La trampa del “tiempo confeti”: pasamos más horas que nunca con nuestros hijos, pero con más culpa
A las siete y media de la tarde, una madre contesta el último WhatsApp de trabajo del día con una mano mientras remueve una sartén con la otra y responde con monosílabos a la historia que su hijo intenta contarle desde hace diez minutos.
El niño habla de una pelea absurda por un balón que ha ocurrido en el recreo y de un amigo que ha llorado en clase. Ella asiente, vuelve a mirar el móvil, consulta el correo, va poniendo la mesa, recuerda que mañana hay excursión y que todavía no ha firmado la autorización.
El padre llega justo para la cena porque hace horario partido y había atasco. Más tarde los tres leerán un cuento antes de dormir. Quizá incluso jueguen un rato. Cuando el niño se duerme, ambos están agotados y con cierta sensación de no haber estado realmente ahí en ningún momento del día.
Escenas parecidas se repiten en miles de casas. Madres y padres que viven con la sensación de que nunca pasan el suficiente tiempo con sus hijos, aunque las estadísticas digan lo contrario.
Según estudios realizados por el profesor Tomás Cano de la Universidad Goethe de Fráncfort y la Universitat Pompeu Fabra, en los últimos años se ha producido un significativo aumento del tiempo que las madres y, más aún, los padres han dedicado a sus hijos. Además, con un foco especial en la vida emocional y educativa de sus hijos. Entonces, ¿por qué la sensación dominante es la de estar siempre llegando tarde a todo?
Parte de la respuesta está en un concepto que cada vez aparece más en ensayos sobre trabajo y vida familiar: “tiempo confeti”. El término, popularizado por la periodista Brigid Schulte en su libro Overwhelmed: How to Work, Love, and Play When No One Has the Time ('Abrumados: Cómo trabajar, amar y jugar cuando nadie tiene tiempo'), describe una experiencia muy contemporánea.
El tiempo no como un bloque continuo, reconocible y habitable, sino como una sucesión de fragmentos diminutos interrumpidos por notificaciones, correos, tareas domésticas, mensajes del colegio y obligaciones laborales que nunca terminan de desaparecer. Trocitos de atención dispersos que dejan una sensación de cansancio permanente.
La crianza como proyecto total
La socióloga Teresa Jurado, catedrática de Sociología en la UNED, cree que esta sensación tiene mucho que ver con la transformación radical de la idea misma de criar. “Efectivamente, pasamos más tiempo con nuestras hijas e hijos, pero ahora se le da más importancia a la crianza y a la educación desde la primera infancia porque queremos conseguir un desarrollo óptimo de nuestra descendencia y que así alcancen un estándar de vida igual o superior al nuestro”, explica.
Durante buena parte del siglo XX, los niños convivían con los adultos en una estructura mucho menos dirigida. Estaban ‘por ahí’. Jugaban solos en la calle, acompañaban a hacer recados, compartían largas sobremesas o tardes enteras sin supervisión constante.
Hoy la crianza se ha convertido en una tarea de enorme intensidad emocional y organizativa. Hay que estimular, acompañar, detectar talentos, reforzar habilidades sociales, gestionar emociones y construir experiencias que los niños recuerden toda la vida.
Pasamos más tiempo con nuestras hijas e hijos, pero ahora se le da más importancia a la crianza y a la educación desde la primera infancia porque queremos conseguir un desarrollo óptimo de nuestra descendencia
“La mayoría de las familias no tienen un gran patrimonio que heredar directamente a sus hijas e hijos, sino que la herencia pasa necesariamente por conseguir las máximas credenciales educativas posibles, distinguirse de otras personas e intentar aprovechar las redes sociales para que la próxima generación pueda reproducir nuestro estatus social”, señala Jurado.
El resultado es una crianza atravesada por la lógica del rendimiento. Extraescolares, deportes, actividades culturales, cumpleaños tematizados, planes de fin de semana, talleres de cocina o campamentos urbanos. La infancia se llena de estímulos mientras los adultos intentan sostenerlo todo sin dejar caer el trabajo, la pareja, el cuerpo ni la economía doméstica.
El trabajo entra en casa
La sensación de pobreza de tiempo no nace únicamente de la autoexigencia. También tiene una dimensión material muy concreta. “En España tenemos un problema añadido que son las largas jornadas en muchos empleos, la difusión de la larga jornada interrumpida por una pausa de una a dos horas de tiempo para comer y horarios comerciales muy amplios y con cierre tardío”, explica Jurado. “A esto se une en las grandes ciudades largos tiempos de desplazamiento”.
La socióloga recuerda además que muchas personas encadenan empleos parciales involuntarios o realizan horas extra constantes. “En definitiva, de promedio en España se trabajan más horas que en otros países europeos y los horarios no favorecen la conciliación del empleo con la vida personal y familiar”.
En ese contexto, el tiempo compartido con los hijos acaba contaminado por la sensación de urgencia. El trabajo ya no se queda en la oficina; vibra en el bolsillo, aparece en una notificación de Slack durante el baño de los niños o se cuela en la mente mientras se prepara la bañera.
“La necesidad de desconexión digital es patente y afecta a madres y padres, pero estos se sienten imprescindibles en las empresas”, afirma Jurado. “Para construir un vínculo emocional y un apego seguro con sus criaturas los padres necesitan pasar tiempo con ellos, pero un tiempo de escucha atenta a sus necesidades y deseos”.
La disponibilidad absoluta que exige el mercado laboral termina chocando directamente con la vida familiar. “La disponibilidad total para la empresa es el mayor enemigo de la crianza y también de una vida equilibrada y sana cuando no se está criando”, resume la socióloga.
Presencia en las cosas pequeñas
La psiquiatra y psicoterapeuta María Velasco, autora de Criar en salud mental (Paidós, 2023), cree que el problema no es únicamente la cantidad de tiempo, sino también la calidad de la atención.
“El tema está en que como estamos tan pendientes de tantas cosas, estamos en la multitarea, los padres y las madres no nos fijamos en los detalles, no podemos disfrutar y conocer bien a nuestros hijos y a las personas se las conoce en los detalles”, explica.
Las relaciones de confianza se construyen con tiempo y con la presencia en las cosas pequeñas
Velasco habla de una crianza donde faltan los espacios de tiempo vacíos. “Ver cómo juegan, qué les gusta, tener tiempo para que surjan las conversaciones importantes, pero lo que no puede ser es que tengamos cinco minutos en el coche, mientras vamos a una extraescolar, para que el niño nos cuente su vida, los problemas que tiene y ya está. Es decir, las relaciones de confianza se construyen con tiempo y con la presencia en las cosas pequeñas”.
Según la psiquiatra, la multitarea permanente tiene consecuencias emocionales visibles. “El trabajo se nos mete en casa y estamos en una multitarea y una exigencia muy grande que impide que podamos tener la cabeza lo suficientemente vacía como para poder conectar con nuestros hijos”. El resultado, añade, son “niños más frágiles, con un sentimiento de seguridad menor y también muy invadidos por el mundo adulto”.
“No podemos construir un vínculo seguro si nuestra presencia solamente es física”, advierte Velasco. “Porque el vínculo necesita de conexión, de que yo te vea, de que interprete tus caras, tus miradas, tus juegos y tu tono de voz”.
La trampa de querer hacerlo todo bien
A esta fragmentación se suma otro elemento especialmente contemporáneo: la obsesión por la felicidad infantil. Durante décadas bastaba con alimentar, cuidar y sacar adelante a los hijos. Ahora parece necesario garantizarles bienestar emocional permanente, autoestima alta, experiencias enriquecedoras y una infancia ‘perfecta’.
Para Velasco, esa idea se ha convertido en una fuente constante de ansiedad. “La obsesión por la felicidad, por la de nuestros hijos y por la nuestra, es un eslogan de marketing”, afirma. “Realmente lo que hace es vender productos, crearnos necesidades”.
La consecuencia de esta idea es una sensación de culpa imposible de satisfacer. Siempre falta algo. Más tiempo, más paciencia, más actividades, más presencia. “La culpa es una emoción muy tramposa que realmente no sirve de mucho porque nos bloquea”, señala la psiquiatra. “Nos aumenta una exigencia que en estos tiempos como padres y madres ya tenemos disparada porque queremos llegar a todo”.
Velasco insiste en que la crianza necesita renunciar a determinadas cosas. “Tenemos que poder saber que el estar al 100% con nuestros hijos no es una realidad posible. Que lo importante es estar suficientemente con nuestros hijos”.
Ese “suficientemente” incluye aceptar que muchas veces el vínculo se construye en espacios aparentemente insignificantes: cocinar juntos, caminar al colegio, doblar ropa mientras un niño cuenta una historia interminable, comer sin pantallas de por medio…
“Cuando pasas tiempo con tus hijos, tiempo de enfados, de comidas, de recetas, de acompañarles, de escucharles, de no estar de acuerdo… Todo ese tiempo vale”, explica Velasco. “Porque en todo ese tiempo pasa lo que pasa de verdad en una relación humana”.
Cuando estamos cansados entramos en modo de supervivencia. Funcionamos con un piloto automático que nos aleja mucho de poder observar los matices de nuestros hijos
La atención como último refugio
Quizá es aquí donde está la gran paradoja del tiempo confeti. Nunca habíamos organizado tanto la vida alrededor de nuestros hijos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil estar verdaderamente presentes.
El agotamiento tampoco ayuda. “Cuando estamos cansados entramos en modo de supervivencia”, apunta Velasco. “Funcionamos con un piloto automático que nos aleja mucho de poder observar los matices de nuestros hijos”.
La psiquiatra cree que proteger la atención debería convertirse en una prioridad colectiva, no solo individual. “Deberíamos empezar a considerar la desconexión digital como una medida de salud mental generalizada”, sostiene.
Jurado coincide en que el problema no se resolverá únicamente con consejos de organización personal o aplicaciones de bienestar. Hace falta una transformación estructural. Jornadas laborales más cortas, horarios racionales, derecho efectivo a la conciliación y límites claros a la hiperdisponibilidad digital. “Hay que reivindicar en los puestos de trabajo horarios racionales y desconexión digital fuera del horario laboral”, resume la socióloga con una llamada a la acción.
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