Thiaroye sur mer, uno de los epicentros de salidas de migrantes hacia Canarias, 20 años después: “2006 fue el año de la catástrofe”
Se cumplen 20 años de la conocida crisis de los cayucos. En 2006, Canarias se convirtió en el principal punto de entrada de los migrantes que partían de África con la intención de alcanzar Europa. Durante ese año, más de 30 mil personas desembarcaron en las costas canarias y se desencadenó una crisis que puso los cimientos de la gestión migratoria actual: refuerzo de los CIE, deportaciones, cárceles en terceros países o la primera gran operación de Frontex para controlar los flujos migratorios. Uno de los principales países de salida fue Senegal. Fue el año del lema Barça o Barshak (Barcelona o morir) y de los miles de pescadores que cogieron los mismos cayucos con los que salían a faenar, pero en este caso, con la intención de llegar a las Islas. Ese año, hubo una localidad senegalesa que concentró a un gran número de migrantes que se marcharon en búsqueda de mejores oportunidades: Thiaroye sur mer, una zona a las afueras de Dakar, donde hoy se sigue mirando al mar con una mezcla de fe y desesperanza.
Frente a la playa y a decenas de cayucos fondeados en un mar en calma, un grupo de pescadores se afana en remendar sus redes de pesca. Todos ellos han tenido algún tipo de experiencia con la migración: tienen un familiar en Europa o lo han intentado en alguna ocasión. También frente a esta escena, está la casa de Mamadou Baye, de 62 años, y uno de los primeros en desembarcar en Canarias en 2006. Fue en marzo y recuerda que la embarcación, con 42 personas, llegó por sus propios medios a las 16:00 horas a una playa del sur de Tenerife. Había salido de Mauritania el miércoles 15 de marzo y llegaron una semana después. Una vez tocaron costa, la policía los identificó y fueron trasladados al campamento de las Raíces: “Recuerdo el frío. Dejabas una botella de agua por la noche y al día siguiente estaba congelada. En ese momento, tanto yo como mis compañeros decíamos que queríamos volver”, apunta. También recuerda que fue un trabajador del recurso quien les dejó un teléfono a él y varios compañeros para poder llamar a sus familias en Senegal. “Pude llamar a mi mujer ya que imaginaba que mi familia tendría miedo porque no sabrían si yo estaba muerto”, señala.
Mamadou está en Thiaroye sur mer para pasar las vacaciones con su familia. Vive en Zaragoza y trabaja como soldador. Después de Tenerife, fue trasladado a Barcelona y de allí se marchó a Lleida, donde residía un amigo. En esta localidad, pasó 11 años trabajando en el campo, mayoritariamente recogiendo manzanas. Cuenta que trabajaba tres meses seguidos durante la temporada y el resto del año iba una semana y lo paraban un mes: “Por si hacían una inspección, que no me vieran”, relata. Mamadou estuvo todo este tiempo sin papeles. Pudo regularizar su situación en 2017, se mudó a Zaragoza y ha podido trabajar con contrato desde entonces. Mientras tanto, en Senegal estaban su mujer y sus tres hijos, que pasaron 11 años sin poder verlo. Su hijo Moussa, de 26 años y estudiante de marketing, cuenta que no tiene grabado el momento en el que su padre se marchó porque tenía 6 años pero sí que reconoce que ha sido muy difícil vivir sin uno de sus padres. Lo que sí puede describir es el día que regresó: “Yo le preguntaba mucho por teléfono si iba a regresar algún día. Y cuando vino en 2017 fue muy emocionante. Recuerdo que lo vi más mayor”, señala. La mujer de Mamadou también reconoce que vivieron unos años duros cuando no sabía en qué momento él podría regresar: “Fueron muchos años de estrés. Pero mi familia, que es muy generosa y mis hijos han hecho mucho más fácil la distancia. De todos modos, yo siempre pensaba que mientras hay vida, hay esperanza”, sostiene.
Miles de desaparecidos
En las calles de Thiaroye sur mer se palpa que la vida no es fácil. Los edificios se han construido de manera contigua por la falta de terreno y el espacio que queda entre ellos es tan reducido que en algunos tramos sus vecinos deben pasar de lado. Las moscas, los corderos y los excrementos invaden las calles: “¿Tú crees que se puede vivir así?”, inquiere Moustapha Diouf mientras señala a un animal que se cruza entre sus pies. Es un vecino de esta zona y presidente de la Asociación de Jóvenes Repatriados de Thiaroye Sur Mer, que busca sensibilizar sobre los riesgos de coger un cayuco pero, que al mismo tiempo, reconoce que las condiciones del barrio animan a muchos jóvenes a querer marcharse. En aquel momento, según un informe de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) un 80% de la población de esta localidad estaba desempleada. Hoy en día, las cosas no han cambiado mucho.
De aquellos que no llegaron, muchos ya estaban casados, de modo que en 2006, muchas mujeres de Thiaroye sur mer se convirtieron en viudas. Tambara es una vecina de la zona que estaba casada en aquel momento y tenía una hija de cinco años. Su marido, Mbaye Sarr, se marchó en febrero desde Mauritania. Había visto que algunos conocidos habían llegado y él quería mejorar las condiciones de vida de su familia: “Me llamó por teléfono y me dijo que ese día por la noche se embarcaba para irse”. A los pocos días, empezó a sospechar que la embarcación pudo haber naufragado ya que en el pueblo ya habían tenido noticias de otros chicos que no llegaron. “Todos los jóvenes que entraron en Europa llamaron por teléfono. De él no había nada”, rememora. Cuenta que los años posteriores a su desaparición fueron difíciles porque había gastos que asumir como el colegio o la alimentación de su hija. “Los primeros años lo recordé mucho, lo pasé mal. Después, pues fui olvidando poco a poco”, reconoce. Las cifras de desaparecidos no son exactas ya que muchas personas salen sin comunicárselo a sus familias, pero según una cifra aproximada de la Asociación Pro derechos humanos de Andalucía, ese año pudieron desaparecer en su camino hacia Canarias más de un millar de personas. De ellos, solo unos pocos han podido ser enterrados y se encuentran en cementerios de Gran Canaria, Tenerife, El Hierro o Fuerteventura. Paradójicamente la hija de Tambara y de Babacar se propuso hace unos años, cuando se reactivó la ruta canaria, coger un cayuco para llegar a las mismas islas que su padre no llegó a pisar. Tal y como agrega Diouf, algunos jóvenes que han llegado a Canarias en los últimos años son hijos de migrantes desaparecidos en 2006.
“Ahora el lema es que es mejor morir en el mar”
La otra cara de la migración en la ruta canaria la tienen los deportados. Fue en 2006 cuando se firmó el acuerdo bilateral de readmisión entre España y Senegal. En aquel momento, el Gobierno de Rodríguez Zapatero incluso suscribió un acuerdo de repatriación de menores de edad senegaleses. Unos años más tarde, en 2009, también se amplió el tiempo máximo de estancia en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) que pasó de 40 a 60 días. Moustapha Diouf, el presidente de la Asociación de Jóvenes Repatriados de Thiaroye Sur Mer y pescador, cuenta que fue de esos jóvenes que tras llegar a Canarias fue trasladado al CIE de Barranco Seco para después ser devuelto. “Llegué de noche al aeropuerto de Dakar y de ahí me fui a Thiaroye. Llegué a las 4:00 de la mañana a mi casa y cuando mi hija me vio se asustó”, cuenta. Al día siguiente, el recibimiento de su familia marcaría el nuevo periodo de Diouf en su localidad. “Por la mañana salí, pero nadie habló conmigo, porque la gente se avergonzó, incluso mi esposa se avergonzó, porque sabían que yo me había ido de allí para trabajar, para ganar dinero y que salieran de la miseria”.
Diouf revela que terminó divorciándose de su mujer ya que ella no aceptaba lo que para muchos era un fracaso. La única persona de su familia que le mostró su apoyo fue su madre, quien lo animó a empezar de cero. “Me dijo ‘tú eres joven, eres un hombre, no es el fin del mundo. Vuelve a trabajar. Si mañana Dios dice que vas a entrar a Europa, lo harás´”, rememora. En otro de esos vuelos, vino Souleymann, que ahora sobrevive gracias a una pequeña tienda de sow, una leche cuajada. “Cuando llegué al aeropuerto de Dakar me dieron un bocadillo y 10.000 cfa (15€)”, relata.
Llegó a Canarias en octubre de 2006 y pagó cerca de 500 euros. Su familia, que vive en otra región del país, no le retiró la palabra pero él sí siente la presión de buscarse la vida en otro lugar dónde pueda ganar más dinero. Diouf, sentado junto a otros pescadores que también conocen de cerca la ruta canaria de la migración, ve que las cosas poco han cambiado. “2006 fue el año de la catástrofe. En ese año se decía Barça o Barshak. Sin embargo en 2024, la gente dice que morir en el mar es mejor que morir al lado de nuestras madres. Aquí nadie quiere quedarse sin ganar dinero. Nadie”, recalca.
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