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OPINIÓN

Los 'sinsuelo'

Varias personas durante la concentración para impedir un deshaucio, el 7 de mayo de 2026, en Madrid.
18 de mayo de 2026 00:49 h

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En 2011, el sociólogo británico Guy Standing acuñó un término que hizo fortuna: el precariado. Con él bautizó a una nueva clase social definida no por la pobreza tradicional, sino por la inestabilidad permanente: trabajadores con empleo pero sin seguridad, con ingresos pero sin proyecto, con presente pero sin futuro consolidado. El término se popularizó porque nombraba algo que existía pero que nadie había sabido llamar por su nombre. Nombrar es el primer paso para reconocer. Y reconocer es el primer paso para actuar.

Hoy necesitamos un término nuevo. Porque hay una fractura emergiendo en las sociedades europeas que tampoco tiene nombre todavía. Los sinsuelo: esa sería una buena definición.

No son los sin techo. Los sinsuelo tienen techo: lo pagan cada mes, puntualmente, a veces con esfuerzo, a veces con angustia. Lo que no tienen es suelo. No poseen el terreno sobre el que viven. No acumulan. No arraigan patrimonio.

El informe anual de Eurofound (la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo, uno de los observatorios sociales más rigurosos del continente) acaba de documentar con datos lo que muchos intuían: la vivienda se ha convertido en el nuevo mecanismo central de desigualdad estructural en Europa. No el salario. No el contrato. El suelo.

Durante el siglo XX, la posición de clase se determinaba por la relación con el trabajo: quién vendía su fuerza de trabajo y quién compraba la ajena. Esa era la línea divisoria en torno a la cual se organizaron los sindicatos, los partidos obreros, la negociación colectiva y el Estado del bienestar. Al menos era un conflicto reconocido, con dos partes que se sentaban a negociar. Hoy, sin que esa fractura haya desaparecido, ni mucho menos, está emergiendo encima de ella una nueva línea que no pasa por el trabajo sino por la propiedad inmobiliaria.

Pensemos en dos personas concretas. Misma ciudad, mismo trabajo, mismo salario, misma formación. Una compró un piso en 2005 con una hipoteca que hoy le queda la mitad. La otra llegó en 2015 buscando empleo y lleva diez años de alquiler. La primera ha visto cómo su patrimonio se duplicaba sin hacer nada especial, solo por el paso del tiempo y la inflación inmobiliaria. La segunda ha pagado en esos diez años una cantidad equivalente al precio de un piso que no es suyo, no lo será nunca. Son la misma clase trabajadora en términos de relación con el trabajo. Son clases distintas en términos de acumulación de riqueza y de proyecto vital.

Pero hay una tercera condena: cuando llegue la vejez, el propietario tendrá una vivienda pagada. Podrá vivir sin ese gasto, podrá liquidarla si necesita liquidez, podrá hipotecarla en una hipoteca inversa para complementar su pensión. El sinsuelo, en cambio, llegará a la jubilación con una pensión que tendrá que destinar en parte al alquiler. Seguirá pagando techo hasta el último día. La brecha que hoy parece solo económica se convierte con el tiempo en una brecha de dignidad en la vejez. Y eso, en una Europa que envejece aceleradamente, tiene una dimensión política que aún no hemos empezado a procesar.

España es en este mapa europeo un caso extremo. Aquí convergen todos los factores negativos sin amortiguadores: veinte años de estancamiento del poder adquisitivo de los salarios —algo que, salvo Italia, el resto de Europa no puede decir—, una demanda tensionada por el crecimiento de la inmigración sin construcción compensatoria, y la sangría del alquiler turístico que ha extraído del mercado residencial un stock enorme en muchísimas ciudades. El resultado: el 19,4% de los inquilinos españoles declara en la encuesta de Eurofound que probablemente tendrá que abandonar su vivienda muy pronto.

Esta división no responde al mérito, al esfuerzo ni a la formación. Responde al momento histórico en que uno tuvo la suerte —o la desgracia— de nacer. Los sinsuelo son, en muchos casos, la primera generación moderna que tienen empleo, pagan sus impuestos y participan en la sociedad. Pero están excluidos de uno de los mecanismos por el que las clases medias europeas han construido seguridad y bienestar.

El movimiento obrero del siglo XX organizó su energía en torno al conflicto capital-trabajo y conquistó derechos que cambiaron la historia. El gran desafío político del siglo XXI puede estar en otro eje: el conflicto entre quienes poseen el suelo y quienes necesitan pisarlo para vivir. Los sindicatos ganaron mejores condiciones de trabajo. Hoy es prioritario ganar también el derecho al suelo. Por ello es prioritario que todas las instituciones a todos los niveles sumen esfuerzos para reparar este deterioro social. Porque de lo contrario, lo pagaremos muy caro.

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