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Entrevista

Alicia Valdés: “La ultraderecha está canalizando el malestar de los hombres jóvenes hacia los discursos antifeministas”

La investigadora Alicia Valdés, autora de 'Auge'.

Andrea Proenza

29 de mayo de 2026 22:31 h

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En los últimos años, una idea ha comenzado a repetirse con insistencia en titulares, tertulias, estudios y ficciones audiovisuales: los hombres jóvenes se están acercando a la extrema derecha y el feminismo tendría algo que ver con ese desplazamiento. La afirmación, formulada muchas veces en términos alarmistas, ha servido para instalar la idea de que la juventud masculina ha sido capturada por la manosfera, el antifeminismo y los discursos reaccionarios.

Alicia Valdés no niega que exista un malestar entre los hombres jóvenes, pero lo que sí discute es el diagnóstico que se está haciendo de ello. En Auge. Género, juventud y extrema derecha (Debate, 2026), la autora propone desplazar la pregunta: en lugar de asumir que el malestar masculino procede de los avances feministas, habría que mirar hacia un sistema económico en crisis que ha roto muchas de las promesas sobre las que se construyó la masculinidad tradicional.

“Creo que la retórica y el marco narrativo que se está instalando es muy alarmista”, explica Valdés, que ha trabajado con jóvenes en espacios de atención e intervención social. Esa experiencia, cuenta, fue una de las razones que la empujó a escribir el ensayo. “Quienes trabajamos en educación con jóvenes, o quienes trabajamos en el tercer sector con jóvenes, creo que vemos una heterogeneidad mucho mayor que la que queda reflejada en los discursos públicos actuales”.

El malestar no viene del feminismo

Uno de los puntos de partida del ensayo es el señalamiento de dos supuestos culpables del auge reaccionario: los hombres jóvenes y las feministas. Valdés sitúa un momento clave en enero de 2024, cuando empezaron a circular con fuerza estudios y análisis sobre una nueva brecha ideológica de género. Desde entonces, una parte del debate público ha tendido a presentar a los hombres jóvenes como sujetos especialmente proclives al antifeminismo.

Para la autora, el problema no está en observar ese fenómeno, sino el lugar desde el que se está explicando. “Es verdad que existe un malestar entre los jóvenes. Pero, ¿quién está canalizando ese malestar? La extrema derecha está sabiendo dar una especie de justificación a ese malestar al culpar a las feministas, y es el marco que no debemos comprar desde las izquierdas”.

Valdés insiste en que aceptar ese marco supone una trampa política. Si se asume que el malestar masculino nace de los avances feministas, entonces cualquier intento de atender ese malestar parece una concesión al antifeminismo. Su propuesta es otra: reconocer que existe, pero disputarle la explicación a la extrema derecha.

La extrema derecha está sabiendo dar una especie de justificación a ese malestar al culpar a las feministas, y es el marco que no debemos comprar desde las izquierdas

“Ese malestar masculino proviene de un sistema económico que está en crisis y que, efectivamente, está haciendo que todas las que estábamos mal, estemos peor, y que muchas personas que antes no estaban mal, empiecen a estarlo”. Esa es, probablemente, una de las ideas centrales del ensayo: el feminismo no es la causa del malestar masculino, pero sí puede ser una herramienta para interpretarlo de otro modo.

El papel de los medios en la alarma generacional

Otro de los puntos fundamentales que pone Valdés sobre la mesa es cómo la conversación sobre juventud y extrema derecha no se ha construido en el vacío, sino que ha sido alimentada por estudios, titulares, programas de televisión, columnas de opinión y productos culturales. 

En su opinión, el papel del periodismo no solo está siendo informar sobre el auge de la extrema derecha, sino que también está participando en las condiciones que hacen posible su espectacularización. “Los medios de comunicación se están eximiendo de la responsabilidad que tienen con respecto a los fenómenos políticos que ocurren”, afirma. 

A eso se suma una crisis más amplia de la profesión. “Nos encontramos ante una hiperespectacularización de la política”, apunta. “Y la estamos viendo a través de los titulares clickbaiteros, porque esta crisis del periodismo tiene también una crisis económica detrás. Si los medios de comunicación se mantienen, en muchas ocasiones, en base a los anuncios y los clics que reciben en su web, saben que van a recibir más dinero si el titular es alarmista, sensacionalista o si deja espacio al error y entonces la gente acaba clicando”.

Pero, además de la cuestión económica, ¿por qué interesa tanto saber quién se encuentra detrás de este fenómeno? “Creo que, por un lado, hay una especie de sadismo de poder machacar al otro y, por otro lado, también hay un efecto narcisista de decir ‘yo no he sido’ y así sentirnos mejor los unos con los otros”, explica Valdés.

Hemos considerado que el auge de la extrema derecha viene por parte de los jóvenes, en lugar de plantear que viene por parte de los adultos que forman parte de ello, o por parte de los medios de comunicación que le han dado voz, o por personas adultas que tienen posibilidad de voto

En este señalamiento, además, parecemos desviar la atención de otro lugar. “Hemos considerado que el auge de la extrema derecha viene por parte de los jóvenes, en lugar de plantear que el auge de la extrema derecha viene por parte de los adultos que forman parte de esa extrema derecha, o por parte de los medios de comunicación que han dado voz a la extrema derecha, o por personas adultas que tienen posibilidad de voto y que llevan votando a Vox desde 2018, cuando irrumpe en el Parlamento andaluz”, señala.

¿De qué hablamos cuando hablamos de juventud?

Otro de los elementos que atraviesa Auge es la propia categoría de juventud. ¿Tiene sentido hablar de “los jóvenes” como si constituyeran un bloque homogéneo? ¿Qué queda fuera cuando se agrupan experiencias tan distintas bajo un mismo marcador de edad?

Valdés no busca dar una única respuesta, pero sospecha que muchas veces, cuando se habla de juventud, en realidad se está hablando de precariedad. “A mí me parece interesante plantear la cuestión de a qué estamos llamando jóvenes”, asegura. “Mi experiencia laboral ha sido sobre todo como investigadora, y una cosa que me llama la atención es que con 30 años todavía me consideraban una investigadora joven, igual que ahora con casi 34 sigo siendo una escritora joven”.

Esa extensión permanente de la juventud no le parece casual. “En muchos casos, cuando estamos hablando de juventud, estamos hablando de precariedad”, sostiene. Y añade: “La esperanza de vida se alarga, pero no se alarga el tiempo que vamos a estar en buenas condiciones económicas. Lo que se alarga es un periodo de pobreza que se entiende como normal dentro de esta especie de orden cronológico capitalista que gobierna la vida”.

De la misma forma, el propio concepto de precariedad también corre el riesgo de suavizar realidades más duras. “Creo que, durante mucho tiempo, hablar de precariedad fue muy interesante, porque nos permitía hacer análisis más específicos sobre determinados sectores poblacionales a nivel socioeconómico, pero creo que llega un momento en el que el concepto de precariedad está empezando a comerse la idea de sectores más empobrecidos. Hay gente que no es precaria, sino que es pobre”.

La caída de la categoría Hombre

El núcleo político de Auge aparece cuando Valdés analiza la crisis de ciertos arquetipos masculinos, especialmente aquel que ella denomina PPP (Protector, Proveedor y Procreador), como una analogía al perro potencialmente peligroso. Durante décadas, el capitalismo sostuvo esta figura concreta de hombre, como un modelo inseparable de la división sexual del trabajo y de la pareja heterosexual clásica.

“Desde los feminismos y la teoría queer nos empezamos a cargar todo lo que entra dentro de la categoría Mujer, y hemos empezado generar nuevas maneras de ser desde un punto de vista de la emancipación y de la liberación. Pero todavía no se ha hecho el mismo trabajo con la categoría Hombre”, explica. El resultado es que muchos jóvenes se encuentran con un modelo tradicional que ya no funciona, pero sin alternativas suficientemente deseables o disponibles. 

Ese derrumbe, además, no afecta a todos por igual. Valdés subraya la importancia de la dimensión de clase: “Hay muchos hombres de clase obrera que ya no encajan en ese PPP”. Y si el capitalismo ya no garantiza a muchos hombres el lugar que les había prometido, la extrema derecha les ofrece una explicación desde el antifeminismo, y algunos gurús digitales les venden una salida individualista. “Ahora ser Hombre no es esa idea del hombre obrero, sino que es la idea del hombre emprendedor. Ahí entran los manfluencers, es decir, el ser dueño de ti mismo, ser jefe de ti mismo, los burpees, los hombres de alto valor, la red pill, etc.”.

Ahora ser Hombre no es esa idea del hombre obrero, sino que es la idea del hombre emprendedor. Ahí entran los 'manfluencers': el ser dueño de ti mismo, ser jefe de ti mismo, los burpees, los hombres de alto valor, la red pill, etc.

Frente a ese escenario, Valdés propone algo que puede resultar incómodo: entrar en la conversación sobre la masculinidad. No para recentrar a los hombres ni para desplazar las luchas feministas, sino para impedir que la extrema derecha sea la única que ofrezca respuestas. “Hay que empezar a hacer un buen diagnóstico feminista y de clase a lo que está sucediendo, y ahí tenemos que ser capaces de ofrecer caminos e itinerarios alternativos sobre qué es ‘ser hombre’, pero también sobre qué es ser hombre heterosexual y qué es ser un hombre al que le gusta fútbol, etc.”.

El reto, para ella, consiste en no dejar que el reconocimiento del malestar masculino sea capturado por la derecha. “Hemos caído tanto en la retórica de la extrema derecha de que el agravio al hombre es culpa de la mujer feminista, que ya no somos capaces de reconocer el agravio masculino. Y no, lo que le está pasando al hombre en términos de negatividad es culpa del capitalismo, no del feminismo”.

¿Quién debe hacer pedagogía?

La pregunta final es inevitable: si es necesario construir modelos alternativos para los hombres jóvenes, ¿sobre quién recae esta tarea? Valdés reconoce el cansancio de muchas feministas ante la exigencia permanente de pedagogía. “Yo entiendo que hay un cansancio y un hastío por parte de quienes llevamos muchos años poniendo el cuerpo en la elaboración y en la difusión de una narrativa feminista. Sufrimos acoso, sufrimos violencias y llega un momento en el que, obviamente, tienes que poner una serie de límites o limitar los espacios en los que participas”.

No todas las feministas tienen por qué asumir esa tarea. “Entiendo que haya compañeras que no lo quieran hacer, pero para mí lo relevante es darnos cuenta de que esto se tiene que hacer”, asegura. “Los chavales jóvenes necesitan el feminismo y nosotros tenemos que conseguir hacer un feminismo que llegue a ellos”, afirma. Para Valdés, renunciar a disputar esa conversación sería asumir que un adolescente ya está perdido antes de tiempo. Y eso, dice, entra en contradicción con la propia idea de activismo. “No podemos pensar que es imposible cambiar a un chaval de 15 años. El activismo tiene que partir de la idea de que las cosas pueden cambiar”, concluye.

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