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La fobia que no existe. O tal vez sí

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¿Eres turismófobo? Muchas canarias y canarios han escuchado esa pregunta en algún momento, en una conversación familiar, en un debate en redes, en boca de algún político o empresario del sector. Se lanza con una entonación que ya lleva dentro la respuesta esperada: por supuesto que no, cómo voy a serlo. Y ahí, sin que nadie lo haya decidido, el debate ha cambiado de terreno. La vivienda, el agua, los ecosistemas, el modelo económico, todo eso queda atrás. Lo que importa ahora no es el modelo ni sus consecuencias, sino si quien protestaba tiene un problema personal.

Hace unas semanas, el catedrático Moisés Simancas, uno de los mayores especialistas en turismo del archipiélago, respondió públicamente a esa pregunta. No hay turismofobia en Canarias, dijo, lo que hay es rechazo a un turismo sin límites. Puede que tenga razón. Pero la pregunta que más me interesa no es si la turismofobia existe o no, sino por qué esa palabra aparece siempre justo cuando alguien empieza a incomodar.

Pongamos que sí existe, que hay personas en Canarias que sienten un hartazgo profundo ante la masificación, la pérdida del barrio, el ruido, el precio del alquiler, el mar lleno de embarcaciones en agosto. Gente que ya no puede ver una maleta de ruedas sin incomodarse, que siente cierta aversión ante lo que la actividad turística ha hecho con el territorio que habita. ¿Y qué? Ese sentimiento puede ser perfectamente legítimo y nos dice que algo ha fallado, que el modelo ha generado un malestar compartido. Si la turismofobia existe, no es un prejuicio ni una enfermedad sino el síntoma de un conjunto de descontentos y carencias que va mucho más allá de la experiencia individual.

El antropólogo Clifford Geertz describió algo parecido hace cuarenta años, en un contexto muy distinto, el del debate sobre el relativismo cultural. Geertz no quería defender el relativismo, quería atacar a quienes lo atacaban, porque había descubierto algo incómodo en la posición de sus críticos, que se limita a rechazar algo sin proponer nada a cambio. Lo llamó el doble negativo.

Ser anti-antiturismófobo funciona igual. No te compromete con el turismo, igual que Geertz no era relativista. Lo que rechazas no es el turismo sino el uso de esa acusación para cerrar el debate antes de que empiece. Y cerrar el debate es exactamente lo que hace la turismofobia como concepto político, no describe una realidad, la produce, convirtiendo una crítica razonada en una patología individual. El que denuncia la expulsión de residentes por el alquiler vacacional no analiza un problema estructural, tiene una fobia. El que reclama proteger el uso recreativo del espacio público priorizando el interés de los residentes es tachado de turismófobo, a pesar de las múltiples formas de privatización, directa o indirecta, que sufren playas, montes, lugares emblemáticos y toda una serie de componentes del patrimonio canario.

Hace unos meses escribí sobre la trampa de la ucronía, la operación por la que el discurso hegemónico empuja a sus críticos hacia el pasado, hacia el ¿y si las cosas se hubieran hecho de otra manera?, para que nunca puedan hablar de lo que proponen, solo de lo que lamentan. La turismofobia es la otra cara de ese mismo mecanismo. La ucronía opera sobre el tiempo, la turismofobia opera sobre el sujeto. Turismófobo funciona como etiqueta descalificadora, una forma de cerrar el debate, eludir la responsabilidad y desacreditar al interlocutor sin tener que rebatir sus ideas. No hace falta demostrar que el modelo falla si puedes demostrar que quien lo dice está enfermo.

El discurso que invoca la turismofobia casi nunca defiende el modelo actual con argumentos propios. No dice que la dependencia de un solo sector sea una fortaleza ni que la colonización turística del territorio sea deseable. Dice, simplemente, que la alternativa es el caos, el desempleo, el fin de Canarias tal como la conocemos. Es un discurso que vive de producir miedo, no de ofrecer razones. Geertz lo dijo del anti-relativismo en su contexto, que había fabricado el miedo del que se alimentaba. Del discurso antiturismófobo habría que decir lo mismo, ha construido primero la dependencia que luego presenta como único futuro posible.

Si hay personas en Canarias que sienten algo parecido a una fobia ante la presencia creciente de actividades turísticas, capaces hoy de colonizar cualquier espacio y experiencia, la pregunta política no es cómo curarlas sino qué ha producido ese malestar y a quién le interesa reducirlo a un problema individual. La etiqueta de turismófobo hace exactamente eso, convierte una crítica colectiva en una patología personal, y al hacerlo cierra el debate sin tener que responder a nada. Como la trampa de la ucronía, opera desplazando al sujeto, solo que en lugar de mandarlo al pasado lo manda al diván.

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