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Opinión - 'Informe Roedores', por Lucía Taboada

Entre herederos y desheredados

La policía intenta descolgar a un miembro de la PAH de Vallekas antes de ejecutar el desahucio de Mariano.
10 de mayo de 2026 22:59 h

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Todo aquel que venga al mundo se dará cuenta un día de que existen las clases sociales. Hay formas más inmediatas y vías postergadas, pero el hechizo de la igualdad es un hechizo, su conciencia eventualmente se rompe. Puedes reconocerlo desde pronto por haber vivido la pobreza, por la ausencia de algo que llevarte a la boca, por no tener luz, carecer de techo, convivir con la miseria. Puedes intentar negarlo viviendo en las alturas, alejándote del mundo, construyendo palacios fortificados, como todo barrio rico que se niega a que se cuele dentro lo real si no es en la forma del servicio; da igual, la ilusión no dura, la ilusión se acaba. 

Puedes creerte durante un tiempo el sueño de la clase media o vida mediana, pensar que todo el mundo más o menos se parece, que te encuentras entre semejantes: no importa, conforme más gente y más mundo conozcas más aparecerán las diferencias, y si dedicas tiempo a contemplar las pequeñas, en las pequeñas habrá un abismo, un fractal, como si cada diferencia diminuta revelase las ramas de otras muchas diferencias eternas. La injusticia es ineludible. Se puede después negar o tratar con cinismo, pero en algún momento cualquiera se encuentra con ella. 

¿Qué sucede entonces? No es tanto que el mundo quede dividido, que lo queda, como que tú acabas encontrándote en una de sus orillas, descubriendo que los tránsitos tienden a ser defectuosos, que no hay buenos caminos de ida y vuelta. Sólo una parte del mundo estará expuesta a ciertas cosas. El otro día, tras muchos intentos, la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís desahuciaba a Mariano, un jubilado, un pensionista de 67 años; quedaba Mariano, por acción de la policía, sin casa, sin hogar, se abría la tierra bajo sus pies para tragárselo. Existen quienes saben que eso es una posibilidad para ellos, quienes no cuentan con una red, o una red precaria, y luego existen quienes nunca conocerán esa incertidumbre. Vivimos entre herederos y desheredados. 

Podría hacerse el experimento de coger cualquier grupo social y preguntarle a sus componentes: ¿tú en qué orilla te encuentras, eres la cara o la cruz de la moneda? ¿Disfrutas de la vida como quien goza en sus certezas, sabes que el mundo se ocupará bien de ti, que podrás sufrir, pero no hundirte, o te encuentras entre quienes viven a un mal mes, un accidente, una tragedia, una distancia mínima y pequeña del infortunio? ¿No es esa la gran línea divisoria contemporánea, el umbral de salvación que nos separa? ¿No es una línea, cuando la sociedad fracasa, cuando el Estado del bienestar fracasa, capaz de descomponerlo todo, destruirlo todo, arrasar infinitamente tantas vidas posibles? ¿Qué conciencia albergas de la fatalidad? 

Es una diferencia, en el fondo, tan grande que expresarla resulta hasta difícil. En España, país que, desde el franquismo, quiso sustituir la sociedad de proletarios por una sociedad de propietarios para reducir la conflictividad social, los hay que heredarán casas y los hay que heredarán deudas, o renunciarán a sus herencias. Yo he habitado siempre el mundo de los desheredados y admiro la gracilidad de los aéreos, los herederos, cómo pueden transitar la vida sin esa preocupación mayor, sin reconocer la sombra que amenaza con comérselos, como tragó la ballena a Jonás. Hoy, que la vivienda y el alquiler marcan en nuestra sociedad nuevas líneas divisorias, cuando la gran división futura de la juventud será esa, esa transferencia ineludible, que se acerca con el tiempo, ¿cómo haremos frente a la conflictividad social que nazca cuando se separen del todo las orillas, cuando hereden unos y otros sean desposeídos? ¿Qué amistades, amores y complicidades quedarán rotos sin remedio al caer todas esas máscaras?

Hay quienes nacieron en su día como desheredados y han colocado todo el empeño de una vida en convertir a sus hijos en herederos. Los hay que no lo han logrado, los hay que lo consiguen. Hasta los herederos, si las líneas de su destino se tuercen, pueden un día convertirse en desheredados. Si la paz social reposa sobre esa ilusión, ese misterio, ¿cómo es posible que la política no haga todo lo posible por conservar esa magia, como la de los niños que siguen creyendo en los Reyes Magos? Hoy vivimos en una sociedad donde la religión puede desahuciar a un jubilado. Vivimos en un mundo donde la crueldad es condición de lo posible. Hay algo en ese mundo tembloroso que es insostenible. Cuando llegue ese cataclismo, cuando la violencia quede desnuda, ¿de qué lado estarás? ¿Qué habrán parado nuestros políticos y qué barbaridades habrán consentido? ¿Cuánto más estamos dispuestos a permitir que el mercado inmobiliario doblegue nuestros futuros, convierta en imposibles los planes de millones de familias? Algo tiene que romperse. Algo tiene que caer. Podemos negarlo pensando que la inercia lo solucionará, tratar el tema con cinismo; da igual, la ilusión no dura, la ilusión se acaba.

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