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Ahora vemos 'red flags' por todas partes: ¿tiranía o una forma más sabia de afrontar las relaciones?

Ahora vemos 'red flags' por todas partes. También en este fotograma de 'Alta Fidelidad' con John Cusack.

Clara Nuño

29 de abril de 2026 22:10 h

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Al final de la película Alta fidelidad, el protagonista, un melómano empedernido, va a cenar a casa de una pareja que le cae muy bien. Allí, descubre horrorizado que los discos que coleccionan son, para él, lo peor de lo peor. Música que, hasta el momento, asociaba a gente con la que no quería tener nada que ver. Si la cinta, que se estrenó en el año 2000, se hubiera rodado ahora, el espectador diría que el personaje de Rob Gordon (interpretado por John Cusack) se había dado de bruces con lo que hoy denominamos como “red flag”, una señal de que ahí no es y que, en los últimos años, se ha popularizado a través de reels en Instagram y TikTok para descartar de inmediato relaciones incipientes. Sobre todo en los terrenos del ligue.

El concepto, de origen anglosajón, está documentado desde el siglo XVIII y proviene del uso histórico de banderas rojas como señales de peligro, riesgo o alto al fuego en contextos marítimos, militares y de seguridad. Una señalización sencilla y directa que, con el tiempo, se ha ido adaptando al lenguaje cotidiano para referirse a cualquier indicio de riesgo, dando el salto definitivo en la era del lenguaje de internet; pasando de advertencia general a etiqueta para identificar comportamientos problemáticos y, en muchas ocasiones, simplificarlos.

“Básicamente, es una heterodefinición. O sea, una adscripción de ciertos rasgos, a menudo negativos, que hacemos sobre cierto colectivo sin contar con él. Lo peculiar del entorno digital creo que es su carga irónica”, explica César Rendueles, sociólogo e investigador del CSIC, además de ensayista, en conversación con elDiario.es. 

Así, Rendueles señala que ese medio en serio medio en broma al que todos recurrimos a veces se convierte en un vehículo para “prácticas bastante cuestionables”. “Al final, lo de la red flag es el prejuicio que se puede permitir alguien progresista que, en principio, ve con malos ojos los prejuicios”, explica para añadir que, aunque es un término que puede resultar inocuo y formar parte de un juego, dentro del contexto actual (con apps, múltiples opciones y elección constante) favorece que haya una mayor intolerancia a la hora de relacionarse de nuevas con alguien, y más en un entorno de flirteo. “La cultura digital hegemónica es tan hostil y proclive a un conflicto muy descarnado (linchamientos, acosos, ridiculización…) que nos vuelve muy intolerantes a cualquier clase de desavenencia, incluso conflictos menores que forman parte de cualquier tipo de interacción social”, desarrolla el sociólogo.

La cultura digital hegemónica es tan hostil y proclive a un conflicto muy descarnado (linchamientos, acosos, ridiculización…) que nos vuelve muy intolerantes a cualquier clase de desavenencia, incluso conflictos menores que forman parte de cualquier tipo de interacción social

César Rendueles sociólogo

Vidas a la carta

Eduardo, 47 años, lleva poco tiempo en las apps buscando pareja tras haberse separado y dice que, cada vez, cuenta menos de sí mismo a las personas con las que tiene citas. “Me cuesta mucho conectar y he tenido malentendidos al hacer alguna broma al intentar conectar”, explica para recordar que, en una ocasión, tras una cita, la chica con la que quedó le dijo que si la canción que él le había recomendado se la había enseñado a él otra mujer. “Le dije que sí y aquello no le gustó”, comenta para señalar que, con otras dos personas, tuvo una relación intensa de varias semanas hablando todos los días, hasta que desaparecieron de su chat diario.  

“A medida que he ido teniendo estas experiencias lo que menos quiero es mostrarme de verdad. ¿Para qué?¿Para que la gente pierda interés? Gente desconocida con la que quedas un rato y te descartan sin que tú sepas muy bien por qué”, se queja el entrevistado, que ha preferido no dar su verdadero nombre. “Yo estoy muy al inicio, pero pienso en cómo estará la gente que lleva años teniendo varias experiencias así cada mes. A veces tengo la sensación de que vas con expectativas prefijadas de lo que te vas a encontrar y buscas hiperestímulos y tienes la sensación de que siempre puede haber algo mejor de lo que estás consiguiendo en este momento”, opina Eduardo tras confesar que cada vez ve con mayor recelo las interacciones ante potenciales encuentros. 

En 2004, el psicólogo norteamericano Barry Schwartz publicaba el libro La paradoja de la elección, en el que relacionaba la satisfacción humana en relación con la libertad de decisión. Schwartz sostenía que el ser humano tiende a estar menos satisfecho con las decisiones que toma cuantas más alternativas tenga donde elegir. Aplicando su teoría al mercado de las aplicaciones del ligue, que multiplican potencialmente las opciones disponibles, las red flags funcionan como atajos para filtrar.

En el mercado de las aplicaciones de ligue, que multiplica potencialmente las opciones disponibles, las 'red flag' funcionan como atajos para filtrar

Un teoría que adscribe Oriol Erausquin, doctorando en sociología por el CSIC y la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y autor del ensayo La rabia es nuestra (Siglo XXI, 2025), quien señala el fenómeno, de entrada, como una buena herramienta, ya que, a su juicio, la concepción actual de las red flags nació de la necesidad de nombrar ciertos comportamientos para los que no teníamos nombre y que dejábamos que ocurrieran, “sobre todo en cuanto a las actitudes de los hombres hacia las mujeres”. Pero que, con el tiempo, se ha ido problematizando: “Al final se relaciona con una economía sexual y afectiva que trata al resto de las personas como si formaran parte de un catálogo en el que aplicamos criterios de filtraje porque es a lo que nos empujan las aplicaciones: es la única manera de navegarlas”, argumenta.

Algo así le ocurrió a Raúl, de 32 años, cuando conoció a una chica que, sobre el papel, era todo lo que podía gustarle. “Pero se me quitaron las ganas de golpe cuando me propuso hacer una entrevista por videollamada antes de quedar, para no perder el tiempo”, relata en conversación con este periódico. “Además, me coincidió justo con un proceso de selección para un puesto de trabajo y sentí que estaba siendo entrevistado por partida doble”, continúa para recordar que la chica le dijo que era mucho mejor ver si había química por videollamada para así no gastar el rato teniendo que ir a tomarse un café o una cerveza.

“Me pareció una locura, nunca había visto a nadie querer optimizar el tiempo de esta manera. Además de que lo chulo del ligar es eso, quedar con alguien para ver qué ocurre”, finaliza Raúl.

Lo que no se nombra no existe

“Este es un tema en el que he pensado mucho y me dan mucha envidia las nuevas generaciones, que tienen en su vocabulario términos que en mi adolescencia o primera juventud no existían”, apunta Delia Rodríguez, periodista especializada en la relación entre tecnología, medios y sociedad. “De entrada me parece muy guay que el término 'red flag' sea hoy parte de nuestro vocabulario”, continúa para señalar que, con una clara economía de lenguaje, se ha puesto nombre y se han señalado cosas que antes se pasaban por alto en el terreno de las relaciones, como la luz de gas (gaslighting) o los comportamientos narcisistas, entre otros. “Me parece muy bien que esto sea una cosa que las chicas jóvenes tienen en la cabeza porque te puede ahorrar muchos disgustos de cara al futuro”, comenta Rodríguez.

La pregunta ahora es qué ocurre, cuando los reels de TikTok e Instagram se llenan de consejos sobre cómo indentificar red flags y se produce, desde las pantallas, una tipificación muy veloz de los comportamientos humanos de un primer vistazo, llegando al uso común de términos médicos y terapéuticos en conversaciones de a pie, como la calificación de los tipos de apego en ansioso y evitativo, entre otros.

De entrada me parece muy guay que el término 'red flag' sea hoy parte de nuestro vocabulario (...) y que sea una cosa que las chicas jóvenes tienen en la cabeza porque te puede ahorrar muchos disgustos de cara al futuro

Delia Rodríguez periodista y ensayista

“Esto es algo que pasa cuando se convierte en contenido, cuando la dinámica de las redes convierte algo en contenido”, dice Delia Rodríguez, y añade que es algo que se viraliza porque nos interesa a todos mucho, porque es cotilleo puro. “Y el cotilleo se ha demostrado que, evolutivamente, tiene muchas ventajas sociales”, apunta.

Sin embargo, precisamente por eso, porque es contenido, la periodista señala la importancia de tener en cuenta los incentivos económicos que hay detrás de los relatos de las pantallas. “Si la historia de tu TikTok consigue muchísimo éxito es posible que la exageres, que la vuelvas a contar o te haces una serie, precisamente animado por el impacto conseguido. Y esas historias tenemos que cogerlas un poco con pinzas porque, igual, no está pasando tanto como creemos, sino que está dentro de las lógicas del contenido”, desarrolla para señalar que, no obstante, la etiqueta del otro en un primer vistazo no deja de ser una de las primeras fases del ligoteo. “Puede resultar cruel, sí, pero todos desechamos a gente por intuiciones, por cosas absurdísimas”, apunta Rodríguez.

Como hizo Irene, que no se llama Irene pero prefiere no dar su verdadero nombre: “Una vez fui a la casa de un tío que creía que me gustaba y con el que llevaba ya varias citas de horas de conversación intensa, y al abrirme la puerta decidí que no porque se había puesto una camiseta blanca de tirantes y un pantalón blanco. Lo siento, pero no puedo”. Irene cuenta que, en otra ocasión, no se fue a casa de otro porque se dio cuenta de que llevaba puesto un colgante que como de El señor de los anillos. Y eso a ella no le va. 

Cómo para no andar muy pendiente de las señales que te va dando la gente a la que vas conociendo, que luego te echas novio, sale mal y a ver quién encuentra piso', bromea Ángela, de 25 años

Dos universos cada vez más alejados 

Tampoco hay que olvidar otro fenómeno, que va de la mano del uso de las red flags; la vuelta con fuerza de la idealización de la familia tradicional frente a otros modelos relacionales y cómo estos chocan en el 'mercado del ligue'.

Según datos de Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que pregunta mensualmente a los ciudadanos españoles por su orientación política, pidiéndoles que se ubiquen dentro de una escala del uno al diez, siendo el uno la “extrema izquierda” y el diez la “extrema derecha”, desde hace dos años los caminos entre las mujeres y los hombres jóvenes (de 18 a 24 años en su estudio) se separan; ellos hacia la derecha y ellas hacia la izquierda, una tendencia internacional.

Así, tal y como señala el análisis, en 2025, de los datos electorales de los 27 países europeos, un 21% de los hombres menores de treinta años había apoyado a partidos de ultraderecha, cuando solo el 14% de mujeres lo hizo. “Hay una brecha enorme sentimental entre chicos y chicas jóvenes, que es política y de forma de ver la vida, que está pasando en muchos países. Ellas se han ido hacia la izquierda y ellos son de derechas. Ellas son más abiertas sexualmente y ellos no. Entonces, en cuanto a las red flags aplicadas al amor, es normal que, en esta coyuntura que vivimos, tanto ellos como ellas estén viendo red flags constantemente en el otro porque ven la vida de manera muy distinta”, interpreta Rodríguez.

Hay una brecha enorme sentimental entre chicos y chicas jóvenes, que es política y de forma de ver la vida. Ellas se han ido hacia la izquierda y ellos son de derechas. Ellas son más abiertas sexualmente y ellos no. Es normal que, en esta coyuntura, tanto ellos como ellas estén viendo 'red flags' constantemente

Delia Rodríguez periodista y ensayista

“Esta diferencia ideológica entre hombres y mujeres está alimentando lo que se ha denominado bajo el nombre de ‘heteropesimismo’. Un término que se acuñó en 2019, pero que está cada vez más presente en la manera en la que chocan las expectativas de unas y otros”, apunta, por su parte, Erausquin, quien opina que, en la actualidad, aunque suene paradójico, se está virando hacia un “esencialismo de género”, como ilustran la popularización de memes como el de “monogamia o bala”.

Para el sociólogo, todo ello está fundamentado en la precariedad en la que están sumidas las generaciones más jóvenes. “Paradójicamente, las dinámicas del capitalismo que nos hiperindividualizan son las mismas que blindan la familia como unidad básica de la reproducción de la vida”, apunta el sociólogo para zanjar con que “la vuelta con fuerza entre los más jóvenes de los discursos románticos y monógamos y de la idealización de la familia tradicional, no puede separarse de este contexto económico marcado por la precariedad e inestabilidad”.

“Eso sí que es una red flag, que venga un tío y te diga que quiere una familia tradicional, así, de la nada, cuando ni siquiera os habéis visto en persona”, apunta Ángela, de 25 años, que se queja de que es un discurso que ve cada vez más. “Supongo que es una idea vieja que, a muchos, les sirve como un clavo ardiendo al que aferrarse porque está claro que, hoy, si a los 40 estás soltero muy difícil lo vas a tener para no vivir compartiendo piso”, argumenta la entrevistada, que vive con otras tres amigas. “Cómo para no andar muy pendiente de las señales que te va dando la gente a la que vas conociendo, que luego te echas novio, sale mal y a ver quién encuentra piso”, bromea.

En ese contexto, quizá, las red flags no son solo un lenguaje heredado de las redes sociales, una herramienta para detectar comportamientos problemáticos, o una cuestión de exigencia e intolerancia. Sino que hablan, también, de cómo las condiciones materiales están redefiniendo la manera en que nos vinculamos.

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