Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Un directivo de Plus Ultra afirmó que se reunió con “los Zapatero” durante el rescate
Brookfield, el fondo que pretende expulsar a 5.000 vecinos de Madrid
Opinión - Las condiciones de una democracia, por Enric González

Edward Dolnick, escritor: “Los humanos apenas somos una especie rara de mono sin pelo”

Edward Dolnick escribe sobre la época (reciente) en la que nadie sabía que los dinosaurios habían existido.

Juanjo Villalba

Barcelona —
23 de mayo de 2026 23:12 h

2

Parece imposible de creer hoy en día cuando cualquier niño sabe reconocer a un Tyrannosaurus rex antes incluso de aprender los nombres de los pájaros, los árboles o las constelaciones, pero a comienzos del siglo XIX los huesos gigantescos petrificados que aparecían de vez en cuando en la naturaleza seguían siendo un misterio sin nombre.

Algunos opinaban que, sin duda, eran restos de dragones. Otros, pruebas de la existencia de antiguos gigantes. Esta historia, tan desconocida, fue la que impulsó al periodista y divulgador Edward Dolnick a escribir Dinosaurios en la cena (Península, 2026), un libro que reconstruye cómo un grupo de científicos excéntricos, coleccionistas obsesivos y buscadores de fósiles terminó cambiando para siempre la manera en que la humanidad entendía el pasado de nuestro planeta.

El libro arranca con la historia de un niño de doce años llamado Pliny Moody, que en 1802 encontró unas enormes huellas fosilizadas mientras araba un campo en Massachusetts. Nadie supo interpretarlas. La palabra “dinosaurio” ni siquiera existiría hasta cuarenta años después.

Dolnick reconoce que ese instante de desconcierto colectivo, cuando el mundo empezó a descubrir que había una historia anterior a los humanos, le fascina profundamente. Hasta entonces la teoría predominante sobre el origen del mundo era la que se cuenta en la Biblia. “Los victorianos vivían en un universo cómodo y ordenado”, explica. “La mejor analogía sobre el descubrimiento de los dinosaurios es que fue como descubrir vida en otro inteligente en otro planeta. Incluso, diría que esa comparación se queda corta, porque muchos de nosotros hemos creído siempre que los extraterrestres existen. Ellos jamás habían imaginado un mundo anterior a los humanos y menos aún tan rebosante de una vida completamente diferente a la actual”.

Mary Anning y los olvidados de la ciencia

Dolnick rinde homenaje en el libro a Mary Anning, la joven que encontró algunos de los fósiles más importantes del siglo XIX mientras recorría los acantilados de Lyme Regis, un municipio costero británico situado en el oeste de Dorset, buscando piezas para vender.

Hija de una familia pobre y prácticamente autodidacta, Anning descubrió ictiosaurios y plesiosaurios completos cuando la paleontología todavía ni siquiera existía como disciplina consolidada.

Por supuesto, nadie le hizo mucho caso en un mundo científico totalmente masculinizado y perteneciente a otra clase social. “Mary Anning fue una pionera que nunca recibió el reconocimiento que merecía por ser mujer y, además, pobre y sin educación”, señala. “Es cierto que, tarde o temprano, alguien habría encontrado los fósiles que encontró ella, la ciencia no es como el arte o la literatura, donde si, por ejemplo, Rembrandt nunca hubiera nacido, nos habríamos perdido su obra para siempre. Pero está claro que sin los hallazgos de Mary, se habría producido un retraso importante en el avance científico”.

Pero lo cierto es que muchos de los hombres que construyeron su prestigio científico gracias a los hallazgos de la inglesa apenas la mencionaron en sus obras. La Sociedad Geológica de Londres ni siquiera admitió mujeres hasta 1919. Mientras tanto, Anning siguió desenterrando esqueletos de animales imposibles en las playas azotadas por las mareas y los desprendimientos de la región en la que vivía.

Dolnick califica aquella primera paleontología como un territorio similar al salvaje oeste, sin reglas claras ni instituciones sólidas. Se trataba, básicamente, de agarrar lo que pudieras, explica. Y Mary Anning simplemente intentaba sobrevivir vendiendo fósiles a coleccionistas. No había regulación sobre quién podía excavar, encontrar, vender o exhibir restos paleontológicos. Y quienes descubrían las piezas, sobre todo si eran mujeres y sin formación académica, quedaban fácilmente invisibilizados.

Un rompecabezas armado con huesos

Parte del vértigo científico que se produjo en aquella época tenía que ver con el hecho de que los científicos debían reconstruir criaturas enteras a partir de fragmentos mínimos. Un diente, una mandíbula o un trozo de vértebra. El resto era intuición.

“Los primeros paleontólogos se dedicaban a intentar armar un rompecabezas con unas pocas piezas que llegaban a sus laboratorios en cajas sin identificar y con el material mezclado. Todo esto sin haber visto nunca un dibujo de un dinosaurio”, resume Dolnick. “Era ciencia apoyada por la conjetura, la intuición y una larga experiencia”.

En esta tesitura se encontraron figuras de la ciencia como Gideon Mantell, que imaginó el iguanodonte a partir de unos dientes fosilizados, o William Buckland, capaz de reconstruir ecosistemas enteros observando restos dispersos en cuevas y canteras. Aunque también se equivocaron mucho.

Poco a poco, los científicos tuvieron más y más restos en los que apoyarse. “Los fósiles aparecieron masivamente en el siglo XIX como resultado de una oleada de construcción de carreteras y ferrocarriles junto con la excavación de minas y canales”, explica Dolnick. “Pero igual de importante, o más, fue el cambio de mentalidad que se produjo. Durante siglos, los huesos de dinosaurio habían aparecido ocasionalmente, pero siempre se habían interpretado de acuerdo con los mitos locales. ¿Quizás eran huesos de gigantes o dragones? Con el auge de la ciencia, tales explicaciones dejaron de considerarse adecuadas”.

De pronto, la Tierra dejaba de tener unos pocos miles de años y empezaba a convertirse en un territorio inmensamente más antiguo, poblado por criaturas extinguidas y ajenas a cualquier experiencia humana.

La batalla contra Darwin

Uno de los personajes centrales del libro es Richard Owen por motivos obvios: fue el científico que acuñó el término “dinosaurio” en 1842 y uno de sus principales expertos en esa primera época.

Owen fue también uno de los grandes adversarios de Charles Darwin y utilizó a los propios dinosaurios para intentar combatir la teoría de la evolución que este acababa de presentar.

“Owen odiaba la teoría de la evolución porque para él encarnaba la aleatoriedad y el azar en la historia de la vida, en lugar del diseño y el propósito divino”, explica Dolnick. “Creía que los dinosaurios reforzaban su postura porque habían vivido en un pasado remoto y él entendía la teoría de la evolución como una teoría que describía la vida primitiva como algo rudimentario y poco desarrollado”.

La ironía es que aquellos mismos fósiles acabaron apuntando justamente en la dirección contraria. Los dinosaurios mostraban un mundo en transformación permanente, lleno de especies que desaparecían y cambios imprevisibles. También que la especie humana no ocupaba ni mucho menos el centro de la historia natural.

Dolnick cree que ahí comenzó una larga secuencia de heridas que impactaron en el ego de la humanidad con toda crudeza. “Los seres humanos hemos sufrido un golpe tras otro en nuestra autoestima a partir de entonces”, comenta, divertido, Dolnick. “Hubo un tiempo en que la Tierra era el centro del universo y nosotros sus amos, ahora sabemos que nuestro planeta es solo una mota insignificante en un suburbio anodino de una galaxia más entre millones de ellas”.

“Hubo un tiempo”, recuerda el experto, “en el que los humanos nos considerábamos la cúspide de la creación. Ahora apenas somos una especie rara de mono sin pelo. Nuestros días como pequeños mamíferos correteando entre los arbustos intentando que los dinosaurios no nos comieran, son un recordatorio más de que, tal vez, no somos tan excelsos después de todo”.

“De no ser por un accidente cósmico”, escribe Dolnick en su libro, “nuestros antepasados, que eran del tamaño de roedores, seguramente, seguirían ahí, temblando a la débil luz de la luna, y los seres humanos nunca habríamos llegado a existir”.

La gran cena victoriana

Pero quizá se pregunten los lectores a qué se refiere la cena del título del libro. Lo cierto es que hace referencia a uno de los episodios más extravagantes de toda esta historia y resulta imposible acabar esta pieza sin hacer referencia a él.

En la Nochevieja de 1853, el artista Benjamin Waterhouse Hawkins y el científico Richard Owen organizaron un gran evento para celebrar los avances de la paleontología victoriana y presentar al público las primeras esculturas de dinosaurios del mundo.

A la cena, celebrada en el Crystal Palace de Londres, acudieron un grupo de unos veinte científicos y aristócratas británicos. Lo especial de la misma es que se celebró dentro de una gigantesca escultura de iguanodonte. Una imagen que parece una caricatura chusca y victoriana del triunfo humano sobre aquellas bestias prehistóricas.

Fue una demostración absoluta de poder, parecida a esas fotografías de cazadores posando con el pie sobre el animal abatido. Aquella cena marcó simbólicamente el momento en que los victorianos sintieron que habían domesticado el misterio. Los dinosaurios ya tenían nombre, forma (aunque todavía bastante incorrecta) y lugar dentro del relato científico. El caos al que se habían enfrentado, empezaba a ordenarse.

Aunque eso, obviamente, también fue una mentira. Dolnick está convencido de que toda época comparte esa misma ilusión de comprensión definitiva. “Nunca podemos saber cuáles son nuestros propios puntos ciegos”, afirma. “De lo único que podemos estar seguros es de que nuestros descendientes nos mirarán y señalarán algo, todavía no sabemos qué, y dirán: ‘¿Cómo pudieron ser tan necios?’”.

Etiquetas
stats