “en la importancia del contexto como facilitador de vínculos: una fiesta, un concierto, una cena a la que se apunta alguien imprevisto”.
A Lily le gustan las citas, así que queda para comer con hombres a través de las aplicaciones, aunque antes habla con ellos por teléfono, para hacerse una idea de cómo pueden ser en persona. “A mí la soledad no me gusta, aunque esto tampoco significa que necesite a alguien. Soy muy independiente, pero no me gusta la soledad”, confirma. María sí ha encontrado un compañero estable en la jungla de las aplicaciones y las dinámicas cambiantes. “Espero que me dure mucho precisamente para no tener que volver ahí fuera que ¡hace mucho frío!”, concluye.
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