'Stack dating' o por qué hay gente que tiene tres citas la misma tarde: “Es muy artificial y poco justo, pero óptimo”
María mira su agenda antes de salir de casa. A las seis, café con uno. A las ocho, en otro bar, una nueva cita que empezará casi igual. No está nerviosa, tampoco tiene muchas expectativas. Lleva el piloto automático emocional puesto. Se ha arreglado lo justo, como cualquier día.
“Organizo mi semana con una agenda, por lo que no me resulta nada complicado quedar con varias personas el mismo día”, cuenta. “No es algo que haga habitualmente, pero si se da el caso de que tengo la semana muy apretada es normal que pase”. En parte, ve todo esto de las citas como algo más que encajar en su horario.
María, de Barcelona, no es la única en hacer esto. El origen de este artículo está precisamente en que varias personas me contaron que, si están en plena búsqueda de pareja, quedan con varias personas el mismo día o en el plazo de pocos días. Casi como si quisieran quitárselo de encima lo antes posible.
En el mundo anglosajón, tan dado a las etiquetas, han puesto nombre a este fenómeno: stack dating. Algo así como apilar citas o citas en cadena. Un concepto sintomático de cómo se están transformando nuestras relaciones.
Amor en modo eficiente
La lógica de las citas apiladas es muy sencilla. Si hay poco tiempo e infinitas opciones, lo más razonable es multiplicar las oportunidades. No concentrar la energía en una sola persona demasiado pronto. No ‘invertir mal’ una tarde entera.
Ramón decidió llevar esta lógica al extremo. Tuvo veinte citas en un mes. Siempre en el mismo sitio. “A las 8:30 en una cafetería del centro de Madrid. Y ya está, sin pretensión alguna”, comenta. “Es decir, me propuse conocer a diferentes seres humanos que, de entrada, por las fotos de la app, me parecía que no estaban mal. Quería ver qué derivaba de eso”.
Ramón decidió llevar esta lógica al extremo. Tuvo veinte citas en un mes. Siempre en el mismo sitio: 'A las 8:30 en una cafetería del centro de Madrid. Quería ver qué derivaba de eso
Había una estructura detrás de su estrategia, casi un método. “Igual que cuando he hecho selección de personal para mis empresas o mis proyectos, pues necesitaba ver a mucha gente”. El paralelismo no resulta casual, como veremos. La cita como proceso de selección. Como primera fase de algo que, quizá, avance y acabe en un ‘contrato’.
En el relato de Ramón el concepto de probabilidad está bastante presente. “Para mí la probabilidad de que se dé el hecho de que me guste el otro es compleja. Porque, bueno, se tienen que tocar muchas teclas a la vez”, confiesa. Frente a esa complejidad, la solución es aumentar el número de intentos. Ver a más gente. Reducir el margen de error a base de volumen.
Ese planteamiento no surge en el vacío. Tiene que ver con una forma de entender el tiempo y las decisiones vitales que se ha ido extendiendo a casi todos los ámbitos de la vida. La productividad se ha filtrado en el ocio, en los vínculos y en la forma de relacionarnos.
Luis Ayuso, catedrático de Sociología de la Universidad de Málaga, sitúa este tipo de prácticas dentro de una transformación más amplia. “Esto de conocer a gente mediante citas concertadas viene de la influencia anglosajona”, asegura. “En países como Estados Unidos, tradicionalmente se conoce a la pareja tras un proceso de citas. Es una forma de racionalizar los procesos de emparejamiento que se ha extendido a nuestro país”.
Hace años, “tener citas” era algo relativamente exótico en España, se conocía a la gente de otra forma: en la calle, en el autobús, en la iglesia, en un baile, en el trabajo… Pero a través de películas y series primero, y luego debido al funcionamiento de las aplicaciones de ligar, ‘la date’, la cita, también se ha asentado a este lado del Atlántico.
La posibilidad de conocer a alguien ya no está limitada por el barrio, el trabajo o el círculo social. Está mediada por aplicaciones, algoritmos y una oferta potencialmente infinita
Ayuso también señala que el “mercado de emparejamiento” ha cambiado mucho. “Durante siglos las personas con las que nos podíamos emparejar eran relativamente cercanas: eran amigos nuestros o de nuestra familia, vecinos, etc. Ahora estamos en un mercado global y eso lo ha transformado todo”. La posibilidad de conocer a alguien ya no está limitada por el barrio, el trabajo o el círculo social. Está medida por aplicaciones, algoritmos y una oferta potencialmente infinita. Eso introduce una variable clave: el coste de oportunidad.
“Si tú estás con una persona, no puedes estar con otra”, resume Ayuso. “Incluso cuando has conocido a alguien que te encaja, que te gusta mucho, aparece la duda. ‘Quizá ese gesto no me acaba de convencer’, ‘quizá eso que dijo el otro día es una mala señal’, nos decimos. Siempre te queda la duda de si puede haber alguien mejor”.
En ese marco, concentrar citas es para algunos una estrategia práctica y una forma de adaptarse a un entorno donde decidir implica renunciar a muchas otras opciones.
Entre la protección y la distancia
Para quienes lo practican, el stack dating tiene otra ventaja evidente. Reduce la presión asociada a cada encuentro. Permite relativizar lo que ocurre. Si una cita no funciona, hay otra en unas horas o al día siguiente. No hay tiempo para recrearse en la decepción.
Miguel de Bilbao lo explica con una fuerte dosis de sinceridad e ironía. “Mi plan era un poco ese ver al mayor número de gente posible”, cuenta. Su sistema también estaba bastante pulido. “Quedar tipo seis o así y hasta las nueve. Si la primera cita salía mal, iba a la segunda, a la segunda pantalla podríamos decir. Si veía que iba bien, cancelaba la de las nueve”.
La metáfora del videojuego. Ver las citas como niveles que se superan o se abandonan y se vuelven a intentar si te quedan vidas. “Si en la primera me mataba el monstruo, pues reiniciamos misión”. En ese esquema, la experiencia se vuelve más ligera en apariencia. “Todo muy artificial, muy poco justo, pero muy óptimo”, resume Miguel.
Por un lado, anhelamos una relación en mayúsculas y, por otro, huimos de vincularnos a ese nivel de profundidad', dice la psicóloga Patricia Sánchez. El stack dating permite sostener esa contradicción
María reconoce que hay algo de protección en esta forma de actuar. “Es probable que me dé pánico jugármelo todo a una sola carta”. Viene de una decepción reciente, una historia que no salió como esperaba. El stack dating aparece como una forma de evitar ese tipo de golpes.
Aun así, la protección tiene un coste. “Estoy convencida de que esta forma de actuar me impide conectar con la otra persona, porque sé que hay más en la cola”, reconoce.
Patricia Sánchez, psicóloga, lo explica desde una perspectiva más emocional: “La presión por encontrar a una persona que encaje lo más pronto posible, el miedo a quedarse sin esa pareja que desean y las prisas por conseguirlo a tiempo según los estándares sociales empujan a este tipo de dinámicas”.
A ese contexto se suma algo más profundo. “Se está instaurando en nuestro cuerpo y en nuestro inconsciente un patrón de recompensa inmediata, de buscar la dopamina instantánea en todo lo que hacemos”, explica.
El resultado es una tensión complicada de resolver. “Por un lado, anhelamos una relación en mayúsculas y, por otro, huimos de vincularnos a ese nivel de profundidad”. El stack dating permite sostener esa contradicción. Estar dentro y fuera al mismo tiempo.
Vínculos débiles en un mercado infinito
La práctica encaja con una transformación más amplia en la forma de construir relaciones. Ayuso recurre a un concepto clásico para explicarlo. “Como decía el sociólogo estadounidense Mark Granovetter tenemos dos tipos de vínculos, los vínculos fuertes y los vínculos débiles. Los vínculos fuertes son los que tenemos con nuestra familia, y luego están los vínculos débiles, que son gente con la que estamos vinculados, pero con quienes no nos abrimos del todo. En las relaciones de pareja actuales abundan los vínculos débiles. ¿Por qué? Pues porque el mercado de emparejamiento ha hecho que el coste de oportunidad haya cambiado”.
Hoy en día, los vínculos se inician con facilidad y se abandonan con la misma rapidez. “Y en una relación tan líquida nunca te acabas de abrir del todo y la otra persona tampoco. Realmente no nos conocemos”, asegura el catedrático.
Ramón lo describe con cierta extrañeza. “Al hacer esto tantas veces, te ves a ti mismo un poquito desde fuera y te empieza a dar hasta yuyu, dices, ‘Guau, esto es un poco psicopático”. Aun así, él, que finalmente conectó con alguien, no lo vive como una experiencia negativa. “Vi a 19 personas con las que la cosa no cuajó, como es normal. Al llegar a la 20, conecté de verdad”.
El desgaste inevitable
Detrás de la aparente ligereza, en todo este proceso es normal que se produzca un coste emocional, aunque aparezca con el tiempo. Patricia Sánchez lo plantea de forma directa. “Aunque parezca que la ansiedad se reduce, en realidad se puede llegar a multiplicar y, en ocasiones, mucho”.
El cuerpo se acostumbra a un nivel de activación constante. Cada cita implica una pequeña subida emocional. Expectativas, evaluación y una más que posible decepción. Al encadenarlas, ese ciclo se repite varias veces en pocas horas.
“Las emociones se disparan, se intensifican, se magnifican y se distorsionan”, explica. El cerebro no tiene tiempo de procesarlas. “No tenemos la capacidad de discernir dónde sí y dónde no”. Todo se mezcla. “Es posible, muy posible, que terminemos eligiendo mal”, asegura la experta, “desde una intensidad que puede resultar engañosa”.
En las relaciones de pareja actuales abundan los vínculos débiles. ¿Por qué? Pues porque el mercado de emparejamiento ha hecho que el coste de oportunidad haya cambiado
Las consecuencias van más allá de una mala elección puntual. “Esta forma de relacionarse favorece las relaciones frágiles y superficiales, fomenta un tipo de patrones muy dañinos”, valora la psicóloga. También alimenta una cierta fatiga: “Dejamos de creer en el amor y nos autoengañamos diciendo que estamos mejor solos”.
María lo expresa de una forma más personal. “De alguna manera me hace sentir más sola, especialmente si pienso que la otra persona está en el mismo plan que yo”. La sensación de poder ser sustituido por cualquiera aparece con bastante facilidad.
¿Nos estamos volviendo intercambiables?
Pero, ¿qué ocurre con la percepción del otro cuando se convierte en una pieza más dentro de una secuencia? Patricia Sánchez es clara: “Muchas personas se sienten objetos, se sienten mal en sus citas porque no se sienten escuchadas o porque notan que a la otra persona le da igual estar enfrente de uno o de otro”. La deshumanización probablemente no es consciente, pero se percibe.
Ayuso conecta este punto con una paradoja más amplia. “En una sociedad donde tenemos la capacidad de conocer a muchísima gente, tenemos el gran problema de que no encontramos a nadie”.
Las expectativas juegan un papel importante. A medida que aumenta la oferta, también lo hace la exigencia. Se busca una especie de ideal difícil de concretar. Cualquier defecto adquiere más peso cuando se percibe que hay alternativas disponibles.
María lo formula con una imagen potente. “Ha llegado a un punto en el que busco una especie de piedra filosofal en la otra persona que me hace cuestionarme si lo que no debería hacer sería tener citas conmigo”, afirma.
Entre dos modelos
El stack dating convive con tendencias que apuntan en direcciones distintas. Por un lado, una aceleración de los procesos, una mayor exposición, una lógica de mercado aplicada a los vínculos. Por otro, un cierto cansancio frente a esa dinámica.
Ayuso apunta a la posibilidad de un movimiento pendular. “No puedo demostrarlo con datos, pero creo que frente al modelo de la digitalización, de las citas rápidas, sería normal y esperable que se acabe buscando lo contrario. Una revalorización de lo pausado, de lo físico, de lo menos optimizado”, sostiene.
Ese posible giro no implicaría volver al pasado, sino integrar otras formas de relacionarse dentro del contexto actual. Más libertad, más opciones, pero también más tiempo y más conciencia de las propias decisiones.
Los nombres de las personas que han prestado su testimonio han sido cambiados para proteger su privacidad.
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