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Los gurús de la manosfera y su falsa receta para que niños y chavales se conviertan en ‘hombres de verdad’

Justin Waller, uno de los protagonistas del documental 'Dentro de la manosfera'.

Marta Sader

2 de abril de 2026 22:05 h

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Mientras Harrison Sullivan (@HSTikkyTokky) camina por las calles de Marbella, montones de niños se le acercan para saludarlo y hacerse una foto con él. Pero Sullivan (Reino Unido, 2001) no es un deportista, ni tampoco es actor: es un influencer… de la manosfera

La escena, que aparece en el documental Dentro de la manosfera recientemente estrenado por Netflix y dirigido por Louis Theroux, se repite en otros países, con otros influencers del estilo: la mayor parte de sus seguidores –y ellos lo saben– son menores de edad y jóvenes. 

Se ha escrito mucho sobre por qué niños y adolescentes se sienten atraídos por esta ideología que exacerba los rasgos tradicionalmente asociados con la masculinidad, añadiendo a ese mix una notable dosis de misoginia. Pero quizá sea hora de poner no el foco en el síntoma, sino en su origen más primitivo: ¿será que lo que les ofrece la manosfera no es realmente un discurso novedoso, sino uno que resuena en ellos porque no contradice los valores que han mamado desde la cuna? ¿Será que lo que dicen Andrew Tate y sus acólitos es el siguiente escalón de una infancia en la que todavía perviven el ‘no llores’, el ‘sé un hombre’?

“El ‘maricón’ sigue funcionando como mecanismo de control”

Que niños y niñas son tratados de manera diferente desde la gestación es un hecho sabido, como prueban estudios recientes como este llevado a cabo en Alemania en 2023 con futuros padres. “Se prepara el dormitorio y la ropa con una decoración y unos colores determinados según vayan a ser niños o niñas; se hace la fiesta de baby shower, dándole importancia al sexo que vaya a traer el bebé; reciben juguetes distintos desde pequeños… y también mensajes diferentes: ‘Eres un machote’; ‘los niños fuertes no lloran’; ‘tienes que ser valiente’; ‘si te pegan, te defiendes’…”, cuenta Micaela Guzmán Bernal, profesora de primaria en activo con más de 30 años de experiencia en las aulas.

Judy Y. Chu, investigadora y educadora especializada en el desarrollo psicosocial de los niños y la construcción de la masculinidad, lo comprobó de manera empírica en 1999, durante la elaboración de su tesis doctoral para Harvard. La autora, supervisada por la reconocida psicóloga, filósofa y feminista Carol Gilligan, pasó varios cursos observando al mismo grupo escolar, empezando cuando los pequeños tenían cuatro años y acabando cuando ya habían cumplido siete. 

Durante ese tiempo, Chu descubrió cómo la capacidad temprana de los chicos para ser emocionalmente perceptivos, elocuentes y receptivos en sus relaciones fue mermando conforme fueron creciendo y entendiendo que esas eran cualidades “femeninas”, y, por tanto, menos deseables y más inadecuadas para poder encajar entre sus pares. “Se volvieron menos visibles a medida que los niños aprendían que demostrar que son chicos implica, ante todo, demostrar que no son chicas”, se lee en la sinopsis del libro que aúna esta investigación, When Boys Become Boys: Development, Relationships, and Masculinity (NYU Press, 2014) [Cuando los niños se convierten en chicos: desarrollo, relaciones y masculinidad]. 

Si te sales de lo que se considera aceptable, te arriesgas a la vergüenza o a la exclusión. Así que muchos niños y hombres sienten que tienen que demostrar constantemente que cumplen ciertos estándares. Ese proceso no ha cambiado demasiado

Judy Y. Chu investigadora (NYU)

Pero ha pasado mucho tiempo desde 1999, ¿no? “Las cosas deben haber cambiado”, le digo a Chu durante una videollamada, y nombro como ejemplo algunos de los últimos personajes de Disney alejados del estereotipo masculino tradicional, como Miguel, de Coco, Elio, de la película de mismo nombre, o Searcher, de Mundo extraño. Pero, aunque considera que parte de la cultura está evolucionando, a nivel personal –en las casas, en los patios de recreo– cree que los pequeños no se enfrentan a una diferencia demasiado grande con respecto a hace 27 años. 

 “Creo que los fundamentos siguen ahí, la idea de que hay una sola forma correcta de ser un hombre ‘de verdad'. Parte de esto tiene que ver con algo que lleva observándose mucho tiempo: Margaret Mead, la antropóloga, señaló que la masculinidad a menudo necesita demostrarse. No es automática. Está asociada al estatus y al privilegio, así que las personas sienten que tienen que probarla para acceder a esas ventajas y sentirse valiosas. Hoy en día, incluso las chicas que quieren tener éxito sienten a menudo que deben probarse en términos masculinos”, explica.

“También hay fuertes presiones sociales: jerarquías, competencia y lo que podríamos llamar ‘vigilancia de género'. Si te sales de lo que se considera aceptable, te arriesgas a la vergüenza o a la exclusión. Así que muchos niños y hombres sienten que tienen que demostrar constantemente que cumplen ciertos estándares. Ese proceso no ha cambiado demasiado. ‘Si eres duro, independiente y controlas tus emociones, obtendrás estatus, poder y respeto’. Esa es la promesa”, resume Chu, que sigue trabajando con niños y adolescentes. Como escribe Nuria Alabao en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (CTXT, 2025): “El ‘maricón’ sigue funcionando como mecanismo de control que patrulla las fronteras del género masculino y castiga a quienes se desvían de la norma”.

"El ‘maricón’ sigue funcionando como mecanismo de control que patrulla las fronteras del género masculino y castiga a quienes se desvían de la norma".

Ser ‘más hombre’, la receta perfecta para solucionarlo todo

El problema, claro, es que por su mera condición de seres humanos, resulta muy complicado para niños y hombres ser duros e independientes todo el tiempo. “Eso genera inseguridad y ansiedad. La masculinidad se convierte en algo frágil: puede ponerse en cuestión en cualquier momento”, asegura Chu. 

En este contexto, lo que ofrecen los gurús de la manosfera es una especie de receta para ‘ser auténticamente hombres todo el rato’. Es decir, en el fondo, para ser queridos y apreciados, para estar protegidos por el grupo. Para tener un lugar, para pertenecer. Aunque sea de una manera muy perversa, quienes se sienten atraídos por las promesas de la manosfera buscan lo mismo que el resto de las personas de este planeta: conexión. 

Sucede, sin embargo, que es muy difícil conectar con los demás cuando uno no es capaz de mostrarse vulnerable. Que la sociedad mutile a los niños su capacidad de expresarse emocionalmente conlleva, pues, un vacío que solo pueden traducir en rabia (prácticamente, la única emoción que se le permite a la masculinidad tradicional). Esa sensación de inadecuación se exacerba cuando crecen y se dan cuenta de que la sociedad espera de ellos que sean emocionalmente competentes, cuando es una habilidad que apenas han podido desarrollar durante la niñez. El entorno se antoja entonces perfecto para un depredador de la manosfera, que les ofrece una salida que ‘les suena’; una estrategia de supervivencia que ya conocen, alentada durante años en círculos familiares, de amigos y productos culturales: ser ‘más hombres’. 

"Los tíos estamos destinados a sufrir, no a ser felices. Aprendemos más de nuestros fracasos. No creemos en la depresión, no nos lo tragamos", dice uno de los acólitos de Justin Waller en el documental.

“Para las niñas, acercarse a rasgos tradicionalmente masculinos se ve como ascender. Para los niños, expresar rasgos tradicionalmente femeninos se considera a menudo descender, y eso se desincentiva. Como resultado, los niños siguen restringidos. Y estamos viendo las consecuencias: más malestar, más desconexión, más infelicidad”, relata Chu. Según numerosos estudios, ese malestar derivado de la restricción emocional se traduce en la adolescencia y la adultez con problemas de salud mental.

Esta tormenta perfecta se aprecia en una escena del documental en la que Theroux charla con un acólito del influencer Justin Waller: “Los tíos estamos destinados a sufrir, no a ser felices. Aprendemos más de nuestros fracasos. No creemos en la depresión, no nos lo tragamos. Mi hermano murió. Lo pasé muy mal, pero traté de convertirlo en algo positivo”. “¿Cómo murió?”, pregunta Theroux. “Se suicidó”, responde el joven, sin darse cuenta, quizás, de que esa respuesta invalida todo lo que ha dicho anteriormente. 

Estos contenidos están diseñados para captar la atención, optimizados para los algoritmos, y circulan en un ecosistema donde ciertos marcos reaccionarios ya forman parte del sentido común

Nuria Alabao antropóloga y autora de 'Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas'

Por supuesto, para que un joven empiece a interesarse por la manosfera no basta con haber recibido una fuerte socialización de género en la infancia; solo apuntamos aquí a que es una condición necesaria para que perciban esa solución como ‘familiar’, como una manera de comportarse que promete prestigio y protección desde la cuna. “Son mensajes interiorizados desde pequeños. Se aprovechan también de que a una edad determinada, los menores pueden estar un poco perdidos y con referentes inestables”, apunta Guzmán Bernal.

Alabao, por su parte, explica: “Estos contenidos [los emitidos por la manosfera] están diseñados para captar la atención, optimizados para los algoritmos, y circulan en un ecosistema donde ciertos marcos reaccionarios ya forman parte del sentido común. No hace falta una convicción previa fuerte; basta con curiosidad o con cierto malestar difuso para que esos discursos empiecen a estructurar cómo interpretas tu propia experiencia”.

Masculinidades más diversas, pero una presión persistente

La sensación general que ofrecen los personajes masculinos ‘evolucionados’ a los que aludía frente a Chu, los libros infantiles con mensajes en esa misma línea o los programas educativos centrados en la igualdad son esencialmente positivos, pero, según nota Guzmán Bernal, pueden llevarnos a observar a la infancia actual con un sesgo. “En las familias aún hay una gran cantidad de mensajes explícitos y no explícitos. Por ejemplo, la forma en la que se reparten las tareas de casa, los juegos y juguetes que tiene cada uno, el tipo de ropa, las actividades extraescolares a las que se apuntan… Y, sobre todo, hay una gran cantidad de mensajes de socialización de género en medios de comunicación, en los programas y series que ven y en las redes sociales, con estereotipos del cuerpo que deben tener, de cómo deben hablar y comportarse…”.

La maestra reconoce, no obstante, que percibe que han cambiado cosas desde que empezó a trabajar hace tres décadas: ahora hay más interacciones entre niños y niñas, y algunos niños son capaces de expresar sus sentimientos sin reservas. Eso sí, se trata, según sus observaciones, de los que menos se adscriben al estereotipo masculino: “Curiosamente, son aquellos a los que les gusta menos jugar al fútbol o a juegos agresivos. Son excepciones, pero son capaces de llorar en clase por diversos motivos y muestran mayor empatía”, explica. Esta observación tiene correlación con investigaciones que demuestran que, a mayor conformidad a las normas de género tradicionalmente masculinas, menos expresión afectiva revelan los sujetos.  

Que los seres humanos nacemos con la potencialidad de manifestar nuestra dimensión emocional, sea cual sea nuestro sexo, es algo ampliamente estudiado. Pero igual que se sabe eso, también se conoce que ya entre los cuatro y los seis años, los niños empiezan a mostrar diferencias en este ámbito, reprimiendo sentimientos de tristeza o ansiedad y expresando más enfado, por ejemplo.

Los padres y madres de los alumnos que observó Chu ya notaron ese cambio. Y, aunque les entristecía que sus pequeños perdieran esa parte más tierna y espontánea, de alguna manera, entendían que debía ser así: por una parte, suponían que ‘los niños son niños’ (lo que les extrañaba a algunos, de hecho, es que fueran capaces de dicha ternura y espontaneidad siendo varones). Por otra, consideraban que la expresión de actitudes típicamente masculinas era necesaria para integrarse con éxito en la sociedad. Chu relata, por ejemplo, cómo le compró a su hijo el vestido que quería… pero acabó negándole la posibilidad de salir de la casa con él por miedo a las consecuencias que eso podría acarrear. 

“La representación está mejorando: estamos viendo un abanico más amplio de masculinidades, más expresión emocional, más vulnerabilidad. Eso es muy positivo. Pero incluso con más opciones, la presión por demostrar la masculinidad sigue ahí. Ahora hay más categorías aceptables, lo cual es bueno, pero sigue habiendo límites. Y eso hace que la gente siga actuando para los demás, intentando encajar y ser aceptada. La clave está en si creamos entornos en los que distintas formas de ser estén realmente respaldadas. Eso puede ayudar a que los niños se sientan más sanos y más seguros”, cuenta la investigadora.

La clave es que entiendan que el feminismo también lucha contra lo que les oprime a ellos —los mandatos de masculinidad, la exigencia de ser siempre fuertes, la soledad emocional— y que sus frustraciones legítimas tienen causas estructurales

Nuria Alabao antropóloga

“Yo nunca recomendaría poner a un niño en una situación de peligro. Nuestro trabajo es protegerlos, pero también prepararlos para el mundo. Podemos apoyar sus decisiones y, al mismo tiempo, ayudarlos a navegar la realidad. No todo el mundo va a ser comprensivo, y los niños necesitan entender eso. Aunque también necesitan saber que tienen un lugar seguro en el que son aceptados. Tener aunque sea una sola relación de apoyo es enormemente protector para el bienestar de un niño”, cuenta Chu.

Los padres pueden ejercer esa relación de apoyo. Pero lo cierto es que toda la sociedad tiene que caminar de la mano para que los discursos asociados al género, y todo lo que conllevan, no calen en los más pequeños. Para esto, según Alabao, haría falta potenciar la educación sexual y afectiva. “Sigue siendo muy deficiente. Los chavales reciben antes la influencia de la manosfera que una conversación seria sobre deseo, consentimiento o relaciones”, cuenta. 

Y continúa: “Pero no se trata de imponer un catecismo feminista ni de dar charlas sobre igualdad que los chicos perciban como sermones morales. Probablemente, lo que funcione mejor es crear espacios donde puedan expresar dudas y equivocarse. Generar espacios donde pensar con ellos de verdad, porque el feminismo tampoco tiene todas las soluciones y a veces sus dudas son muy legítimas. La educación feminista tiene que enseñar a pensar de forma autónoma, a discriminar argumentos, en vez de exigir adhesión a un dogma. Y sobre todo, debe incluirles como parte de nuestro proyecto: si solo reciben el mensaje de que ellos son el problema o son parte del problema, difícilmente van a sentirse interpelados por la solución. La clave es que entiendan que el feminismo también lucha contra lo que les oprime a ellos —los mandatos de masculinidad, la exigencia de ser siempre fuertes, la soledad emocional— y que sus frustraciones legítimas tienen causas estructurales que no se resuelven culpando a las mujeres ni votando a la extrema derecha”.

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