Giuliano da Empoli, escritor: “El caos ya no es el arma de los rebeldes: es el sello del poder”
Giuliano da Empoli trabajó durante años como asesor político en Italia y, desde ahí, empezó a estudiar cómo el poder contemporáneo había dejado de funcionar bajo las viejas reglas de la política institucional para moverse hacia algo cada vez más parecido al mundo del espectáculo, la manipulación emocional y el caos digital.
Sus libros se han convertido en una especie de manual para entender la deriva política de la última década. Primero llegó Los ingenieros del caos (Oberon, 2020), donde describe cómo estrategas digitales, expertos en datos y plataformas sociales habían transformado la conversación pública en una máquina diseñada para amplificar la indignación. Después publicó El mago del Kremlin (Seix Barral, 2023), una inmersión literaria en los pasillos del poder ruso (y que se estrenó hace unos meses como película con Jude Law interpretando a Vladímir Putin).
Recientemente, ha presentado La hora de los depredadores (Seix Barral, 2025), un ensayo sobre un mundo donde las reglas internacionales, los límites democráticos y hasta la propia idea de verdad parecen haberse debilitado.
Aprovechando que Da Empoli estuvo este jueves en el I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales celebrado en la Llotja de Mar de Barcelona, hablamos con él sobre inteligencia artificial, plataformas digitales, manipulación política, soberanía tecnológica y sobre si internet ha dejado de ser una herramienta tecnológica para ser un lugar donde se disputa el poder.
Del caos como revolución al caos como poder
Cuando publicó Los ingenieros del caos, el escritor describía un ecosistema digital que premiaba la agresividad, la polarización y el conflicto. Hoy cree que hemos entrado en una fase distinta. “En aquel momento, estábamos ante actores oportunistas que se aprovechaban de las características más tóxicas de las redes sociales. El caos era una herramienta de insurgencia”, explica. “Ahora estamos en otra etapa: el caos se ha convertido en el sello del poder”.
Para Da Empoli, el gran cambio de los últimos años es que aquello que antes parecía una consecuencia accidental del modelo de negocio de las plataformas se ha convertido en algo explícito. “Antes podíamos pensar que toda esta dinámica de rabia, polarización y extremismo era solo un efecto secundario de un sistema desregulado que funcionaba explotando las emociones de los usuarios. Hoy vemos que está formando un nuevo bloque de poder que une tecnología y figuras políticas extremistas”.
Pero en relación con la aparente preferencia de estas plataformas digitales por los discursos de extrema derecha, Da Empoli discrepa. “El algoritmo no es de extrema derecha”, afirma con rotundidad. “Las plataformas son indiferentes a la verdad o a la mentira, a la izquierda o a la derecha. Solo les importa el engagement. Lo único que miden es qué genera más interacción”.
El problema es que los contenidos extremos suelen producirla en todas direcciones. “La extrema derecha genera interacción tanto entre quienes la apoyan como entre quienes la rechazan. Y por eso la máquina la impulsa”.
La promesa del milagro político
Buena parte de la reflexión de Da Empoli gira alrededor de una idea que aparece frecuentemente en sus libros: el éxito político de quienes prometen romper las reglas.
“Los ingenieros del caos ofrecen una versión política de los milagros”, afirma. “En teología, es Dios quien rompe las leyes humanas para producir un efecto sobre la realidad. Aquí ocurre algo parecido: prometen saltarse las normas porque las normas solo protegen al sistema existente”.
Por eso considera insuficiente limitarse a denunciar el carácter destructivo de figuras como Donald Trump. “No basta con decir que algo es malo o estúpido. Hay que entender por qué resulta atractivo”. Según explica, muchas sociedades viven instaladas en la sensación de que nada cambia realmente. “Hay mucha gente que siente que vote a quien vote todo sigue igual. Y en ese contexto el caos puede resultar seductor”.
La realidad como una historia más
Hace unos años, todo el mundo hablaba de las fake news. Hoy en día, la aparición de la inteligencia artificial generativa ha acelerado todavía más ese proceso. Para Da Empoli, el gran riesgo no es únicamente la proliferación de noticias falsas, sino la pérdida de un suelo común compartido.
“Gracias a la IA la realidad es solo una historia más entre muchas otras”, afirma. “En el mundo online, la realidad ya compite con infinidad de relatos y universos paralelos. Tenemos que aprender a vivir en un mundo así porque no hay vuelta atrás”.
El autor tampoco piensa que el problema pueda resolverse únicamente desde la crítica cultural online. “Lo hemos visto en algunos acontecimientos que han ocurrido últimamente en Moldavia o en Hungría: llega un momento en el que hay que pasar al mundo real, físico. Y creo que si los estadounidenses quieren conservar su democracia, en algún momento tendrán que volver a salir a la calle. No basta con permanecer en lo digital”.
Pero las plataformas y la inteligencia artificial parece que cada vez nos están haciendo más vagos. “Mucha gente critica Instagram, TikTok… Pero todos lo seguimos utilizando, incluso en un congreso como este”, afirma. “Las plataformas juegan con nuestra pereza, con la comodidad o la diversión que nos aportan, pero tenemos que encontrar un equilibrio entre aprovechar las ventajas tecnológicas y conservar capacidad de decisión sobre nuestras vidas”.
“Hemos entrado en un espacio donde no tenemos derechos”
El encuentro de Barcelona estaba dedicado a los derechos digitales. En ese sentido, Da Empoli insiste en que el gran reto va mucho más allá de regular el comportamiento de las empresas tecnológicas. Es necesario trasladar los principios democráticos del mundo real al espacio online.
“No se trata de inventar derechos nuevos”, explica. “Se trata de adaptar al mundo digital los derechos que ya tenemos en el mundo físico”. Para él, el punto de partida más claro son los menores. “La civilización también consiste en proteger a los niños y permitirles no convertirse en adultos demasiado pronto”. Cree que internet ha erosionado esa frontera. “No permitiríamos que un adulto estuviera por la noche en la habitación de nuestros hijos tomando notas sobre su comportamiento para intentar influir en él. Y eso es exactamente lo que estamos permitiendo en internet”.
Da Empoli considera que el derecho fundamental en juego es “el derecho a nuestra propia mente”. Y advierte de que ya vivimos gran parte de nuestra existencia en un espacio donde esas garantías todavía no existen. “Nos hemos trasladado a una esfera donde no tenemos derechos”, sentencia.
Maquiavelo frente a TikTok
Hay quien ha calificado a Da Empoli como un Maquiavelo del siglo XXI y el autor se ha apoyado en muchas ocasiones en el autor florentino para interpretar el presente. Lo considera un pensador útil para entender épocas de transición tecnológica y de caos político como la nuestra.
“Maquiavelo vivió en una época parecida a la nuestra en el sentido de que fue un momento de caos y cambios tremendos como la invención de la imprenta, la llegada de los europeos a América o la aparición de la artillería pesada que transformó las guerras europeas”, explica. “Pero a pesar de ser un pensador algo oscuro, siempre buscaba una salida. La gente siempre recuerda de él aquello de ‘el fin justifica los medios’, pero va mucho más allá de eso. Lo que decía es que los medios tienen que ser coherentes con el objetivo final”.
Por eso cree que Maquiavelo habría entendido perfectamente la mecánica de plataformas como TikTok o X y “habría intentado desarrollar herramientas para actuar dentro de este nuevo escenario”, asegura Da Empoli.
El riesgo de una democracia disfuncional
Dicho todo esto, ¿hacia dónde vamos? La principal preocupación política de Da Empoli para los próximos años en relación con la tecnología, no es únicamente el avance de la extrema derecha o el poder de las grandes tecnológicas. Lo que le inquieta es la degradación de la esfera pública democrática.
“El gran riesgo político es que el debate público se vuelva completamente disfuncional”, señala. “Porque las decisiones democráticas se toman ahí”. Si ese espacio deja de funcionar, advierte, la capacidad colectiva para abordar cualquier problema también desaparecerá. “Entonces ya no podremos tomar decisiones razonables sobre nada”.
Y cree que eso es precisamente lo que empieza a observarse en los Estados Unidos y en otros países occidentales. Y aunque no espera el regreso a una conversación pública serena, que ahora parece casi utópica, tampoco considera inevitable un desenlace catastrófico.
“No vamos a volver a la calma”, admite. “Tendremos bastante caos, pero no tenemos que rendirnos. Tenemos que aceptar que va a ser así y seguir adelante porque no tenemos ni idea de cómo acabará todo. Si tuviera que apostar, apostaría por los malos pero, ¿no ha sido siempre así en toda la historia de la Humanidad? Nadie sabe cómo acabará todo esto, la historia nunca está completamente escrita”.
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