La portada de mañana
Acceder
La “prioridad nacional” toma forma en los gobiernos autonómicos de PP y Vox
Primera entrega del Especial por el Mundial - 'El Mundial de Calígula', por Gonzo
Opinión - 'El regreso de la necesidad de creer', por Alberto Garzón
Entrevista

Juan Evaristo Valls Boix, filósofo: “Hay muy pocos espacios de ocio y de descanso concebidos para perder el tiempo”

El filósofo Juan Evaristo Valls Boix, autor de 'JOMO. El gusto de perder'.

Andrea Proenza

10 de junio de 2026 22:18 h

0

“Estoy cansada”, “voy a mil cosas”, “qué ganas de que lleguen las vacaciones”... Preguntar a alguien cómo está implica, muchas veces, escuchar alguna variación de la misma idea: agotamiento, saturación, falta de tiempo y deseo de parar. Vivimos cansados, pero también culpables por estarlo. Queremos descansar, pero sentimos que no deberíamos. Deseamos perdernos cosas, pero seguimos atrapados en la obligación de estar disponibles para todo: el trabajo, el ocio, el consumo, los demás y nosotros mismos.

De esa tensión parte Juan Evaristo Valls Boix (Elche, 1990) en el ensayo que acaba de publicar dentro de la colección Cuadernos de Anagrama, JOMO. El gusto de perder, donde toma el concepto de JOMO —siglas de Joy Of Missing Out, el “placer de perderse algo”— para politizar el cansancio contemporáneo. Frente al FOMO, ese miedo a perderse un plan, una oportunidad laboral, una experiencia o una forma de vida, el JOMO aparece como una pequeña grieta en la lógica de la productividad permanente.

Continuando con la labor que ya estaba realizando en sus últimos trabajos El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (Ariel, 2025) o el reciente Dolor capital. Afectos de resistencia y malestar social (NED Ediciones, 2026), donde ejerce como editor, en esta ocasión toma los memes [JOMO y FOMO] por ser, hoy en día, “una de las dimensiones más importantes de la cultura popular”. El filósofo explica que la cultura memética es “un espacio de análisis sintomático donde va circulando el modo en que escribimos nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestros miedos y nuestros malestares”. Pero, sobre todo, “son una forma social de señalar el malestar y de señalarlo en un sentido colectivo”.

Sacar las camas a la calle

El término JOMO parece surgir en una entrada de blog del emprendedor Anil Dash quien, en 2012, lo utilizó como una respuesta al FOMO de vivir en una ciudad como Nueva York, en la que a veces hay que asumir que no se puede estar en todas partes y que es “mejor disfrutar de las acogedoras delicias que nos confortan en casa”. El JOMO podría entenderse, en una primera lectura, como una invitación a quedarse en casa, apagar el móvil y refugiarse en el espacio privado. 

Esta podría ser la posición del filósofo Byung-Chul Han, quien acuñó la consigna “quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia”. Sin embargo, a Valls Boix esa interpretación no solo le parece insuficiente, sino también peligrosa. “Esa es una posición que me parece sumamente problemática y limitada, porque no todo el mundo tiene casa, porque reinscribe la protesta en un marco individual basado en el hogar, y sobre todo porque da por sentado que los cuidados y la reproducción social son una cuestión privada”, explica.

Frente a esa retirada, el autor propone otra imagen: sacar el descanso del dormitorio, del sofá y de la intimidad familiar. “Creo que la forma de politizar el JOMO o de politizar este cansancio tiene que ver más bien con una expresión de Emanuele Coccia que dice que, ahora que el trabajo está entrando en nuestras casas, lo que tenemos que hacer es sacar las camas a la calle”.

La concepción neoliberal del trabajo nos lo ha vendido como un espacio fantástico de realización personal

Si en los últimos años el trabajo ha invadido el hogar, quizá la respuesta no sea, por tanto, encerrarse todavía más, sino llevar el descanso al espacio común. Pensar la ciudad no solo como lugar de tránsito, consumo y productividad, sino también como infraestructura para dormir, parar, cuidarse y perder el tiempo.

La fantasía rota del trabajo

En el ensayo, Valls Boix detecta un cambio generacional en relación a cómo la identidad que construimos cada vez está más desligada del trabajo. Y este, a su vez, no puede separarse de la precariedad. El deseo de una vida más lenta no aparece en el vacío, sino en un contexto donde el trabajo ha dejado de funcionar como garantía de estabilidad, reconocimiento o futuro. Especialmente para quienes se incorporan ahora al mercado laboral, aunque el fenómeno no se agota en una lectura generacional.

“La concepción neoliberal del trabajo nos lo ha vendido como un espacio fantástico de realización personal. Por eso Mark Fisher decía esto de que el capitalismo ha colonizado la vida onírica, porque soñamos con nuestro trabajo, soñamos en trabajar”, asegura Valls Boix. Durante un tiempo, esa fantasía funcionó como compensación simbólica ante unas condiciones materiales cada vez peores. Si el empleo no ofrecía suficiente salario, seguridad o derechos, al menos prometía identidad, pasión o propósito. 

Pero esa promesa también se ha desgastado. “Todo el ciclo de políticas de austeridad de los años 2010, y en particular de la pandemia, ha roto esa fantasía del trabajo como espacio de fantasía y de realización personal”, sostiene. “Entonces, una vez se rompe esa fantasía, efectivamente ya no vale la pena trabajar”. ¿Y qué aparece después? “Ganamos una conciencia crítica justamente de la precariedad, de que esto no vale la pena, de que este sistema está hipotecando sistemáticamente la vida, que nos destroza la cabeza perder la atención, que solo aporta fragilidad a nuestros vínculos, etc.”, explica el filósofo.

Ahí es donde el JOMO adquiere valor político. No como simple gusto por quedarse en casa, sino como una conciencia afectiva del límite. “La conciencia afectiva del JOMO, el gusto por el descanso, el gusto por estar tranquila con las amigas, poder tener tiempo holgado, esta conciencia afectiva es una conciencia crítica expandida”, resume.

Contra la obligación de “darlo todo”

¿Cuántas veces habremos escuchado la frase “voy a darlo todo”? Esta puede ser aplicada en términos de ocio cuando sales de fiesta, en un contexto deportivo o incluso de trabajo. El mandato de “darlo todo” reproduce la misma lógica de agotamiento que el FOMO: hay que aprovechar el tiempo libre, acumular experiencias, exprimir el deseo y no perderse nada. “Este eslogan de 'darlo todo' es particularmente perverso porque se ha convertido también en una demanda laboral”, explica Valls Boix. “El FOMO nunca ha sido solo una cuestión de sociedad de consumo. El FOMO señala una lógica laboral de pluriempleo, de no perder esta oportunidad”.

El FOMO nunca ha sido solo una cuestión de sociedad de consumo. El FOMO señala una lógica laboral de pluriempleo, de no perder esta oportunidad

El miedo a perderse algo no se reduce a no ir al concierto, al museo o a una fiesta. “También aparece en el freelance que no puede rechazar un encargo o en el falso autónomo que teme dejar de recibir llamadas. Ahí hay mucho FOMO porque no puedes perder esa oportunidad de trabajo. Porque si dices que no, igual ya no te vuelven a llamar”, señala.

El resultado es una disponibilidad total. Para el empleo y para el disfrute. Para producir y para consumir. “Hay una perversión de la presunta omnipotencia que nos promete el capitalismo”, señala. Frente a esa lógica, el autor reivindica otra relación con el ocio: no darlo todo, sino perder el tiempo. “Creo que lo interesante de lo que puede ser valioso en el ocio o en el descanso no es tanto dar como perder”, plantea. “Cuando perdemos hay algo del orden de la celebración, es decir, algo que no sirve para nada más que para irse. Perder el tiempo es realmente lo único que escapa a todos los círculos económicos”.

El problema, insiste, es que nuestras ciudades no están pensadas para eso. “Nuestros espacios de ocio, efectivamente, están pensados para darlo todo, para agotarse y para entregar todas nuestras energías. Hay muy pocos espacios de ocio y de descanso, en un sentido urbano y político, concebidos para perder el tiempo”.

El cansancio como vínculo

El ensayo de Valls Boix no se limita a diagnosticar una sociedad agotada, sino que también intenta pensar qué tipo de vínculo político podría nacer de ese cansancio compartido. En un contexto de despolitización, fragmentación y relaciones cada vez más mediadas por el interés económico, la pregunta es: qué tenemos en común cuando parece que ya no compartimos casi nada.

Perder el tiempo es realmente lo único que escapa a todos los círculos económicos

“El gran desafío de la política es pensar cómo vivir juntos sin tener nada en común, cómo organizarnos sin tener nada en común”, sostiene. Su respuesta pasa, precisamente, por aquello que perdemos: “Si hay algo que tenemos en común justamente es lo que perdemos. Es decir, es el cansancio o, si se quiere, el dolor capital: el conjunto de malestares que experimentamos cada cuerpo de forma singular, por pertenecer a un mismo sistema socioeconómico, que puede ser el estrés, que puede ser la depresión, la ansiedad...”.

El cansancio es común, pero no uniforme. Cada cuerpo se agota de una manera y cada persona somatiza el estrés, la ansiedad o la fatiga de formas distintas. Esa singularidad no impide la organización, sino que, al contrario, puede ser su punto de partida. Desde ahí, el autor propone pensar el descanso no como un asunto privado, sino como una cuestión política. “Me parece que la organización política del descanso, que es otra necesidad de sacar las camas a la calle, de no entender que el sueño del descanso es privado, individual o familiar, trae un vínculo político, porque la conciencia del cansancio o la lucidez del cansancio empieza ahí”, asegura.

No se trata solo de dormir más, trabajar menos o apagar el teléfono, aunque todo eso sea importante. Se trata de imaginar otra forma de vida buena en la que el tiempo no esté permanentemente hipotecado. “Para mí esta es la clave, entender que en nuestro rechazo del trabajo, o en nuestro hartazgo del trabajo, hay una fuerza y una rabia y un deseo de rechazo que es muy valioso y que realmente puede traer una nueva forma de entender el compromiso político”, concluye.

Etiquetas
stats