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OPINIÓN

Lo que el Papa trae en la maleta: algoritmos y dignidad en el trabajo

Protestas en Washington en contra del poder de las 'big tech', con las caras de Zuckerberg (Meta), Bezos (Amazon) y Musk.
31 de mayo de 2026 22:05 h

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Hace apenas unos días, algo poco habitual ocurrió en la sede de la Conferencia Episcopal Española: obispos y dirigentes sindicales de CCOO y UGT se sentaron a la misma mesa por primera vez en más de veinte años. Abordaron temas de común interés como la situación de las personas migrantes, las mujeres, el empleo juvenil, la salud laboral y la dignidad del trabajo humano ante los desafíos de la transformación tecnológica. No es un dato anecdótico.

El encuentro coincide con la publicación de la primera encíclica del Papa León XIV y con su visita a España el próximo 6 de junio. Antes de que los focos se concentren en el protocolo, convendría leer con atención el texto que trae bajo el brazo, Magnifica Humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, publicada el pasado 15 de mayo. Un texto largo y denso que la mayoría de los medios han despachado en dos párrafos. Es un error.

No porque la Iglesia sea una institución ajena a las contradicciones, ni porque su agenda moral sea la de este artículo, sino porque formula con una claridad inusual preguntas que el sindicalismo global lleva años intentando articular: ¿Quién gobierna la inteligencia artificial? ¿A quién sirve? ¿Qué le pasa al trabajo cuando la máquina ya no sustituye solo el músculo sino también el criterio?

León XIV constata que la cuestión tecnológica “no se limita a la regulación” y señala el problema de poder que hay debajo: “En el pasado, eran principalmente los Estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente 'privado', y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”. Hablamos de que se están rediseñando las condiciones en que millones de personas trabajan, son contratadas, evaluadas o despedidas, sin que ningún parlamento haya votado sobre ello y sin aval sindical. No es un problema técnico; es un problema de poder.

La inteligencia artificial no aterriza sobre un terreno neutral: llega a un mundo laboral marcado por desigualdades previas y con una velocidad que exige una rápida reacción. Junto a ese diagnóstico, la encíclica da un paso que merece ser valorado, al incluir en el “destino universal de los bienes” los instrumentos del capitalismo digital: “Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos”. Si los datos que generamos trabajando tienen un destino universal, su concentración en manos de unas pocas corporaciones no es solo un problema de competencia económica, es una cuestión de justicia y merece atención política, social y sindical.

De la encíclica se desprende la advertencia de que las distintas formas de precariedad y la automatización no pueden evaluarse únicamente en términos de eficiencia, sino partiendo de la dignidad del trabajador, del derecho de una remuneración suficiente y de su posibilidad efectiva de participar en la vida social. Esto apela directamente a la participación en las empresas ante la innovación tecnológica. Hablamos de Democracia Económica, que es democracia en el trabajo: una asignatura pendiente del sindicalismo que la irrupción de la IA hace ahora más urgente que nunca. Porque lo que está en juego no es solo el riesgo de perder empleos; es perder el trabajo como espacio donde la persona construye su vida, ejerce su libertad y contribuye a la sociedad.

La tecnología está al servicio de la persona, no al revés. Y cuando ese orden se invierte, algo esencial se pierde

Esa dimensión humana es precisamente lo que la lógica de la eficiencia puede tender a invisibilizar. Cuando una empresa decide automatizar un proceso, el debate suele reducirse a costes y productividad. La encíclica nos apunta otras preguntas, las mismas que nos hacemos la mayoría de los ciudadanos: ¿Qué le ocurre a la persona que trabajaba ahí? ¿Qué tipo de trabajo queda? ¿Es un empleo que permite vivir con dignidad y desarrollar capacidades?

Preguntas a las que León XIV no ofrece respuestas técnicas, ni se supone que pretenda darlas. Pero sí formula con claridad el marco en el que deberían tomarse las decisiones, que coincide con el más puro sentido común: la tecnología está al servicio de la persona, no al revés. Y cuando ese orden se invierte, algo esencial se pierde.

Ese es precisamente el reto que tiene del sindicalismo global, que es quien está en los centros de trabajo representando la fuerza que mueve el mundo: el reto de no llegar tarde a una transformación que ya está ocurriendo. Durante décadas la negociación colectiva ha regulado las condiciones del empleo existente. El desafío ahora da un salto cualitativo: intervenir en el diseño del trabajo que viene. No solo cuántos empleos se destruyen, sino qué empleos se crean, con qué contenido y con qué autonomía real para quien los ejerce.

Sabemos que la tecnología puede liberar tiempo, ampliar capacidades y hacer el trabajo más digno. O puede acelerar la exclusión y concentrar el poder en menos manos que nunca. No hay nada en los algoritmos que decida eso por nosotros. Lo deciden aquellos que los construyen y los gobiernan, los que diseñan sus criterios y, con ello, el lugar que ocupa la persona en ese proceso. El momento de decidirlo es ahora. Después será más difícil.

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