Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Trump impone un alto el fuego en Líbano entre dudas de que Israel lo cumpla
Las nietas tras la primera querella por exilio forzado: “Es una obligación moral”
Opinión - El veneno que está matando el periodismo, por Esther Palomera
OPINIÓN

España resucita la responsabilidad social tras una década dormida: ¿cambio real o maquillaje?

portada
16 de abril de 2026 22:06 h

2

La reactivación del Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas (CERSE) mediante el Real Decreto 301/2026 llega a la esfera pública con una mezcla inevitable de oportunidad y reproche. Oportunidad, porque España recupera —al menos sobre el papel— uno de los pocos instrumentos institucionales capaces de ordenar e impulsar las políticas de sostenibilidad empresarial en un momento crítico. Reproche, porque lo hace tras más de una década de inacción en la que ese mismo instrumento quedó, sencillamente, abandonado en un cajón administrativo.

No conviene edulcorar el diagnóstico. El Consejo, creado con ambición en 2008, celebró su última reunión efectiva en 2015. Desde entonces, el mundo ha cambiado radicalmente. Mientras la Unión Europea desplegaba un denso entramado normativo sobre información de sostenibilidad, la Directiva de Diligencia Debida o los nuevos criterios de sostenibilidad —taxonomías— para la transición ecológica, España mantenía en estado latente su principal órgano de gobernanza en materia de responsabilidad social. No ha sido una cuestión menor ni un simple olvido burocrático; ha sido la constatación de una alarmante falta de prioridad política en un ámbito que hoy se reconoce como estratégico para el futuro del nuestro modelo económico.

El nuevo Real Decreto, aprobado en el Consejo de Ministros de la semana pasada, intenta corregir esta anomalía. Y lo hace con cambios que, en su diseño, resultan acertados. En primer lugar, refuerza el carácter del Consejo como órgano de participación institucional, manteniendo esa composición cuatripartita que integra administraciones públicas, organizaciones empresariales, sindicatos y representantes de la sociedad civil. Es esta pluralidad la que otorga legitimidad a cualquier política de RSC que aspire a ser algo más que un ejercicio de relaciones públicas.

En segundo lugar, el decreto actualiza las funciones del CERSE para alinearlas con las exigencias del siglo XXI: la elaboración de informes sobre la calidad de la información de sostenibilidad, la emisión de dictámenes sobre proyectos normativos y su constitución como un observatorio real de la responsabilidad social en España. Sobre el diseño, poco que objetar. Sin embargo, la historia nos enseña que el problema en nuestro país nunca ha sido el diseño de las instituciones, sino la voluntad real de dotarlas de vida.

España no carecía de un Consejo de RSC; lo que ha faltado es voluntad política para activarlo y convertirlo en un espacio de conflicto constructivo y utilidad social. Durante años, la RSC ha quedado atrapada entre dos extremos estériles: la retórica corporativa de los departamentos de marketing, plagada de compromisos grandilocuentes pero escasamente verificables, y una ausencia de estructura pública capaz de exigir coherencia. El resultado ha sido la proliferación de informes de sostenibilidad impecables en su maquetación, pero desconectados de la realidad laboral interna de las compañías.

La reactivación del Consejo no se produce en un vacío. El contexto actual es de una hostilidad creciente hacia la agenda de sostenibilidad. Observamos con preocupación un escenario de repliegue alentado por corrientes políticas reaccionarias —el auge del “trumpismo” y sus ecos europeos— que están empujando a una parte del mundo empresarial a revisar sus compromisos en diversidad, transición climática y derechos humanos. Hay una presión orquestada para trasladar la idea de que la responsabilidad social es un “lujo prescindible” o, peor aún, una desventaja competitiva frente a modelos de capitalismo autoritario o extractivo.

El Consejo debe ser el dique de contención frente al 'greenwashing' —lavado de imagen verde— y el socialwashing —lavado de 'imagen social'— que amenazan con desvirtuar décadas de avances

Es precisamente en este contexto adverso donde instrumentos como el CERSE adquieren su mayor sentido. No deben ser espacios decorativos para la foto del consenso, sino mecanismos de aceleración y orientación capaces de sostener las políticas de sostenibilidad cuando el viento deja de soplar a favor. El Consejo debe ser el dique de contención frente al greenwashing —lavado de imagen verde— y el socialwashing —lavado de imagen social— que amenazan con desvirtuar décadas de avances.

El decreto apunta hacia líneas de actuación que podrían tener un efecto práctico relevante: el impulso de cláusulas sociales en la contratación pública, el fomento de alianzas para la integración de riesgos climáticos y la futura creación de un sello de responsabilidad social. Pero seamos claros: ninguna de estas herramientas será efectiva si no se acompaña de exigencia, seguimiento y, sobre todo, de participación efectiva.

La responsabilidad social en España necesita que los trabajadores dejen de ser meros espectadores de los compromisos de sus empresas. La verdadera RSC empieza de puertas para adentro. No hay sostenibilidad posible si no hay trabajo decente, si no hay igualdad real o si se ignora la voz de la representación sindical en la definición de la estrategia empresarial. La sostenibilidad no puede ser un anexo al informe anual; debe ser un elemento central del modelo de gestión, evaluable por los propios trabajadores y por la sociedad a la que la empresa sirve.

La pregunta que queda en el aire tras la aprobación de este Real Decreto es obligatoria: ¿Tiene este nuevo Consejo capacidad real para desempeñar un papel transformador o estamos ante un simulacro de reactivación que llegará tarde y se quedará en la superficie?

La historia reciente demuestra que la existencia formal de un órgano no garantiza su impacto. El CERSE necesita una agenda clara, recursos suficientes y, por encima de todo, una voluntad política sostenida en el tiempo que trascienda la legislatura. Pero también exige el compromiso y la implicación real de los cuatro grupos que lo componen —organizaciones empresariales, sindicatos, sociedad civil y las distintas administraciones—, pues sin su corresponsabilidad el Consejo puede ser un caparazón vacío. El Real Decreto 301/2026 abre una puerta que llevaba sellada una década. Lo que está por ver es si existe la valentía real de cruzarla para construir una economía más justa, responsable y sostenible.

Etiquetas
stats