¿Está bien sacar del armario a Vito Quiles?
Admito la provocación inherente al título de esta columna: si soy sincera, yo no sé si se puede o no se puede sacar a Vito Quiles del armario; si es gay, heterosexual o bisexual; si, más allá del mercenarismo, tiene aficiones determinadas, a qué dedica el tiempo libre o, como en la canción de Perales, cómo es él, de dónde es o por qué ha robado un trozo de tal vida. Los hechos concretos más bien tienen que ver con el tuit que publicó Sarah Santaolalla el 11 de abril y que, a la hora a la que escribo, cuenta ya con más de seis millones de visualizaciones. Como respuesta al acoso que sufren tanto ella como Javier Ruiz, Santaolalla escribía: “Sé dónde vive Vito Quiles y jamás lo filtraría ni iría a su casa. Sé los hombres con los que se enrolla Vito Quiles y jamás les acosaría. Tengo el teléfono de Vito y jamás lo filtraría. No, no somos iguales. Yo no soy una mierda de persona que acosa a gente que no le gusta”.
Una de estas afirmaciones no es exactamente como las demás. Opera una distancia inmensa entre saber dónde vive alguien y filtrarlo o acudir a su casa a acosarlo, igual que la distancia entre tener un teléfono y divulgarlo libremente. El enunciado “sé los hombres con los que se enrolla”, en cambio, hace otra cosa, y por aquí se ha concentrado la polémica: al tiempo que exime de la amenaza del acoso a esas supuestas parejas, insinúa información por lo bajini sobre parejas o partenaires románticos o sexuales; o sea, en la práctica, aunque Santaolalla diga que ella “no habla” de esto, sí que lo hace, pues el contenido realmente relevante en su frase es “yo sé que Vito Quiles es gay”, y eso lo divulga, lo cual es equivalente a lo que después niega, “hablar de familias, de novios, de domicilios, de vidas privadas”.
No es un truco retórico nuevo u original. En el Julio César de Shakespeare, como resuena sobre todo a través de la adaptación fílmica de Mankiewicz, Marco Antonio, usando el elogio de la honradez de Bruto como pantalla o tapadera, incita al pueblo romano a la rebelión contra aquel al que califica al mismo tiempo de hombre honrado, término que repite una y otra vez. Tampoco es cuestión de comparar a Sarah Santaolalla con Marco Antonio: si le damos cierto grado de verosimilitud a sus palabras, que pueden o pueden no tenerlas, o estar más o menos cerca de la verdad, lo escrito por Santaolalla puede ir desde la mera provocación al outing en toda regla, o sea, el proceso de sacar a alguien del armario sin su consentimiento. He aquí cuando se plantea la pregunta: ¿está mal el outing, siempre? ¿Hay casos en los que esté justificado? En el caso de un difusor de discursos de odio o acosador, ¿puede hacerse una excepción a la máxima moral de que cada cual hable de su identidad en los términos en los que más cómodo se sienta, y cuando le dé la gana? ¿Se tapa una violencia con otra violencia? Si alguien no es gay, ¿es homofobia insinuar que lo es? ¿Está bien sacar del armario a Vito Quiles?
Es curioso que una ultraderecha a la cual la homofobia nunca le ha importado absolutamente nada tenga razón al afirmar que usar la homosexualidad contra un adversario ideológico es homofobia, pero es una curiosidad que a estas alturas se ha vuelto costumbre: tampoco les importa mucho la población LGTBIQ+ cuando la han usado como arma arrojadiza para acariciar el lomo del lobby sionista y criticar el apoyo a Gaza “porque en esos países [vosotros, los LGTBIQ+] seríais lapidados”. No deja de parecerme que hay algo importante en guardar el pudor y los reparos morales incluso con quien es impúdico y quien no los tiene, quien nunca tendría esa consideración hacia nosotros. Jamás he comprado la frase de que a una pelea a navajazos no se puede ir con floretes, quizá por negarme a que todos nos rebocemos por igual en el barro de la esfera pública; no deja por esto de generarme contradicción ver a Quiles, muy insistentemente, decir que de gay él no tiene nada, y que a él “le gustan las mujeres, y además mucho”, en sobrecompensación que produce también dentera.
No puede estar bien sacar a alguien del armario en contra de su voluntad; no estoy segura de que la pregunta interesante sea tampoco si algo así puede estar bien o mal, como si quisiéramos ganar puntos en las olimpiadas de las virtudes morales a través de esa acción. Quizá el problema, de hecho, es que parte de la izquierda aspira a ganar puntos en esas olimpiadas morales, a través de la construcción de la posición ético-moral como exhibición pública de lo que hace o no se hace, lo que se dice o no se dice. Dentera me produce también la afirmación según la cual “no, no somos iguales; yo no soy una mierda de persona”, cuando existen, tristemente, personas de mierda de izquierdas, que quizá tengan menos inversores, pero que acosan, denigran y difaman tanto como la escoria de derechas. Lo más triste de esta forma de conversación pública es ver cómo avanza inexorablemente en su transformación hacia el circo, el show, el pathos. Pero aquí somos todas, como Bruto, personas honradas; nos acostumbramos, hace mucho tiempo ya, a que en lo adyacente a la política se hable de familias, de novios, de domicilios y de vidas privadas. A ver quién se atreve a frenar algún día en esa carrera hasta el fondo del vertedero: buena suerte, buenos días, buenas tardes, buenas noches.
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