Lionel Delgado, sociólogo: “Cuanto más hastiada está una población, más peso adquieren las culturas manosféricas”
Cuando hablamos de discursos violentos y reaccionarios, habitualmente lo hacemos desde el prisma de quien recibe esa violencia, o desde los privilegios que desean mantener aquellos que la ejercen. Es un tipo de violencia que se propaga en el ámbito digital, pero que bebe directamente de los espacios offline y de las estructuras de poder que atraviesan “instituciones” como la familia o la heterosexualidad. Sin embargo, pocas veces se aborda esta cuestión desde el plano de los afectos y, particularmente, la del placer intrínseco a la violencia.
“¿Por qué seducen tanto los discursos de odio? ¿Por qué lo políticamente incorrecto se vive como una liberación? ¿Y por qué deseamos aquello que nos hace daño?” Estas son las preguntas de las que nace el primer ensayo del sociólogo, investigador y formador Lionel Delgado, Tristes y salvajes. Políticas del deseo más allá de la manosfera (Ariel), en el que aborda muchas de las cuestiones en torno a las masculinidades que trabaja junto a chicos jóvenes y profesorado en las formaciones que imparte.
¿De dónde nace tu interés por escribir este ensayo y por abordar fenómenos como la manosfera desde el terreno de los afectos?
El ensayo parte de una posición teórica fuerte, pero también de la práctica. Llevo muchos años trabajando con hombres adultos y jóvenes. A día de hoy, los discursos de la manosfera se han abordado de una manera muy polémica y, a veces, muy simplista. Lo mismo sucede con la masculinidad. Creía que hacía falta introducir algunos elementos en el debate, porque tendemos mucho a moralizarlo, simplificarlo y generar polémica. Es un tema muy complejo y merece una atención en profundidad.
En el ensayo planteas que la masculinidad no se configura únicamente a través del género, sino también mediante el capitalismo y el neoliberalismo. ¿Cómo influye esto en la construcción contemporánea de la masculinidad?
Creo que era muy importante poner este factor sobre la mesa. El feminismo y los estudios de género han señalado claramente la importancia de estudiar las diferencias de clase y la interseccionalidad. Sin embargo, cuando hablamos de hombres, el análisis parece simplificarse. Repetimos como loros la interseccionalidad y los distintos ejes, pero, cuando analizamos la masculinidad, parece que esos ejes desaparecen. Terminamos trabajando con los chavales desde un moralismo de género, sin tener en cuenta la perspectiva de clase ni los contextos neoliberales en los que se muestra una imagen de la vida saturada de competitividad, individualismo y mejora personal.
Habitualmente, las masculinidades reaccionarias se analizan desde un mantenimiento de los privilegios. Sin embargo, tú también pones el foco en el placer que algunos hombres encuentran al habitar esas identidades.
Pensar que somos soldados del patriarcado y que, si no queremos cambiar, es simplemente porque queremos mantenerlo vigente implica una lectura demasiado sencilla. Resulta más interesante analizar qué tienen de seductor esas masculinidades y por qué es tan difícil contraponerles un modelo que despierte los mismos afectos. La masculinidad tiene un goce de fondo, igual que lo tiene la feminidad normativa. Reconocerlo nos permite plantear preguntas distintas a la idea de que abrazamos la norma por puro privilegio o por inercia.
¿Esto tiene que ver con la falta de modelos alternativos de masculinidad que sean atractivos?
Sí, frente a la masculinidad tradicional, a menudo proponemos que los hombres sean más blandos, más tranquilos, más suaves al hablar y al relacionarse, que ocupen menos espacio o adopten determinadas estéticas. En las interacciones entre chavales hay un factor de diversión que, aunque resulte incómodo decirlo, debemos reconocer: jugar al riesgo, picarse mutuamente, jugar a los golpes o hacer chistes políticamente incorrectos. Hay un disfrute muy fuerte. Asumir que existe y que debemos trabajarlo nos permite entender mejor por qué nos apegamos a ciertos estilos de vida y modelos de género.
En el libro también hablas de la necesidad de «duelar» un género y las expectativas de vida vinculadas a él. ¿Se ha subestimado el vértigo que puede conllevar ese proceso de transformación?
Creo que hemos sido algo paternalistas y simplistas al exigir un cambio de género sin tener en cuenta lo que supone. Hemos insistido mucho en la necesidad de alejarnos de la normatividad, algo con lo que estoy de acuerdo, pero los afectos no se eliminan, se redirigen. Hemos repetido que los hombres tienen que cambiar, pero hemos dado muy pocas claves sobre hacia dónde deben hacerlo. Ese vacío de metas genera mucha confusión y mucho vértigo. ¿Hacia dónde se supone que debe dirigirse el cambio? ¿Qué tiene de deseable esa “nueva masculinidad”? Si la nueva masculinidad solo implica renunciar y no afirma nada, queda como un modelo muy endeble. Enfrente tienen un modelo neoliberal y competitivo que promete estatus, riqueza, aceptación, deseo, envidia, certeza, tranquilidad y poder. Evidentemente, la ecuación está descompensada.
Hemos repetido que los hombres tienen que cambiar, pero hemos dado muy pocas claves sobre hacia dónde deben hacerlo. Ese vacío de metas genera mucha confusión y mucho vértigo
Planteas una autocrítica hacia ciertos discursos que no dejan demasiado espacio para la duda, el error o la incomodidad. ¿Cómo se puede reconocer el privilegio masculino y, al mismo tiempo, permitir que quienes han sido socializados en la masculinidad hegemónica puedan equivocarse y aprender?
Esta es una de las grandes carencias de la justicia restaurativa. Repetimos que debemos caminar hacia ella, pero en los entornos militantes existe muy poca tolerancia hacia el error. Cuando trabajo con hombres, siempre digo que un hombre feminista no tiene por qué ser perfecto ni tiene que evitar equivocarse siempre. Se trata de aplicar las tres erres: reconocer la cagada, responsabilizarnos de ella e intentar repararla siempre que podamos.
Sin embargo, existe la percepción social de que no hay margen de error. Creo que la idea de la cancelación es, en buena medida, un invento social. Las mujeres aguantan mucho más de lo que deberían y cancelan mucho menos de lo que se dice, pero sí existe el miedo a que, si uno se equivoca, se le busque, se le señale y se utilice ese error para hacerle daño. Esa percepción ha hecho que muchos hombres sientan que no existe margen para equivocarse. Y, cuando no existe ese margen, hay muy poca comodidad para transitar las incomodidades y los errores propios de cualquier proceso de cambio.
¿Qué relación existe entre el debilitamiento de los vínculos colectivos, el auge de la manosfera y la pérdida de los espacios comunitarios?
No se puede entender el auge reaccionario sin tener en cuenta la desaparición de los espacios colectivos, porque es en ellos donde se producen el intercambio, la transición, la incomodidad y la gestión del conflicto. Cuando participas en un movimiento social, estás gestionando constantemente los roces, las molestias y la incomodidad del otro. Cuanto más nos aislamos, menos participación social existe. Han decaído las asociaciones vecinales, el activismo asambleario y los espacios de encuentro. Además, determinadas políticas de seguridad urbana han provocado que abandonemos los espacios públicos. Cada vez podemos hacer menos cosas en la calle o en las plazas.
Esta eliminación neoliberal de los espacios comunitarios hace que estemos cada vez más aislados y solos, consumiendo redes sociales. Y las redes potencian una cultura individualista y muy centrada en la polémica. Reproducimos una lógica que nos distancia y que coloca en el centro del debate el riesgo y el peligro, en lugar de la convivencia, la negociación y la gestión de la incomodidad.
En el ensayo relacionas la precariedad, el abandono institucional y el empobrecimiento de la vida comunitaria con una especie de anestesia cotidiana. ¿Cómo pueden la monotonía y la falta de horizontes convertir las culturas reaccionarias y violentas en algo atractivo?
Es importante entender que, a veces, la violencia no es un fin en sí mismo, sino que es instrumental. Creo que lo que sucedió en Torre Pacheco, por ejemplo, no puede separarse de un contexto socialmente degradado: una comunidad sometida a la agricultura intensiva, la mano de obra barata y precaria y unos conflictos comunitarios que nadie quiere resolver. La presión aumenta hasta que la olla termina estallando. Cuanto más hastiada está una población y menos ilusionante resulta la vida, más peso adquieren las culturas que prometen estímulos fuertes y una salida del gris monótono de la existencia a través de estallidos de rabia y rebelión, que se vuelven algo atractivo. Si viviéramos en sociedades preocupadas por la satisfacción vital, quizá aparecerían otras formas de movilización.
Los jóvenes no están al margen de los debates sociales. Si solo hablamos de ellos para decir que son fascistas, antifeministas y que nos dan miedo, eso tendrá un impacto. Puede generar más distancia e incluso alimentar las posiciones reactivas
A partir de tu experiencia trabajando con jóvenes, señalas que un comentario machista, racista o transgresor no implica necesariamente que exista una identidad ideológica plenamente asentada.
Es fundamental distinguir entre valores, ideas, prácticas e identidades. Nadie actúa siempre de acuerdo con lo que piensa ni dice exactamente lo mismo en todos los contextos. Tampoco está siempre claro qué identidad tiene una persona. Tener dudas o críticas hacia el feminismo no convierte automáticamente a alguien en antifeminista, de la misma manera que criticar a la izquierda institucional no convierte a una persona en contraria a la izquierda.
Cuando trabajas directamente con jóvenes, aparece una realidad mucho más mixta, confusa, incoherente y contradictoria. Hay chavales que dicen una cosa en clase y otra completamente distinta en el pasillo. Algunos critican el feminismo, pero, al hablar con ellos individualmente, son tremendamente igualitarios y se preocupan por los derechos de las mujeres. A veces solo quieren plantear debates incómodos, y eso no los convierte necesariamente en antifeministas. En un taller, por ejemplo, un chico preguntó por las supuestas quinientas leyes que benefician a las mujeres y perjudican a los hombres. Después hablé con él en el pasillo y descubrí que ni siquiera creía que eso fuera verdad. Se lo había dicho su padre, que era abogado, y quería saber qué pensábamos. Sin embargo, en el aula podemos interpretar rápidamente esa pregunta como una posición reaccionaria.
Terminamos por participar del prejuicio de que todos los jóvenes tienen ideas reaccionarias…
Esos juicios han simplificado mucho el tema y han creado un retrato de la juventud que no refleja lo que hay. En relación a esto, también se debe exigir una responsabilidad a los medios y discursos públicos. Los jóvenes no están al margen de los debates sociales. Si solo hablamos de ellos para decir que son fascistas, antifeministas y que nos dan miedo, eso tendrá un impacto. Puede generar más distancia e incluso alimentar las posiciones reactivas, porque el joven descubre que la postura de moda, políticamente incorrecta y capaz de provocar miedo en sus profesores es la del chaval antifeminista. Y eso genera atracción.
Existe una gran preocupación pública por el supuesto giro reaccionario de la juventud, pero la educación en igualdad suele reducirse a talleres aislados y precarios.
Esa es la gran ironía. Nos preocupan muchísimo los jóvenes, pero, mientras tanto, estamos desmantelando la educación pública. No hacemos leyes que garanticen el acceso a una vivienda digna ni afrontamos una lucha anticapitalista contra los grandes magnates digitales, cuyos algoritmos siguen difundiendo bulos y promoviendo la cultura del odio. En el libro explico que los debates sobre la imaginación política resultan ingenuos si no tienen en cuenta la desconfianza y las heridas que siguen abiertas. Es difícil imaginar un futuro distinto cuando el profesorado y los formadores de igualdad están completamente quemados.
Queremos que los jóvenes sean más igualitarios, pero no atendemos a las condiciones materiales de fondo. Mientras tanto, las redes sociales les dicen que la buena vida y la felicidad llegarán cuando se conviertan en la mejor versión de sí mismos, compitan, inviertan en su capital humano y acumulen riqueza, estatus y capital social, erótico y económico. Estamos intentando luchar contra un gigante de una manera totalmente desorganizada y sin tocar aquello que deberíamos transformar. Eso nos conduce a un callejón sin salida.
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