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Eudald Espluga, filósofo: “No podemos dejar los imaginarios del fin del mundo en manos de la extrema derecha”

Eudald Espluga apela a la capacidad de imaginar.

Juanjo Villalba

9 de mayo de 2026 22:07 h

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Hay algo hipnótico en el fin del mundo. Está en las ficciones que devoramos, en los memes desesperados que compartimos y en nuestros últimos pensamientos antes de dormir. El colapso se ha instalado en nuestro presente con la paciencia de quien se sabe inevitable, convenciéndonos de que no existe (ni existirá) ningún otro futuro posible.

Razones para pensar así tampoco nos faltan. Solo hay que mirar algunas de las noticias que rodean a este texto en este mismo diario para convencerse de que hay muchas cosas que no van bien. Pero, ¿tiene que ser así? ¿Debemos resignarnos? ¿Podemos hacer algo al respecto? ¿Es que a nadie se le va a ocurrir cómo reorientar todo esto?

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Esta frase, que flota sobre nuestras cabezas desde hace años, es el punto de partida de Imaginar el fin (Paidós y Raig Verd, en catalán), el nuevo ensayo de Eudald Espluga (Girona, 1990). Filósofo, ensayista y en los últimos años asesor del Ministerio de Cultura en Madrid, que muchos ya conocerán por su anterior obra No seas tú mismo, en la que diseccionaba la fatiga crónica de una generación asfixiada por el imperativo de la productividad.

En este nuevo libro Espluga se adentra en otro de los territorios más resbaladizos del presente: el de las narrativas del colapso. Con voluntad de analizarlas, desmontar su lógica interna y proponer otra forma de pensar nuestro futuro.

El resultado es un libro que, pese a su evidente carga teórica (lidia con numerosos autores y temas filosóficos, políticos, religiosos y de teoría cultural), se lee con una fluidez sorprendente. Espluga salta de Mark Fisher a The Last of Us, de analizar memes esotéricos a exponer profundos debates sobre el papel de la geoingeniería, con una naturalidad que consigue acercar ideas complejas a un lector no especializado. El recorrido no siempre es lineal, pero sí progresivo: a medida que el texto avanza, las piezas encajan y el argumento gana coherencia. Al final, todo tiene sentido.

La trampa de las fantasías del colapso

Espluga explica que el germen del libro está precisamente en “la proliferación de contenidos audiovisuales, ya sea en el cine, en series, en novelas, incluso en contenido digital en internet, de vídeos sobre preparacionismo, sobre búnkers… Toda una serie de narrativas en torno al fin del mundo que para mí iban casi todas en una línea muy directa hacia esta lógica de lo que yo llamo fantasías del colapso”, apunta.

Según Espluga, el fin del mundo siempre se representa desde una mirada ultraindividualista, pesimista en lo social, y que considera que enseguida que haya algún pequeño problema de recursos o de abastecimiento, terminaremos en una guerra todos contra todos, peleándonos y acuartelándonos como en las películas de zombies.

“Vivimos en una situación de policrisis innegable”, reconoce el autor, “con amenazas de un tamaño nunca antes visto, pero creo que es posible darle la vuelta a todo esto y repensar estos escenarios futuros. Siento que junto a todos estos discursos colapsistas también ha emergido una nueva sensibilidad que tiene que ver con una forma distinta de estar y entender el mundo”.

Denunciar, pero también actuar

La premisa central del libro está ya en su título: necesitamos imaginar. No tenemos un problema de falta de información, no necesitamos ver más imágenes de osos polares hundiéndose en el hielo o fotos de enormes incendios de sexta generación convirtiendo los montes en un infierno terrenal, “necesitamos una imaginación política que sea capaz de dar respuesta a los problemas que nos genera esa información”, apunta el autor.

“Porque los datos del aumento de temperaturas en las últimas décadas, por ejemplo, nos pueden llevar a caminos políticos muy distintos”, explica. “Podemos caer en una especie de optimismo que nos haga pensar que los avances tecnológicos y de geoingeniería nos harán la primera generación sostenible de la historia y que, por tanto, podemos seguir llevando los niveles de consumo actuales. Pero los mismos datos pueden impulsarnos a construir búnkers y encerrarnos con millones de latas de conserva o a planificar una huida a Marte para crear una colonia allí. Por eso creo que, desde la izquierda, hace falta sentar las bases de una imaginación política alternativa que nos lleve a resolver estos problemas de una forma ilusionante”, añade.

El éxito narrativo del miedo

Lo que queda claro de la lectura de Imaginar el fin, es que si ha habido un actor que ha sabido moverse con soltura en este terreno preapocalíptico es, sin duda, la extrema derecha. No tanto por la solidez de sus propuestas, que nos pueden parecer totalmente descabelladas, como por su capacidad para construir relatos eficaces a partir del miedo.

“La obsesión de la extrema derecha por el desastre y las teorías conspiranoicas, como que el cambio climático está generado por técnicas de geoingeniería de los gobiernos o la gran sustitución, ha hecho que una gran parte de la población se sienta amenazada de una forma real”, explica Espluga. “Al final, han sido capaces de generar políticas ultraidentitarias que Richard Seymour llama en su último libro ‘nacionalismo del desastre’”, afirma.

“Ante esto, la izquierda no ha sido capaz de traducir las preocupaciones sobre la igualdad o la equidad, a un discurso claramente identitario o generar una narrativa con propuestas de transformación que dieran respuesta a los problemas actuales, que son de una magnitud existencial o, como digo en el libro, casi cósmica. Un movimiento que pueda ser tan vendible, por decirlo así, como la amenaza frente a la identidad blanca masculina heterosexual que ha vendido a la extrema derecha”, asegura.

En paralelo, el imaginario desplegado por la extrema derecha ha encontrado en internet un ecosistema ideal para extenderse. Las plataformas digitales no solo amplifican estos discursos, sino que favorecen aquello que resulta más impactante, más inmediato, más emocional.

“Es mucho más fácil viralizar la imagen de The line, la ciudad autosostenible de 170 kilómetros en medio del desierto de Arabia, o una colonia en Marte, que un proyecto de transformación urbana como las superillas de Barcelona o la promoción del veganismo. Aunque el impacto de estas dos últimas medidas sea mucho mayor”, resume Espluga.

La imaginación apocalíptica

Frente a lo que Espluga denomina fantasías colapsistas, basadas en una visión pesimista del ser humano, la idea de que cualquier ruptura del orden conducirá al caos, y una ética centrada en la supervivencia individual, en Imaginar el fin el autor propone el concepto de la imaginación apocalíptica.

En este sentido, el libro propone recuperar el significado original de “apocalipsis”. La palabra no significa destrucción ni cataclismo, como podríamos pensar, sino que en su griego original significa literalmente ‘revelación’, ‘desvelamiento’. “Es un verbo que algunas autoras incluso erotizan, ya que se usaba para nombrar la acción de quitarle el velo a la novia tras la boda”, apunta el filósofo.

Por tanto, recuperando esta idea del apocalipsis como revelación, la imaginación apocalíptica propone una transformación radical. “En el libro del Apocalipsis, todas las imágenes de océanos convirtiéndose en sangre, o el cielo desplomándose, o bestias que se levantan del fondo del mar, es solo una parte del proceso que lleva al nacimiento posterior de una nueva sociedad que en la Biblia se bautiza como la Nueva Jerusalén”, explica.

En el texto bíblico se dan detalles de esta nueva ciudad. Se dice por ejemplo que está abierta a todos, no hay enfermedad y el agua se define prácticamente como un bien público. “De forma que, según autoras como Catherine Keller, se habla de esta nueva ciudad como casi una utopía ecosocial”, comenta Espluga.

Esa lectura tiene implicaciones directas en nuestro día a día. A pesar de que estemos viviendo momentos complejos, estos en lugar de llevarnos al pesimismo del fin tienen que servir como un tránsito hacia una sociedad mejor.

La imaginación apocalíptica nos permite pensar el fin no como un punto final, sino como un tránsito a un mundo mejor. Y, sobre todo, abre la puerta a disputar el sentido de ese tránsito. “No podemos dejar los imaginarios del fin del mundo en manos de la extrema derecha, tenemos que plantear otras alternativas”, insiste el autor. “Tenemos que arrancárselos de las manos y pensarnos colectivamente de otra manera frente a la amenaza existencial a la que nos enfrentamos”, asegura.

Utopías, pero posibles

Esa reapropiación no pasa, sin embargo, por imaginar mundos completamente ajenos al presente. Espluga se muestra escéptico ante ciertas visiones utópicas que dibujan futuros perfectos, fantasías irreales de estética solarpunk. “Me parece importante que existan”, apunta, “pero me parece más relevante que la izquierda sea capaz de ver que ya hay transformaciones en marcha y que son muy efectivas”.

“La transición energética, la renaturalización de las ciudades, la ciudad de los 15 minutos, la regulación de los vehículos contaminantes en el centro de las ciudades, son propuestas que funcionan. El problema es que las vemos como iniciativas aisladas, no como parte de un mismo proyecto”, explica.

El ejemplo de las superillas de Barcelona aparece varias veces en la conversación. También el de las bibliotecas, entendidas como espacios de acceso libre al conocimiento y la comunidad. “Una biblioteca es una forma de lujo”, dice. “Un lujo público”.

Pero, ¿por qué no pensar en otros lujos públicos? ¿Por qué no crear supermercados públicos con productos de proximidad? O cantinas colectivas, o lavanderías públicas como una evolución de los lavaderos que antes había en cada pueblo (¿por qué tenemos que tener cada uno una lavadora en casa?) o nuevas infraestructuras de cuidados. Otros modelos de organización son posibles, según el autor.

La clave, insiste, está en articularlas políticamente. Convertirlas en algo más que medidas técnicas. Integrarlas en un relato que permita pensarlas como parte de una transformación social más amplia.

Cambiar el marco

En última instancia, la propuesta de Imaginar el fin tiene tanto que ver con la política como con la forma en que percibimos la realidad. Espluga lo explica con un ejemplo sencillo: el uso del móvil. Si lo entendemos como un problema de adicción individual, las soluciones pasarán por reforzar la voluntad personal, aplicaciones de bloqueo, etc. Pero si lo vemos como parte de un problema más amplio (el capitalismo de plataformas), las respuestas serán necesariamente colectivas.

Con el colapso ocurre algo similar. “Harás cosas distintas según cómo conceptualices lo que te pasa”, resume. “Si veo el cambio climático desde una perspectiva colapsista, seguramente haré caso a la Unión Europea y prepararé un kit de emergencias. Pero entonces no atenderé a cuestiones que pueden tener más relevancia para evitar el colapso como, por ejemplo, las regulaciones a las actividades de las empresas petroleras”, añade.

Está claro que no hay recetas fáciles sobre cómo abordar los problemas actuales, pero sí que parece urgente revisar los marcos desde los que pensamos y cuestionar la aparente inevitabilidad de ciertos relatos. Y, sobre todo, recuperar la capacidad de imaginar.

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