Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La guerra civil del laborismo paraliza el Gobierno de Keir Starmer
15 años del 15M: qué ha sido de sus lemas y cuál es su mayor legado
Opinión - 'De tibios e imperturbables', por Esther Palomera

El efecto “soy yo” de ‘Yo siempre a veces’: el desgarro de la maternidad precaria con el que se identifican muchas mujeres

Ana Boga es Laura en 'Yo siempre a veces'.

Marta Sader

14 de mayo de 2026 22:01 h

0

Chica conoce a chico, se enamoran en la noche barcelonesa y, en un arrebato de pasión, deciden tener un hijo. Así empieza Yo siempre a veces, la serie escrita por Marta Bassols y Marta Loza y producida por Suma Content (los Javis) para Movistar Plus+ que acaba de hacerse con el premio al mejor guion en Cannes.

En el segundo capítulo, el romanticismo, igual que el ciego, bajan. Y Laura se ve sola cuidando a su bebé, lejos del empleo que ha dejado, por amor, en Berlín. Rubén, sin embargo, no ha abandonado sus costumbres: sigue viviendo como si ahora no tuviese una familia. 

Es en ese punto donde la trama se tensa: la protagonista, una madre joven y precaria, irá de casa en casa, de trabajo en trabajo, tratando de sostenerse a ella y a su bebé en una ficción que tiene mucho de verdad. Tanto que son numerosas las mujeres que se sienten identificadas con ella: “Una piensa que ya no puede leer más sobre maternidad ni ver más películas ni saber nada más porque ahora está en otra cosa (las citas, todas terribles, por cierto, el pilates, el cuerpo, el despuerperio), pero viene Laura con su soledad y su precariedad tan parecidas a la mía y recuerdo, así de repente, que soy una madre criando sola a mi hijo 24/7 y sin sueldo estable”, escribía la escritora Carmen G. de la Cueva en su perfil de Instagram.

Ella, que se separó cuando su criatura tenía dos años, cuenta que vivió una situación muy parecida a la de Laura. Pero es que incluso quienes han tenido a su hijo con una pareja corresponsable han sentido esa sensación de “soy yo” mirando la televisión: “Nunca me había sentido tan identificada con el vínculo que se muestra en pantalla entre el bebé y esa mamá hecha un lío que siente que ella también es todavía una niña que necesita que la cuiden. Nunca había visto escenas tan naturales y exactas sobre cómo funciona de verdad la lactancia materna y cómo son las tetas de una mujer que está dando de mamar, cómo es compartir cama y todo tu cuerpo con un ser vulnerable que depende por entero de tu calor”, escribe por su parte la periodista Carmen G. Magdaleno en un post.

Esa exactitud proviene de la experiencia de Bassols, que también fue madre joven; de Ana Boga, la actriz que, en su propio posparto, interpreta a Laura (es su primer papel). E incluso de Ginesta Guindal, una de las directoras, que rodó la serie con su bebé de meses “colgando de la teta”, como ella misma afirma. 

El rodaje, de hecho, estaba repleto de criaturas gracias a la voluntad de Suma Content: “La productora asumía que, a menudo, también tenían que transportar a mi hija y a su acompañante (padre, abuelos…). Los espacios de trabajo eran babyfriendly: llantos bienvenidos, pausas para cambiar una caca, pecho en lecturas de guion. Manos y miradas amigas siempre. Me permitieron hacer online todas las cosas que realmente se pueden hacer online. Los horarios de la pre nunca fueron una locura. Pero sobre todo me hicieron sentir menos desbordada, más acompañada y comprendida, y sin tener que ir pidiendo perdón por tener una bebé lactante y dependiente”, cuenta.

¿Tener un bebé solo por amor, en esta economía?

Todo eso es justo lo que le falta a Laura en la serie, y a tantas madres en la realidad. A su empleo en una tienda de electrodomésticos no puede llevar a su hijo, claro; más tarde, cuando una amiga la contrata como camarera, se ve obligada a tenerlo con ella algunas veces, pero rápidamente le advierten de que aquello no puede durar. 

Al final (spoiler), la protagonista se ve obligada a mudarse de vuelta a Berlín. A alejarse de familia y amigos, esos que (especialmente, en la cultura mediterránea) se da por hecho que serán sostén. Se dirige hacia el único lugar donde su hijo no estorba, sino todo lo contrario: la misma empresa, además de un sueldo decente, le ofrece una guardería en la que dejar a Mario mientras desempeña su cargo en un festival de música.

“Yo allí fui allí a pedir trabajo con la niña puesta y en lugar de pensar ‘bueno, si no la puede dejar ni para venir a buscar curro, ¿cómo se lo vamos a dar?'. Pues enseguida me emplearon”, recuerda Bassols. “Es un estado mental. Los alemanes, en lugar de considerar que el hecho de que tengas hijos va a ser un problema para la empresa, lo que consideran es que mejor te emplean a ti que los tienes, que te hará más falta”.

Gracias a esta concepción y a las ayudas públicas destinadas a apoyar el bienestar de las familias, durante los últimos 15 años aproximadamente, el índice de fecundidad en el país se mantuvo en alrededor de 1,5 hijos por mujer. Es una tasa, eso sí, que está cayendo desde 2022 por causas que las autoridades atribuyen al envejecimiento de la población, al retraso de la maternidad y a la creciente inseguridad económica. 

En España, de hecho, la tasa de natalidad lleva desde la crisis de 2008 siendo una de las más bajas de Europa, y desde 2020 se sitúa directamente a la cola, solo por detrás de Malta. La imposibilidad de acceder al mercado de alquiler y compra de viviendas, la precariedad laboral y la falta de incentivos a la natalidad se suelen mencionar como las razones más poderosas detrás de esta cifra. Un ejemplo ilustrativo: en 2023, Alemania fue el país que más gastó en ayudas a las familias (un 3,5% del PIB). El mismo año, España invirtió el 1,4%.

Es un estado mental. Los alemanes, en lugar de considerar que el hecho de que tengas hijos va a ser un problema para la empresa, lo que consideran es que mejor te emplean a ti que los tienes, que te hará más falta

Marta Bassols cocreadora de 'Yo siempre a veces'

Según Loza y Bassols, no es porque nos falten ganas de maternar. De hecho, ellas conocen a muchas parejas que han sido padres sencillamente porque les apetecía, sin esperar a que se diera toda esa batería de exigencias que parece ineludible cumplir antes de hacerlo: tener un empleo estable, una casa, una pareja con un vínculo fuerte. Frente a esto, que se podría decir que es la norma, el bebé que tienen Rubén y Laura solo por amor durante su juventud se siente no solo anacrónico, sino casi irresponsable.

“En realidad, nunca se reúnen las condiciones materiales, morales o sociales perfectas. La maternidad es una sacudida; la vida, en realidad, lo es. Todo puede cambiar en cualquier momento. Por eso la serie se llama Yo siempre a veces. No estás más preparado si tienes las condiciones que se supone que tienes que tener. A Laura, por ejemplo, le faltan los recursos materiales, pero nunca las ganas de estar con su criatura. Y a otras personas que quizás tienen los recursos materiales, les sobran sus criaturas; las intentan colocar todo el rato en mil actividades porque no tienen tiempo de estar con ellas o porque todavía no están preparadas para dejar de hacer cosas que corresponden a su vida individual anterior. Nos parecía interesante esta contradicción”, explica Bassols.

El problema de ser madre joven, y de no serlo

En el segundo capítulo de la décima temporada de La vida secreta de las madres, el pódcast de Pao Roig y Andrea Ros, esta última confiesa que, cuando se quedó embarazada con 24 años, la gente no sabía cómo tomárselo: si darle la enhorabuena o el pésame. 

Ibone Olza, probablemente la psiquiatra infantil y perinatal más conocida del país, abundaba en esta idea como invitada del capítulo: la experta considera un auténtico fracaso social que las mujeres que quieren ser madres no puedan hacerlo cuando en realidad son fértiles, teniendo luego que enfrentarse a problemas de esterilidad (y, con ello, a las prácticas poco transparentes, y poco asequibles, de muchas clínicas de fertilidad). 

La tendencia se agudiza cada vez más, hasta el punto de que en España ya se producen más partos de madres de 40 años o más que de mujeres menores de 25. A principios de la década pasada, sin embargo, la maternidad a partir de los 40 era minoritaria.

En busca de la pareja perfecta

Aunque a Laura le basta un flechazo para poner su familia en marcha, en términos generales, el acceso en mayor medida de la mujer al mercado de trabajo y una creciente conciencia feminista aplicada a las relaciones hace que ellas se piensen muy bien con quién tener un hijo. Basta un dato del Ministerio de Igualdad para entender por qué: “Las mujeres dedican, de media, el doble de horas semanales que los hombres al trabajo de cuidados y tareas del hogar, lo que limita su acceso al mercado laboral, al ocio y al tiempo libre”.

Ante este panorama, hay incluso quienes deciden no procrear. O, más ampliamente, no verse envueltas en relaciones heterosexuales, como defienden las femcel o quienes se adscriben al movimiento 4B en Corea: no matrimonio, no citas, no sexo y no hijos.

Pero no hay fórmulas mágicas: como explica Bassols, incluso cuando una pareja está bien establecida, la maternidad puede pasarle por encima: “Tanto en la crianza de mi hija mayor como en la de mi hija pequeña, vínculos muy sólidos, de mucha duración, se han tambaleado y se han roto, o no, pero han tenido que superar crisis muy severas que han implicado precariedades, consideraciones que no habían tenido antes. La maternidad es un terremoto importante”.

En el caso de Laura, ese terremoto la deja sola a nivel operativo: en una de las escenas más duras de la serie, desesperada, va a buscar algún tipo de ayuda social por ser madre soltera, pero como el padre de la criatura tiene una casa en propiedad –aunque ella y el niño no vivan en ella y él no le pase dinero alguno para la manutención–, no le corresponde nada. El desamparo a nivel estatal es absoluto. 

“En realidad, nunca se reúnen las condiciones materiales, morales o sociales perfectas. La maternidad es una sacudida; la vida, en realidad, lo es. Todo puede cambiar en cualquier momento".

Amigas y crianza colectiva

Pese a que lo intenta, tampoco la familia de Laura puede ayudarla: mientras que en España el 35% de las personas mayores de 65 años cuida de sus nietos varios días por semana, sus padres aún trabajan y no pueden ocuparse del niño mientras ella hace lo propio. 

Es otro aspecto de la precariedad a la que se enfrenta la joven: en países como el nuestro, en los que el Estado invierte poco en las familias, los cuidados recaen directamente en los abuelos. Por si fuera poco, vivir con ellos deviene en imposible, debido, entre otras cosas, a que la protagonista y sus padres (como suele suceder hoy en día) tienen formas muy distintas de criar.

Cuando sus amigas le ofrecen un pequeño espacio en su casa, apelando al concepto de ‘crianza comunitaria’, muy en boga en ambientes progresistas, la cosa tampoco sale bien. Porque en una sociedad en la que ya rara vez se convive con niños, en la que los grupos de amigas apenas coinciden a la hora de tener hijos (mientras que antes, llegada cierta edad, la mayoría se dedicaba a la tarea de la reproducción), casi nadie sabe en realidad lo que implica convivir con una criatura.

“La realidad de las madres es que, aun estando acompañadas y sostenidas y sobre todo en los primeros años, nos sentimos muy solas. Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay menos niños: el 80% de mis amigas no tiene hijes. Para mí ha sido durísimo”, reconoce Gela, dj y profesora.

La realidad de las madres es que, aun estando acompañadas y sostenidas y sobre todo en los primeros años, nos sentimos muy solas. Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay menos niños: el 80% de mis amigas no tiene hijes. Para mí ha sido durísimo

Gela dj y profesora

“Tuve a mi hijo poco antes de cumplir 29 años. En ese momento ninguna de mis amigas estaba en algo parecido. Ellas salían, viajaban, estudiaban, cambiaban de trabajo, de pareja… Desde el embarazo ya me sentí un poco fuera, pero al nacer el bebé todo se me vino encima. Sentía un amor inmenso y, al mismo tiempo, un miedo aterrador. Miedo a no saber criar a mi hijo, a fallar, a no volver a recuperar mi vida. No podía seguir haciendo lo que me gustaba (ir al cine, teatro, conciertos, tener una hora en silencio para escribir). Mis amigas estaban mucho al principio, pero luego no era capaz de seguirles el ritmo, evidentemente. Era como si, de repente, hubiera dejado de ser una mujer para ser una madre”, cuenta la escritora María Guivernau.

Así se siente también Laura, pese a las buenas intenciones de sus amigas. Al final, se ve obligada a abandonar también ese hogar por no ser adecuado para criar a un niño. “Todo el mundo en esta serie se está enfrentando a un primer bebé. Todo el mundo está aprendiendo a hacer las cosas. Está aprendiendo Rubén, está aprendiendo Laura, están aprendiendo las amigas, los padres. Entonces, sí, las amigas se equivocan. Pero, en mi cabeza, después de tres años, ellas han aprendido a hacerlo mejor”, reflexiona Bassols.

“Yo sí veo a mi alrededor casos de crianza colectiva”, explica Loza por su parte. “No en plan esta idea tan romantizada de cuatro amigas viviendo con un bebé, pero sí que veo, especialmente entre personas separadas, familias extendidas, con amigas o familiares que están muy presentes. Sobre todo, si no tienen sus propios hijos y les apetece disfrutar de lo que es vivir en un entorno con niños, que tiene sus cosas, pero que también tiene aspectos maravillosos”.

La culpa de la mala madre

A las soledades de Laura se le suma una común a todas las madres: la de sentir que está andando por una cuerda floja. En los brazos lleva el bebé, la casa, las relaciones, la economía, la exigencia enorme de ser madre en el siglo XXI. A ella, como a todas, le basta con un traspié para ahogarse en culpa.

Se ejemplifica en una escena sofocante, en la que la protagonista baja a tirar la basura y comprar una pizza, dejando al niño unos minutos solo. A la vuelta, se da cuenta de que ha cogido las llaves incorrectas; el bebé está en casa y ella no tiene forma de entrar.

 Es un terror común: “Tengo varias amigas que son madres y, tras ver la serie, me han contado que ese es uno de sus mayores miedos: dejar al niño solo un segundo y que pase algo así”, comenta Loza. 

Pero no solo por el horror real de que le suceda algo a la criatura: también a que se las juzgue como “malas madres”. Dice Bassols: “El nivel de culpabilidad es tal que esa escena está basada en algo que me pasó a mí, pero apenas he contado. Al padre de mi hija, de hecho, solo se lo he dicho ahora que ha visto la serie, casi 14 años después. Me daba terror que pudieran acusarme de mala madre y quitarme la custodia”.

Un relato de la precariedad que va más allá de la maternidad

Frente a las creaciones culturales del hombre blanco cis, consideradas como lo global, lo hegemónico, todo lo demás tiende a ser catalogado como ‘lo ajeno’: la literatura queer, el cine para mujeres. Pero ya hace tiempo que autoras tan relevantes como Rachel Cusk, Sheila Heti o Jenny Offill se revuelven contra estas etiquetas, considerando que lo femenino es también general. Que la maternidad es también uno de los grandes temas de la humanidad.

Yo siempre a veces es un relato poderoso que trasciende (o debería trascender) esas categorías artificiales. De hecho, como cualquier buena historia, consigue emocionar también a quien no ha vivido exactamente la realidad que describe, como la periodista Susana Pedreira: “Yo no soy madre y agradezco un relato de la maternidad como el que ofrece la serie, un relato real como el que conozco de cerca en amigas que me rodean. Un relato de la maternidad en el que los vínculos con los demás (al margen del hijo/a que llega a tu vida) son absolutamente determinantes para tu bienestar. Y ese relato de los vínculos complejos con los nuestros también me interpela a mí. Sin compartir casi nada con Laura, he sentido en mi interior muchos de sus sentimientos. Al final, la serie va de buscar estabilidad y felicidad en entornos cada vez más precarios cuando las cargas propias van aumentando (sean hijos, sean mayores a nuestro cargo). Tener que renunciar a la vida que teníamos y encontrar un nuevo camino es tan duro como vemos en la serie”.

Etiquetas
stats