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Cuando tu hobby empieza a convertirse en un reto constante: “Vivir sin espacios libres de exigencia dificulta la desconexión”

"El ocio deja de ser un fin en sí mismo y pasa a evaluarse con preguntas como: ¿Estoy mejorando? ¿Estoy siendo constante? ¿Esto sirve para algo?".

Andrea Proenza

16 de abril de 2026 22:06 h

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En los últimos años, Internet ha consolidado una especie de imaginario compartido: al entrar en la crisis vital de los 30, cada persona parece elegir un starter pack con un nuevo hobby que nunca antes había explorado. Están quienes empiezan a jugar a pádel, quienes se enganchan a correr, quienes descubren el rocódromo, se hacen pajareros o se apuntan a clases de cerámica o crochet.

Pero los hobbies no aparecen solo como respuesta a estas crisis, sino que forman parte de la identidad que construimos a lo largo de la vida. En teoría, son ese espacio reservado al tiempo libre en el que practicamos actividades por gusto y sin una finalidad productiva. Así los define, al menos, la RAE: “Actividad que, como afición o pasatiempo favorito, se practica habitualmente en los ratos de ocio”.

Sin embargo, en una sociedad como la que vivimos, que valora la productividad por encima de todo y mide nuestra valía en relación al trabajo, cabe preguntarse hasta qué punto ese espacio sigue existiendo. ¿Somos realmente capaces de disfrutar de nuestras aficiones sin objetivos ni exigencias o, por el contrario, dejamos que recaiga sobre ellas el peso de la autoexigencia y el perfeccionamiento que caracterizan al trabajo contemporáneo?

Un espacio de disfrute y gozo

A día de hoy, nos encontramos en una paradoja en relación al tiempo de ocio. El filósofo Juan Evaristo Valls Boix, autor de los ensayos El derecho a las cosas bellas (Ariel, 2025) y JOMO, el gusto de perder (próximamente publicado en Anagrama), explica que “en la era del ocio, el ocio se ha vuelto imposible”. Vivimos en una sociedad de consumo en la que “todas nuestras aficiones o hábitos gustosos están mediados o por el trabajo o por el consumo. Y, por tanto, el tiempo libre es un tiempo a invertir o tiempo que aprovechar”. 

El problema es que nuestras aficiones, que originalmente estaban destinadas al disfrute, pasan por el filtro de la optimización e, incluso, de la rentabilidad. Si no somos buenos en algo, aunque disfrutemos con ello, lo abandonamos porque se considera una “pérdida de tiempo”. Esto es lo que le ha ocurrido a Laura, de 36 años, quien asegura haber dejado todos los hobbies que en algún momento inició —la cerámica, la repostería, el boxeo o el diseño de cestas de regalo para madres y bebés— por no ser lo suficientemente buena en ninguno de esos ámbitos: “Las cestas de regalo para bebés y mamás me quedaban preciosas… y luego vi con las que competía en Etsy”. 

Laura, de 36 años, ha dejado varios hobbies por sentir que no es lo suficientemente buena: 'Las cestas de regalo para bebés y mamás me quedaban preciosas… y luego vi con las que competía en Etsy

Esta comparación constante proviene, como explica Joana Tomàs, psicóloga especializada en ansiedad y autoexigencia, de “haber internalizado la lógica de la productividad no solo en los espacios de trabajo, sino también en los espacios de descanso. De esa forma, el ocio deja de ser un fin en sí mismo y pasa a evaluarse con preguntas como: ¿Estoy mejorando? ¿Estoy siendo constante? ¿Esto sirve para algo?”. Si la respuesta es, aparentemente, negativa, es entonces cuando surge la culpa: un sentimiento que termina por ser paralizante.

Esta lógica de la excelencia no es algo individual. En el episodio Muchachas excelentes del podcast Amiga Date Cuenta analizan cómo la exigencia de excelencia está profundamente vinculada a la vergüenza de clase y al género, y, a su vez, cómo eso limita la capacidad de hacer cosas sin la garantía de hacerlas bien. Kamila, de 31 años, lo expresa con claridad al reconocer que de pequeña fue la “niña superdotada” y ahora de adulta, si no es buena en algo al instante, lo deja. Un sentimiento que comparte con Marta, de 41 años, quien asegura que se autopresiona por conseguir resultados en cualquier cosa que haga: “Tengo superidentificado que esto es consecuencia del discurso que recibí tanto en el colegio como en casa cuando era niña”.

En ese sentido, Valls Boix explica la diferencia de cómo actúa la culpa en relación al género, y en un marco de heterosexualidad obligatoria. Mientras que las mujeres “sienten más vergüenza de hacer o participar por verse desautorizadas. En el caso de los hombres, el discurso hegemónico de la masculinidad cishetero pasa por la impenetrabilidad, es decir, por no mostrar tu vulnerabilidad, por estar siempre en dominio de la situación”. De una forma u otra, la necesidad de optimización acaba coartando la posibilidad de disfrute y gozo.

Para luchar contra esto, prosigue el filósofo y escritor, lo interesante “son las aficiones y los hobbies que no tienen ningún fin, sino que sencillamente son una forma de estar en el mundo”. En ese sentido, recuerda las palabras del también filósofo Roland Barthes en relación a la pereza, quien planteaba que le interesaba practicar algunas actividades que le gustaban mucho, pero en las que no era bueno, porque esas actividades, por un lado, le ayudaban a descomponer su narcisismo, y a que disfrutar no coincida con dominar. “Yo me sumo a la idea de Barthes de que estas actividades son una forma muy radical de libertad”. 

Lo interesante son las aficiones y los hobbies que no tienen ningún fin, sino que sencillamente son una forma de estar en el mundo

Juan Evaristo Valls Boix filósofo y escritor

Esto lo atestigua Leonor, de 25 años, que asegura que lo que más le gusta de sus clases de salsa es que tiene “superclaro que jamás voy a poder ser bailarina profesional —no se me da tan bien— y que sólo voy a pasármelo bien y a escuchar una música que me encanta y aprender sobre ella”. Así como Clara, de 39, quien encuentra en los hobbies —especialmente el crochet— “algo en lo que me puedo permitir ser mediocre sin culpabilidad, ya que, además, me dedico a una profesión en la que, lamentablemente, la perfección se valora muchísimo”. O Sofía, de 31 años, que ha encontrado en la cerámica una forma de reconciliarse con una idea que lleva escuchando desde pequeña: “Siempre me han dicho que soy supertorpe y no tengo maña para nada. [...] En este tiempo siento que he aprendido mucho, pero disfruto del gusto de hacerlo sin presión. A veces no me sale bien, practico el desapego y me reconcilio con mi impaciencia y ‘torpeza”. 

Pero, ¿qué ocurre cuando estos hobbies dejan de vivirse solo en privado y se les añade la dimensión pública de las redes sociales?

Vivir sin espacios libres de exigencia dificulta la desconexión, aumenta la fatiga mental y hace que las actividades que antes eran placenteras se conviertan en tareas a completar

Joana Tomàs psicóloga

La exposición pública del hobby

Las redes sociales se han convertido en una potencial fuente de inspiración en nuestras aficiones. La etiqueta #runningtips, con consejos para corredores, acumula más de 270.000 publicaciones en TikTok, #crochettutorial más de 500.000, mientras que #ceramics —donde se reúnen consejos, ideas, materiales, etc— supera el millón. Sin embargo, las redes sociales también han favorecido estas dinámicas de comparación, de autoexigencia y de rentabilidad. 

Al subir una foto de nuestros hobbies a redes sociales “convertimos nuestro tiempo libre y nuestro espacio y tiempo de esparcimiento en una mercancía. Y esa circulación genera reacciones, genera un tráfico y un afecto ligado a ese tráfico”, explica Valls Boix. Y ese afecto no siempre nos beneficia. Tomàs —psicóloga— asegura que “vivir sin espacios libres de exigencia dificulta la desconexión, aumenta la fatiga mental y hace que las actividades que antes eran placenteras se conviertan en tareas a completar”.

Es por ello que Cristina, de 42 años, quien, además de su trabajo, tiene una cuenta de lifestyle en Instagram donde, entre otras cosas, publica lo que cocina, reconoce que ha llegado a sentir ansiedad. “Cada vez que algo se te da bien, la mayoría de gente te insta a monetizar: ‘monta un restaurante’, ‘para cuándo el libro de recetas’, ‘grábalas en vídeo’. No puedo simplemente disfrutar de cocinar. A veces ni lo comparto porque, la mayoría de veces, la respuesta va ahí”. Diana, de 25, se ha sentido animada a mercantilizar sus hobbies en más de una ocasión, pero, finalmente, se “ha prohibido subir a redes el proceso o resultado de aquellos hobbies que hago por placer porque inevitablemente mientras lo hago me pondría a pensar si queda bien o si gustará y no tanto en si estoy disfrutando hacerlo”. 

Cada vez que algo se te da bien, la mayoría de gente te insta a monetizar: ‘monta un restaurante’, ‘para cuándo el libro de recetas’, ‘grábalas en vídeo’. No puedo simplemente disfrutar de cocinar

Cristina 42 años

Ese rechazo a monetizar un hobby también lo lleva por bandera Alba, de 34 años, ya que, para ella, “la vida buena es totalmente incompatible con la rentabilidad”. Por ello, la psicóloga Joana Tomàs reivindica que “hacer cosas sin objetivo no solo es útil, sino que es muy necesario. A nivel psicológico, estos momentos permiten regularnos, que recuperemos la energía, que tengamos la capacidad de descubrir y de disfrutar y, sobre todo, que podamos favorecer una creatividad más espontánea”.  

Esta creatividad no solo se encuentra en la práctica de los hobbies más tradicionales, sino que Valls Boix también defiende que “nuestro tiempo libre se puede invertir en la militancia, en el activismo, y puede ser algo absolutamente gustoso, divertido y celebrativo”. El objetivo final, por tanto, es concebir los hobbies, en cualquiera de sus formas, como un espacio de horizontalidad que rompa con las dinámicas capitalistas y que nos permita entender que no todo lo valioso tiene que ser rentable. Y que hay formas de vivir —más lentas y más torpes— que, precisamente por no servir para nada, merecen la pena.

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