El éxito de los vídeos que hacen humor con la heterovergüenza: ¿resignación, desahogo o problema?
Hace meses que ocurre: en un grupo que tengo en Instagram con mis amigas solo llegan reels acerca del desastre que son los hombres y de la pesadumbre que genera que nos gusten. Hay humor gráfico (“Muchas gracias hombres por:”, reza una viñeta con una chica sonriendo. El resto de los slides están vacíos). Hay vídeos al ritmo de Manchild, de Sabrina Carpenter (“Lista de cosas ESTÚPIDAS que dijeron los hombres esta semana sobre las mujeres”). Hay parodias hechas con Sylvanian (unos adorables muñequitos de fieltro): “Me encantan los pitos. Son mi adicción y mi maldición. Me fascinan. Si no me gustaran los pitos, mi vida sería más fácil”. Hay una chica sentada en el coche que dice mirando al móvil: “Hoy te traigo una buena noticia, y es que, si te gusta un hombre, lo único que tienes que hacer es conocerle y esos sentimientos van a desaparecer”. Hay una señora mayor bailando bajo un texto que muestra cómo varias palabras con connotaciones negativas en inglés tienen la sílaba “men” (hombres) en ellas. Hay elaborados sketches en los que se aprecia un futuro más feliz, sin hombres. Hay muchos con chicas que ponen caras de asco con el texto: “Mi reacción a los hombres”.
En el grupo estamos dos casadas con hijos, una embarazada con pareja y una soltera. No importa; esta concatenación de contenidos humorísticos me llegan también de otras amigas con diferentes estados civiles. Lo único que tenemos en común es que nos gustan los hombres, parece ser que a nuestro pesar.
Pero mis amigas no son las únicas que los consumen: todas las piezas de las que he hablado al principio cuentan con decenas de miles de ‘me gusta’, cuando no cientos de miles, e incontables comentarios y compartidos. Es contenido viral hecho por mujeres y para mujeres, en lo que parece un género que hasta hace mucho no existía, o no de esta manera. Si ahora son ubicuos es porque también lo son la conversación sobre el heteropesimismo y la heterovergüenza.
Heteropesimismo en clave de humor
La propia Asa Seresin, autora del ensayo que popularizó el término heteropesimismo, hablaba ya en 2019 de cómo el fenómeno se expresaba en forma de broma y encontraba terreno fértil en las redes sociales. “Encaja con la idea de Henri Bergson de que la comedia proporciona ‘una anestesia momentánea del corazón”, escribía. “A diferencia de la comedia tradicional, sin embargo, el heteropesimismo es anticatártico. Su estructura es anticipatoria: está diseñada para anestesiar de antemano el corazón frente a la omnipresente penosidad de la cultura heterosexual, así como frente al brusco golpe del dolor romántico cotidiano”.
En su opinión, pues, los contenidos ‘antihombres’ que recibimos a través de redes sociales adormecen el impacto emocional del desencanto heterosexual. Pero, al final del chiste, según ella, no hay alivio: el malestar permanece intacto. La risa serviría en este caso para protegernos de la continua decepción que nos causa la heterosexualidad.
Me parecen muy graciosos, representan estereotipos y situaciones en las que hemos estado y en las que nos vemos reflejadas: 'ghosting', migajas (...) Visibilizan lo que nos ha pasado a todas, es validación y desahogo
No es necesariamente la opinión de quienes lo consumen, que sí parecen encontrar en ellos cierta catarsis: “Me parecen reels muy graciosos que representan estereotipos y situaciones en las que hemos estado y en las que nos vemos reflejadas: ghosting, migajas, hombres emocionalmente analfabetos con cero responsabilidad afectiva, poca empatía, etc. Estos reels visibilizan lo que nos ha pasado a todas, y verlos es terapéutico, es validación y desahogo”, me cuenta Inma, de 41 años, casada y con dos hijas.
Un canal para la crítica
Se podría decir que Instagram cumple el papel que solía tener la copla en la primera mitad del siglo pasado. Entonces, muchos temas cantados por mujeres narraban amenazas de muerte hacia los hombres de su vida, fantaseaban con su fallecimiento o, directamente, relataban su asesinato a manos de ellas. Así, se convertían en una suerte de válvula emocional para canalizar la rabia femenina en un contexto en el que no tenía muchas otras formas de ser expresado.
Ahora, aunque la cultura haya cambiado mucho, el desencanto con lo masculino sigue ahí, y usamos los canales y el tono que nos resultan pertinentes en esta época para transmitirlo. “Muchas veces consumimos y compartimos esos contenidos porque necesitamos gritar todas esas cosas que no les decimos a los hombres cuando nos vinculamos con ellos. Estamos tan entrenadas para no ocupar espacio, generar problemas o empezar discusiones, para que no nos vean llenas de ira o hartas, tragamos, callamos y luego nos quedamos retorciéndonos en esa tela de araña de contenidos y pensamientos que creemos que nos alivian el enfado”, opina Laura (37 años), soltera.
Esther Linares, doctora en Filosofía y Letras especializada en humor y género, coincide en el diagnóstico: “El humor refleja cómo va la sociedad y ayuda a visibilizar conflictos y problemas que de otra forma serían imposibles de comunicar. Aunque estos reels puedan ser ‘blancos’, son ideológicos, como cualquier tipo de humor, y vehiculan críticas que son legítimas, como la desigualdad de las cargas domésticas. Pero están encapsuladas en fórmulas más simplificadas, como un vídeo corto, o un sticker”.
Aunque estos 'reels' puedan ser ‘blancos’, son ideológicos, como cualquier tipo de humor, y vehiculan críticas que son legítimas, como la desigualdad de las cargas domésticas. Pero están encapsuladas en fórmulas más simplificadas, como un vídeo corto o un 'sticker
El poder de compartir
“La carga mental y de trabajo doméstico y emocional que llevan las mujeres día a día es un tema bien delicado. Me parece bien que ese resentimiento que se va acumulando en las relaciones heterosexuales se saque con humor, porque al final es algo que desgasta muchísimo, muchísimo”, explica en conversación telefónica Coral Herrera, escritora, docente y comunicadora feminista.
Compartir cómo nos sentimos de forma grupal, aunque sea de manera virtual, también le parece una herramienta poderosa que estas piezas ayudan a canalizar: “Durante mucho tiempo hemos estado sosteniendo todo esto en silencio, mientras que públicamente hablábamos de lo perfectos que eran nuestros maridos, de lo felices que éramos en pareja. Ahora eso está cambiando. Estos contenidos, aunque sean humorísticos, son también un ejercicio de queja común”.
¿Y si fuera al revés?
Cuando en 2024 el actor Jeremy Allen White protagonizó un anuncio en el que se quedaba en ropa interior, las redes ardieron con comentarios que ensalzaban el físico del actor. En redes y corrillos particulares, muchas confesaban que se entregarían rendidas a él, y ese era solo el más inocente de los millones de comentarios que suscitó el spot. Me pregunté qué pasaría si fuera al revés: ¿Sentirían los hombres esa libertad para escribir en público lo que le harían a una actriz ligera de ropa?
Las frases que ellas escribían eran leídas con complicidad, entre risas; si fueran ellos quienes hiciesen lo propio, el resultado, probablemente, sería percibido como censurable. La razón está en que Allen White no está en peligro de ser abusado por una mujer, ni siquiera si realmente fuese por la calle en calzoncillos. Casi una de cada tres mujeres, sin embargo, han sido víctimas de violencia física o sexual por parte de hombres al menos una vez en su vida, según el último informe de la ONU. Además, más del 73% de las mujeres que usan Internet han sufrido violencia digital en forma de acoso, control, amenazas o difusión no consentida de imágenes íntimas, según datos del Ministerio de Igualdad.
Durante mucho tiempo hemos estado sosteniendo todo esto en silencio (...) Estos contenidos, aunque sean humorísticos, son también un ejercicio de queja común
En el humor también opera en estas dinámicas. Ya en los primeros carnavales se entendía que la gracia del evento era invertir el orden social, haciendo que los de abajo ridiculizaran al poder. Cuando quienes lo ostentaban se reían de las clases bajas, no obstante, no había risa, sino violencia. Esa es también la máxima en el stand up contemporáneo: si ya no está bien visto reírse de las minorías, pero sí del hombre hetero blanco, es porque se considera que el humor es legítimo cuando transita de los oprimidos a los opresores, y no lo contrario.
Con los hombres y las mujeres pasa lo mismo: “No estamos en la misma situación social”, sentencia Linares. Ainhoa, soltera de 30 años, que habitualmente se pasa reels heteropesimistas con sus amigas, lo resume así: “Si este contenido fuese al revés no tendría absolutamente nada de gracia, sería realmente preocupante. La diferencia entre a quiénes se parodia en estos vídeos reside en tener un sistema detrás que respalde ese odio. Nosotras somos las que sufrimos la violencia sistemática, la desigualdad”.
Cristina, soltera de 32 años, se muestra de acuerdo: “Estos vídeos no van de odiar a hombres concretos como individuos, sino de señalar (y cuestionar) un sistema. Me aparece contenido misógino en redes con frecuencia y no creo que pueda compararse. El humor misógino se centra en deshumanizarnos, silenciarnos y justificar la violencia que vivimos. No vale decir que es solo una broma cuando la prensa nos recibe casi a diario con noticias sobre violencia machista”.
“El humor también educa”
Una mañana, mientras paseamos, le enseño los reels de los que hablo al principio de este texto a un amigo feminista que produce y consume muchos contenidos humorísticos. Aunque entiende el fenómeno —él es el primero en señalar los comportamientos nocivos que genera el heteropatriarcado—, se siente decepcionado: me dice que le parece que no son más que la repetición de viejos chistes machistas, solo que con el género cambiado.
Estos vídeos no van de odiar a hombres concretos como individuos, sino de señalar (y cuestionar) un sistema
Frente al trabajo de autoras como Flavita Banana, que señalan a través de la síntesis y la reflexión conductas masculinas inapropiadas, considera que estos vídeos, debido a su simpleza y a su mala baba, no pueden llevar a nada más que a la animadversión entre hombres y mujeres, en lugar de hacia un cambio real. El contraste es evidente: mientras que ellas me han hablado de los reels en términos de “desahogo” y “complicidad”, quizás cansadas de señalar ese cambio que parece que no llega, él los considera ofensivos, y los pone casi al nivel de ciertos chistes que circulan por la machosfera.
No piensa lo mismo Aitor, hombre heterosexual de 38 años que también consume estos vídeos (aparecen en su feed de Instagram, o los ve en las stories de alguna chica). Él los encuentra divertidos: “No me siento atacado, me parece parte del código de las bromas típicas de género: hemos estado muchos años con el cliché de la mujer rubia que es tonta, o con la broma de que ‘si está enfadada es porque tiene la regla’, y supongo que es buena señal que ahora se hagan esas bromas desde el otro lado de manera abierta. Lo que hace este tipo de humor es valerse de los clichés del hombre insensible, poco atento, con poco conocimiento del cuerpo de la mujer, etc., y exagerarlo. Al final es humor, y todo lo que sea humor es bienvenido”.
Para Ritxar Bacete, especialista en género y masculinidades, en la ubicuidad de estos mensajes late un fenómeno social —“son un síntoma de relaciones de género dañadas y de una frustración muy real en muchas mujeres”— y una descarga emocional compartida. Eso sí, pese a que, a diferencia de lo que ocurre con muchos contenidos misóginos, no emplean el odio para expresarse, sí que cree que pueden incidir en cómo las mujeres que los consumen perciben a los hombres.
“El problema es que el humor también educa. Cuando es reiterativo y hegemónico, acaba por ser estereotipante, reforzando aquello que pretende cuestionar. También puede servir para crear una mirada crítica, pero para eso tiene que ser complejo”, matiza. “Esto genera una doble vía: por un lado, resignación en las mujeres —‘los tíos son así’—; por otro, cinismo o postura defensiva en los hombres —‘si siempre lo hago mal, sigo haciéndolo mal’—. Es una mala estrategia para la transformación”, cuenta Bacete.
El problema es que el humor también educa. Cuando es reiterativo y hegemónico, acaba por ser estereotipante, reforzando aquello que pretende cuestionar. También puede servir para crear una mirada crítica, pero para eso tiene que ser complejo
Linares se muestra de acuerdo: “Por una parte, tenemos a las mujeres riéndose de esto. Pero si los hombres los ven, experimentarán una sensación de rechazo, o generarán un contraataque. Esto crea distancia emocional entre unos y otros. Vamos hacia cada vez más polarización y más crítica, también a nivel social: cada vez son más las mujeres solteras, separadas. Hay cada vez más hastío”, expresa la filósofa. Con ello apunta a conceptos tan contemporáneos como el celibato voluntario o el dating y el mating gap [la brecha en las citas y en el emparejamiento], que describen la distancia que hay entre las aspiraciones relacionales de las mujeres y la disponibilidad de hombres considerados ‘adecuados’ con los que salir o reproducirse.
A este respecto, Leticia, de 36 años, cuenta: “No odio más a los hombres por ver estos contenidos, y no interfieren en mi deseo de encontrar o no pareja”. Eso sí: reconoce que ahora que está soltera no se siente muy identificada con ellos; lo estaba más cuando tenía novio.
¿Resignación o transformación?
“Las mujeres buscamos un compañero, no un hijo adolescente a quien maternar. Muchas de mis amigas se separan cuando las hijas cumplen alrededor de 14 años, y las veo tan liberadas… Han dicho: ‘Hasta aquí’, y ya no viven quejándose continuamente. Mi abuela me decía que las mujeres de hoy no aguantábamos nada, pero es que, ¿por qué hay que aguantar? ¿Para qué?”, cuenta Coral Herrera. “Es una idea que yo creo que ha calado mucho en los últimos años. Trabajo porque las mujeres solteras no idealicen a las emparejadas, y no solo con relato, también con datos. Tener marido nos quita tiempo libre, por ejemplo: crea unas siete horas extra de trabajo doméstico a la semana para las mujeres. Además, supone para nosotras tener menos salud, y para ellos, todo lo contrario. Así que a las mujeres solteras les digo que no, que no les hace falta nada”.
Para la docente, el hecho de que los contenidos heteropesimistas puedan afianzar la mirada de insatisfacción con la que cada vez más mujeres observan a los hombres no es problemático: es, más bien, una llamada de atención sobre una preocupación real. Bacete, sin embargo, lo ve desde otra perspectiva: “La cuestión es: ¿constatar el resultado fatídico del patriarcado o entenderlo para transformarlo? Hay un ingrediente básico que es la fe: creer que se puede. Si no creemos que se puede, y si estos memes refuerzan la idea de que no se puede, de que es un destino, entramos en una narrativa de toxicidad”, resume el autor. En sus palabras, reírnos de los hombres puede aliviar un rato, pero no transforma las relaciones. “Lo que transforma es comprender, exigir, acompañar cambios y demandar estrategias colectivas”.
El algoritmo nos lleva a monopolizar las conversaciones con amigas bajo el mismo tema (...) Invertimos una cantidad de tiempo preciosa en retroalimentar ese bucle de pensamientos que buscan una respuesta a algo que no depende de nosotras
Bacete ofrece, de hecho, datos optimistas: incide en cómo han cambiado los hombres de unos años hasta ahora. Cita una investigación global sobre el estado de la paternidad, con datos de 17 países. “Salía algo maravilloso: por primera vez en la historia conocida, los hombres expresaban mayor deseo de cuidar que las mujeres, con el matiz de que cuidar también implicaba cuidarse. Cuando cruzábamos variables, veíamos que las parejas más equilibradas —en carga mental, emocional, cuidados— eran las que practicaban más igualdad. Y los hombres que más cuidaban eran también los más satisfechos con su vida y con su sexualidad. Hay mucho que ganar con la igualdad. Hay que empezar a construir una narrativa distinta de la masculinidad, de los hombres y de las mujeres”.
Entre las mujeres con las que hablo, sin embargo, se percibe más resignación que esperanza. Sí, saben que hay hombres feministas de discurso y de acción, pero los consideran casi unicornios. Otros hacen lo que pueden, pero no resulta por ahora suficiente. Tanto es así que hay quienes toman un camino diferente: no compartir estos contenidos para no dedicarles ni un minuto de más a quienes no están a la altura.
Lo cuenta Laura: “El problema viene cuando el algoritmo nos lleva a monopolizar las conversaciones con amigas bajo el mismo tema: por qué los hombres son así y nos tratan de cierta manera. Invertimos una cantidad de tiempo preciosa en retroalimentar ese bucle de pensamientos que buscan una respuesta a algo que no depende de nosotras. Creo que es un acto de resistencia cortar ese bucle y cambiarlo por un ‘¿Y si aprovecho mi tiempo libre de hombres en nutrir mis vínculos con cuestiones que verdaderamente me alimentan y sí puedo controlar?’. Pasar de enviarnos unas a otras ese contenido que abona nuestra ira femenina (y con razón que la tengamos) a compartir otros que nos abran a placeres o metas donde sí merece la pena poner la energía”.
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