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El respeto, el antídoto de Byung-Chul Han ante tanta desvergüenza

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Neus Tomàs

26 de septiembre de 2026 23:06 h

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El humanismo no está de moda, pero si alguien puede lograr que vuelva a reivindicarse, aunque sea solo un rato, es Byung-Chul Han. El famoso filósofo coreano, con millones de fans y también muchos detractores, publica un nuevo libro. Lo ha titulado Sin respeto (Paidós / Edicions 62, en catalán) y, como en los anteriores, recurre a pensadores de todos los tiempos para apuntalar su tesis.

El título ya indica que esta vez el concepto elegido es el respeto y en el ensayo defiende la necesidad de recuperarlo como instrumento para hacer frente a una crisis social que tiene distintos frentes.

Primero deberíamos ponernos de acuerdo en qué entendemos por respeto. De la descripción que formula Han, la definición más sencilla sería “la consideración hacia el otro”. Esto es, saber escuchar, desterrar el reduccionismo “amigo-enemigo” y recuperar comportamientos tan abandonados como la cortesía.

A veces olvidamos que el respeto requiere de responsabilidad. Y también necesita tiempo. Vinculado a la idea del bien, algo que tampoco está especialmente en boga, practicarlo y exigirlo es enmendar algunas de las bases del neoliberalismo, un modelo en el que se antepone el individualismo y se abandonan las luchas comunes.

Como todo ensayo que analice la actual crisis de valores, el filósofo dedica espacio al papel de las redes sociales y a esas “tribus digitales” que se configuran en ese hábitat tan virtual como real. El autor arguye que las redes funcionan como “máquinas de persuasión”. En esas burbujas la verdad aparece como algo fabricable. Incluso aparecen varias verdades a la vez, como si eso fuese posible. De ahí que el entendimiento se antoje imposible y que los debates se sustituyan por una especie de indignación permanente. “La moral ha degenerado en espectáculo”, advierte.

De Aristóteles a Wurmser

Como en sus anteriores ensayos, el pensador coreano recurre a filósofos de todas las épocas para apuntalar algunas de sus tesis. Por el libro desfilan desde Aristóteles, porque situaba la amistad por encima de la justicia; Kant, por su diferencia entre precio y dignidad; Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt; Simone Weil, o el psiquiatra Leon Wurmser, por haber teorizado sobre el papel de la vergüenza. Fue él quien calificó nuestra era como la época de la desvergüenza.

“La vergüenza es una emoción moral. Requiere de un sistema de valores superior que exija respeto. La vergüenza y el respeto se condicionan mutuamente. Quien no experimente vergüenza será incapaz de practicar el respeto: ‘La cultura de la desvergüenza es también la cultura de la ausencia de respeto, de la ausencia de veneración, de la desestimación y del desprecio de los ideales”, defiende Han.

El filósofo apunta como otro de los elementos que contribuyen a esta crisis social lo que resume como un ciego egoísmo. Con una frase da en el clavo: “Ya no existe solidaridad alguna, ni siquiera entre los perdedores”.

De ahí que Han diferencie el precariado y el proletariado. Explica que el precariado no se levanta para sublevarse y que, en realidad, lo que hacen los perdedores es desarrollar odio hacia sí mismos.

Ese es uno de los grandes éxitos que puede apuntarse el neoliberalismo, el de una sociedad en la que las personas viven más aisladas y en las que hablar de clases sociales parece un discurso arcaico. Pero que no se debata sobre ellas no significa que no existan.

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