Fascismo cáscara
Escribe el argentino Luis Ignacio García que «si el fascismo era sinónimo de rigidez y estereotipia, al punto que implicaba formas de parodia involuntaria, ahora la parodia deja de ser involuntaria y pasa a ser deliberada: hoy Hitler es Charlot, lo que le otorga la fuerza estratégica adicional de hacerse pasar por una imitación de Hitler». Es gracias a su escudo autoparódico que puede instalarse con eficacia el fascismo del siglo XXI: porque deviene cosplay, se viste de sí mismo como si no lo fuera, se enmascara y se coloca detrás de algo mientras señala su máscara. Aplica en el caso de Milei, que encima tiene como diputada, entre sus filas, a una cosplayer profesional, Lilia Lemoine. Nada en contra del cosplay ni de disfrazarse; cierto es que ser cosplayer no es el currículo esperado para una diputada. Tampoco lo sería para una presidenta ser Community Manager de la cuenta de un perro. Esos tiempos vivimos y esa hoja de servicio nos presentan.
Pensaba, al leer su libro, en cuán aplicable era lo que estaba leyendo a la realidad española. Abascal tiene un tono grave y una seriedad que no encajan tanto con el subrayado paródico del tono cosplay, es un fascismo que se cree mucho a sí mismo, es pomposo pero no burlesco, su falta de flexibilidad rebaja su techo. Ayuso, en cambio, es una política más laxa, más socarrona, va por el mundo con una chulería muy madrileña que explica parte de su construcción de personaje y su arrastre electoral. Pero tiene al menos una diferencia grande con el fascismo cosplay argentino.
Isabel Díaz Ayuso es fascismo cáscara. Debajo del fascismo cosplay de Milei, para entenderlo, hay que bucear en su biografía, su psicología, su obsesión por clonar a sus perros, sus dificultades en las relaciones humanas, su historia familiar, su ruptura del tabú del incesto con su hermana todopoderosa en el gabinete. Quizá su crueldad siga resultando incomprensible, sus gestos imposibles de aceptar, su pantomima demasiado exagerada; nadie podrá decir, sin embargo, que no cuenta con explicaciones. Ayuso, en cambio, es el vacío. No tiene casi historia más allá de lo que superficialmente conocemos sobre su novio. Ahora ha salido una biografía, publicada por David Fernández en Libros del K.O., pero incluso con todo lo que ahí se cuenta, comparado a las historias de Milei, a la de Trump (a propósito del cual se hizo una película hace muy poco), a la de Musk, la historia de Ayuso es una historia de nada. Fue presidenta precisamente por no ser nada, por haber sido amiga de Casado, presidenta como advenediza, por azar.
En esta imagen, pues, Ayuso es un disfraz sin nadie debajo. Pero este vacío no es una cualidad debilitante, no la hace de menos: quizá sea una clave de su éxito. Al no haber nada, más fácil es llevar el disfraz o ser sólo máscara, rapsoda que recite lo que MAR le dice, bien ejemplificado en que resultara verosímil la acusación de que iba por la vida con pinganillo. Los exponentes del fascismo cosplay se disfrazan por algo, tienen motivos para ponerse esa careta; en el caso de Ayuso, sólo existe el disfraz, sin motivos, voluntad de poder sin atributos.
Si es más cáscara que cosplay, ¿es realmente fascismo? El momento que mejor lo ejemplifica es aquella ocurrencia de Almeida en un mitin, burlándose del calificativo: “Seremos fascistas, pero sabemos gobernar”. Quizá no partieran de ahí ni lo sean siempre, aunque sí originara del franquismo su partido; puede que no sea esa su tradición política, pero comparten sus elementos culturales, cierto aire de época. El desprecio por parte de lo humano y por el pensamiento. La crueldad en el gobierno, la brutalidad, la justificación de la destrucción. La censura, como en este San Isidro, a quienes los critican desde un escenario. La construcción de un sistema, en Madrid, atado y bien atado. El PP de Madrid es toda una institución de la cual Ayuso sólo es su versión más afinada, su evolución final: política sin atributos.
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